El
coordinador del Observatorio de Conversión Pastoral y profesor de la UCV
subraya como elementos clave para la renovación de las comunidades el primer
anuncio, el acompañamiento y la formación
 |
| Foto: Sergio Benavent |
José Luis
García Martínez es filósofo y profesor de la Facultad de Teología
de la Universidad Católica de Valencia (UCV). Desde hace años, es
referente, junto a Cristian Camus, en un proyecto de renovación pastoral
destinado a comunidades parroquiales. El proyecto, llamado en un primer momento
Buenas Prácticas en Parroquias, dio lugar a un estudio pionero y a un congreso.
Y, desde ahí, evolucionó a un Observatorio de Conversión Pastoral que pronto
estará en marcha. Se trata de un espacio para guiar, capacitar y acompañar a
las parroquias en sus procesos de transformación pastoral, con el objetivo de
cumplir de forma efectiva su misión, que es llevar a Jesucristo a los hombres y
mujeres de hoy. José Luis dirige, además, el renovado Máster en Conversión
Sinodal y Misionera de la UCV, que cuenta con el apoyo de la Conferencia
Episcopal Española (CEE) y el Centro Bíblico Teológico Pastoral para
América Latina y el Caribe (Cebitepal).
—Dentro de
poco se pone en marcha el Observatorio de Conversión Pastoral, fruto de años de
trabajo, de conocer la realidad de las parroquias y recoger las buenas
prácticas. ¿Dónde nace esta inquietud?
—Surge de la experiencia que tenemos los católicos en sociedades secularizadas
como la nuestra. Hace años, las parroquias tenían un peso social que hoy ya no
tienen, porque el periodo de cristiandad ha terminado. Hay que aclarar que me
refiero a la cristiandad como clave sociológica, porque el cristianismo sigue
ahí. Antes, los colegios educaban en clave cristiana, los calendarios y
horarios funcionaban en clave cristiana, las parroquias eran espacios
reconocidos a nivel social. Eso ha desaparecido. También vemos que las nuevas
generaciones acuden menos a la Iglesia y, cuando acuden, lo hacen de una manera
diferente. No tenemos comunidades fuertes como en otros momentos. Esta
situación, por tanto, merecía una respuesta. Una opción era buscarla en los
libros, pero nosotros preferimos ir a las parroquias que lo estaban haciendo
bien y que obtenían frutos, para, con ese conocimiento, elaborar un manual de
buenas prácticas. Así, otras comunidades parroquiales podrían tener referencias
para iniciar un proceso de conversión.
—¿Qué
descubrieron al investigar las buenas prácticas?
—En primer lugar, que no existe un modelo ideal de parroquia. Cada una tendrá
que adaptarse a su contexto, a la identidad de su fieles, a su músculo. Por
ejemplo, no es lo mismo una parroquia urbana que una rural. En general,
descubrimos que las parroquias que logran frutos tienen un aire de familia, que
en ellas los laicos asumen una responsabilidad mayor y, por tanto, hay una
corresponsabilidad entre el sacerdote y los laicos. Es decir, las parroquias
con laicos más comprometidos dan más frutos. Buenas prácticas son, por ejemplo,
la formación de los laicos, que haya una cultura de acogida y de primer
anuncio, lo mismo que itinerarios de discipulado para fortalecer la fe. De
todas formas, no todas las parroquias tienen que tener o cumplir con todas las
buenas prácticas o hacerlo de la misma manera. Son un punto de partida para
alcanzar el objetivo: evangelizar y contar con un mayor número de discípulos
misioneros.
—¿Cómo se
estructura la propuesta del Observatorio? ¿Cuál es la hoja de ruta para una
parroquia?
—El Observatorio está al servicio de la Iglesia. Después de hacer el listado de
buenas prácticas, las parroquias nos pedían ayuda para iniciar el proceso. Así
que hemos creado un itinerario en tres movimientos: Despega, Crece, Expande.
Una vez que una parroquia se acerca a nosotros, se le ofrece un itinerario
inicial para entrar en la cultura de la conversión pastoral (Despega). Son ocho
sesiones que buscan que se sumerja en una nueva cultura. Superada esta fase, y
a través de una herramienta llamada Bitácora de Evangelización, la parroquia
podrá ir consiguiendo indicadores de esa conversión pastoral a medida que ponga
en práctica iniciativas o realice cambios (Crece). Y tras estas dos etapas, ya
estará preparada para expandirse, para llevar su experiencia y conocimiento al
resto de parroquias; incluso podrá convertirse en mentora de otras que inician
el proceso (Expande). Además, ofrecemos pequeñas píldoras formativas para
capacitar en cuestiones urgentes como, por ejemplo, el primer anuncio o la
escucha activa.
—¿Cuáles son
los principales retos y dificultades para una parroquia?
—Estamos en un cambio de época que lleva aparejado un proceso de
secularización. Esto lo vivimos con tristeza, pero es el tiempo que nos ha
tocado vivir y, por tanto, un tiempo de Dios. Por ejemplo, nos encontramos con
unos jóvenes que viven en condiciones materiales y de ilusión muy bajas. Se les
ha cancelado el futuro y, por ello, se están volcando en el presentismo, que es
lo contrario de trascendencia y religiosidad. Están angustiados. La pregunta
que debemos hacernos es si nuestras parroquias son los lugares vibrantes que
pueden satisfacer el anhelo de sentido y trascendencia que tienen nuestros
jóvenes. Es una oportunidad, porque el anhelo de trascendencia se puede acallar
durante un tiempo, pero, al final, revive, porque queremos ser más. Insisto, la
pregunta que debemos hacernos es la siguiente: ¿cómo podemos conseguir que
nuestras parroquias sean ese espacio para satisfacer y responder a ese anhelo?
—No hay
parroquias modelo, pero sí aspectos de ellas que pueden ayudar a otras. ¿Cuáles
son esas características que imitar?
—En primera lugar, las parroquias que son referencia conocen su contexto. Nos
hemos encontrado con algunas que tenían claro que evangelizando a las personas
mayores, evangelizaban a los hijos. Y les funciona bien, porque, cuando el hijo
alejado ve el papel que tiene la parroquia con sus padres, se acerca de nuevo.
Estas parroquias se hacen cargo de su contexto y evangelizan en función de las
necesidades. Esto es diferente en una parroquia de nueva creación, en un lugar
donde hay gente más joven y más niños. La primera clave, por tanto, es saber
dónde está y cuál es el fiel promedio. Y sobre lo que el contexto puede exigir,
se empieza a construir. Construir es no tener miedo a experimentar, a
equivocarse y rectificar, a volver sobre los pasos e intentar otra cosa. Lo
importante es evaluarnos, saber si estamos consiguiendo frutos, teniendo claro
que esto es un camino a muy largo plazo. Hay que tener paciencia, pero no
detenernos a la hora de probar cosas.
—¿Cuál es el
error más frecuente que comete una parroquia cuando quiere iniciar un proceso
de transformación o conversión pastoral?
—Creo que hay un momento crítico. Se produce tras el primer anuncio, ya sea
después de Alpha, Emaús o Cuatro40. La gente ha tenido un encuentro, se ha
ilusionado y viene encendida. Lo que toca en ese momento es que se incorporen a
las parroquias en itinerarios de discipulado y formación. Este es el barranco,
el precipicio, en el que estamos. Y aquí tenemos que poner el mayor esfuerzo.
El acompañamiento. Cuando una persona se ha reencontrado o ha tenido un primer
encuentro con Jesús, hemos de acompañarla en la parroquia, escucharla y
acogerla sin juzgar. Se trata de que vea que la parroquia es una puerta
abierta, que tiene un lugar en la mesa, que es amada y bienvenida. Ese
acompañamiento va a ser clave para ir dándole señales de qué es ser cristiano.
—Decía antes
que las parroquias más exitosas son las que tienen laicos más comprometidos.
¿Qué papel tienen estos en esta conversión pastoral de las comunidades?
—Fundamental. La corresponsabilidad, además de un poco más de carga para los
laicos, nos permite llevar a cabo nuestra misión que, como bautizados, tenemos:
evangelizar. Esto es ilusionante. En este sentido, creo que es importante que
tengamos clara la necesidad de entrar en una cultura del primer anuncio si
queremos ser una parroquia evangelizadora. Las que asuman esto necesitarán un
equipo de laicos bien formados que ayuden al sacerdote, que se formen, que
lideren y estén continuamente en cultura de acogida, de primer anuncio y de
discipulado. El papel de los laicos ahora va a ser fundamental, teniendo claro
que la sinodalidad no es caer en una democratización de las decisiones ingenua
o en una horizontalidad vacía. El sacerdote tiene su papel, su marco de decisión,
pero en este paradigma todos se escuchan, se ponen a la luz del Espíritu.
—Además,
implicando a los laicos, la vitalidad de una parroquia no dependerá solo del
sacerdote que esté en ese momento…
—El sacerdote muestra su liderazgo y autoridad desde la coordinación de todos,
pero, en una propuesta sinodal y de corresponsabilidad, su marcha no supone la
quiebra de los procesos iniciados. Porque la palabra clave es proceso. Toda
transformación va a utilizar métodos, va a utilizar herramientas, pero lo
importante es el proceso. Aquí me gustaría introducir una cuestión importante:
la tentación de medirnos en números. Como dijo el Papa en España, debemos
escapar de los números. La vitalidad de las parroquias ya no se medirá en
números, sino en calidad. No estoy diciendo que no sea deseable que haya
grandes cifras, pero sí quiero recalcar que lo que tenemos que buscar son
laicos que estén comprometidos con la vida parroquial.
—¿Líderes
laicos?
—El liderazgo es una palabra que da problemas, porque parece que hablamos de management
o marketing. En cualquier caso, el líder es aquel que es seguido. Jesús
fue seguido y los líderes laicos que necesitamos en las parroquias serán
seguidos porque generan autoridad, hacen las cosas bien y son cristianos en los
que vemos a Cristo, cuyos testimonios de vida son coherentes. Nos hacen falta
esos referentes en las parroquias. Es un laico que arrastra al resto, que es
ejemplo y testimonio, y que puede ayudar a aquellos que han recibido un primer
anuncio a madurar en el camino de la fe y a comprometerse.
—¿Dónde
tienen que estar los laicos de forma preferencial? ¿Dentro o fuera de la
parroquia?
—Para responder tomaré las tres palabras del Sínodo sobre la sinodalidad:
comunión, participación y misión. Los laicos tenemos que estar en las
parroquias generando comunión, sin enjuiciar al del lado, respetando todos los
carismas, todas las formas de vivir a Cristo, sabiendo que lo que nos une es
que miramos a la cruz. Además, tenemos la obligación de participar en todas las
cuestiones que se nos requieran en la parroquia. Finalmente, debemos salir a
hacer discípulos, que es para lo que hemos sido bautizados. Nuestra misión es
invitar a venir a la parroquia y satisfacer los anhelos de trascendencia que
hay más allá de sus paredes. Por resumir, debemos estar dentro, viviendo esa
comunidad sinodal de la que todos formamos parte, pero sin olvidar que tenemos
una misión fuera.
—En ese
salir también se incluye la participación en la vida social, con una propuesta
que surge desde nuestra fe y que tiene como pilares la dignidad humana y el
bien común, ¿no?
—Tenemos que ser formados y entrenados para acompañar a la gente fuera de
nuestras parroquias y tener la capacidad de ver la oportunidad de
evangelización. No podemos salir y ponernos a chillar a la gente que Dios los
ama. Pero sí puedo acompañar a una persona que sufre. Ser católico hoy supone
un grado de exposición alto y, a veces, corremos el riesgo de encerrarnos en
nuestras comunidades. Hacerlo desactivaría el mensaje católico, de
universalidad. Tenemos la obligación de salir al espacio público e incorporar
los valores cristianos en todos aquellos lugares en los que podamos, ya sea en
los colegios, en las empresas, en las familias o en cualquier lugar. Formamos
parte de esa vida pública. Así que advertiría ante la tentación de un repliegue
en comunidades autorreferenciales y subrayaría la necesidad de tomar conciencia
de la necesidad de defender la dignidad humana, la magnifica humanitas,
como dice León XIV en su encíclica. Es un buen punto de partida para repensar
el papel del laico en nuestra sociedad. Hoy más que nunca es necesario hablar
de libertad y de verdad. Lo que hizo León XIV en el Congreso de los Diputados
fue un reflejo de lo que el católico tiene que hacer en la vida pública.
—Citaba
antes la visita del Papa. ¿Cree que puede ayudar a dinamizar las parroquias a
entrar en ese cambio de cultura del que hemos hablado?
—La presencia del Papa en nuestro país ha hecho que nos estemos planteando,
como decía, cuál es el papel del católico en la sociedad. Y creo que este papel
pasa por retomar el orgullo de salir como católicos al espacio público
defendiendo la verdadera libertad y la verdad. En la sociedad de la posverdad y
de la inteligencia artificial, es el momento de recuperar la verdadera
humanidad y cuestionarnos qué es la verdad.
Por Fran Otero
Fuente:
Ecclesia