Setenta veces siete
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| Dominio público |
¿Hasta cuándo he de perdonar? Es imposible no vernos reflejados en esta pregunta que en una ocasión dirigió el apóstol Pedro a Jesús. Seguramente, todos hemos vivido la experiencia de alguien que nos ha hecho daño en algún momento de nuestra vida, alguien que nos ha ofendido. Y esto puede soportarse una vez, pero ¿qué pasa cuando la ofensa se alarga en el tiempo? ¿Cuántas veces he de perdonar? Estoy seguro de que, a muchos, ya les parecerá enorme el límite que pone Pedro: “¿siete veces?”; con lo que la respuesta de Jesucristo les parecerá absolutamente descomunal, impracticable: “setenta veces siete”.
En nuestro contexto cultural, el perdón es un término confuso, difícil de abordar. No me resulta fácil escribir sobre el sentido actual del perdón. Reconozco, en mi observación de la sociedad, una cierta confusión en la valoración actual de este acto. Por un lado, la propuesta de Jesús seguramente parecerá al hombre de hoy de personas débiles, incluso tontas. Si alguien me ofende una y otra vez y yo le perdono, ¿no pensará la gente que soy tonto, que me estoy dejando tomar el pelo? Pero también vemos que esto no se puede llevar al extremo. Esta mirada nos endurece el corazón, porque ¿qué pasa cuando soy yo el que necesito ser perdonado? Es cierto, por otro lado, que la ausencia de sentido de culpa hace que no tengamos hoy muy desarrollada la necesidad de ser perdonados ya que la cultura actual promueve la autojustificación. El sentimiento de culpa es natural en nosotros y funciona como una luz que nos avisa de que hemos hecho un mal, que hemos dañado una relación con un acto libre, del que nosotros somos responsables. Pero la forma de superarlo que nos ofrece el pensamiento común es la de la negación de dicha culpa. No somos culpables de nada. Pero entonces, debemos encontrar un origen para el mal que experimentamos a nuestro alrededor y que nos implica. Por eso se lo aplicamos a otros a través de una respuesta victimista. Así, se revela la confusión ¿dónde encuentra el perdón su lugar en el pensamiento común actual?
Creo que encontraremos algo de luz mirando a los niños. Recuerdo una experiencia de hace años que ilumina el valor del perdón como experiencia que todos necesitamos. Me llamaron de un colegio en Madrid para colaborar en la primera vez que unos niños recibían el sacramento del perdón antes de participar por primera vez en la comunión eucarística. Pasados algunos niños y padres, recuerdo que una niña se sentó en la silla preparada cerca de mí y, con una sonrisa que intentaba ser acogedora, le dije: “¿de qué le quieres pedir perdón a Dios?”. La niña me miró y dijo: “He mentido a mi madre”. Y en ese momento empezaron a caer unos enormes lagrimones por sus mejillas. No era un llanto angustioso, sino simplemente el reconocimiento de haber dañado con aquella mentira la relación que más amaba. Le dije: “Bueno, ¿Y le has pedido perdón?” “Sí -dijo- y me ha perdonado”. “Muy bien. También Dios te perdona”, concluí. Entonces, una enorme sonrisa se dibujó en la cara de la niña. Le dije que rezara un avemaría y le di la absolución. Y se volvió al banco tan contenta a darle un abrazo a su madre.
En esta pequeña historia podemos reconocer la verdadera necesidad que todos del perdón. El mal existe. Amenaza y va dañando nuestras relaciones. Sólo el perdón puede regenerarlas. Volviendo a la imagen de esta niña, ¿pensamos acaso que el perdón de la madre debe tener un límite? ¿No será mejor pensar que, precisamente es el amor incondicional el que mostrará a esta niña el mal de la mentira y la enseñará a evitarla?
Jesucristo no pone límite a su amor. Si puede pedirnos perdonar setenta veces siete es porque así nos ama el Padre, con un amor absolutamente desproporcionado. Negar el perdón significaría negar también este amor. Es desde el reconocimiento de este amor, que nos sentimos profundamente afortunados y al perdonar, por doloroso que sea, no hacemos otra cosa que ser testigos de este inmenso amor.
+Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
