La extraordinaria historia detrás un milagro reconocido por el Vaticano plantea una pregunta que probablemente muchos de nosotros nunca nos hemos hecho
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Durante más de
una década, médicos, teólogos y funcionarios del Vaticano examinaron el
historial médico de un bebé nacido en Rhode Island en 2007. Entrevistaron a
testigos, analizaron minuciosamente los testimonios de los expertos y se
plantearon una pregunta que la Iglesia nunca se toma a la ligera: ¿Había obrado
Dios un milagro?
Crónica de
un milagro y un a caída
El año pasado,
el Vaticano respondió que sí. La extraordinaria recuperación del bebé tras
sufrir una grave falta de oxígeno al nacer fue reconocida oficialmente como el
milagro atribuido a la intercesión del sacerdote español P. Salvador Valera
Parra, un milagro que, de hecho, allanó el camino para su beatificación.
Esta semana,
ese mismo niño —que ahora tiene 19 años— vuelve a ser noticia por un motivo muy
diferente. Tyquan Johnson ha sido acusado en relación con un
tiroteo en Newport, Rhode Island, en el que dos hombres, de 22 y 25 años,
resultaron heridos en la pierna y la pantorrilla. La policía afirma que el
ataque parece haber sido selectivo y no aleatorio. Johnson fue detenido
posteriormente en Virginia y se enfrenta a cargos que incluyen el delito grave
de agresión con arma de fuego. Él niega las acusaciones, que aún deben ser
juzgadas en los tribunales.
Es difícil leer
esos dos capítulos de una misma vida sin sentir cierta inquietud.
Instintivamente queremos que encajen entre sí, como si un milagro debiera, de
alguna manera, dar forma a todo lo que viene después. Si Dios intervino de
forma tan espectacular al principio de la vida de este joven, ¿no debería
haberse desarrollado la historia de otra manera?
El milagro
nunca es el capítulo final
Esa expectativa
es comprensible. Nos gustan las historias que tienen un final perfecto. Nos
gustan los comienzos que explican los finales. Sin embargo, ni siquiera los
Evangelios suelen cumplir con eso. Están llenos de personas cuyas vidas se
transformaron gracias a encuentros extraordinarios con Cristo, pero el milagro
nunca fue el capítulo final.
Quizá recuerdes
a los diez leprosos que, de repente, recuperaron la salud y pudieron volver a
las vidas que habían perdido, pero solo uno pensó en volver para dar las
gracias a Jesús. Pedro pasó tres años viendo a Cristo realizar milagros
asombrosos, pero, cuando se enfrentó a él en el patio del sumo sacerdote, el
miedo pudo con él y negó conocer a su maestro. Los milagros fueron reales, pero
también lo fueron las dificultades que vinieron después.
Quizá hayamos
estado esperando que los milagros hicieran algo para lo que nunca fueron
concebidos. Cuando el Vaticano investiga un milagro, no está tratando de
identificar a alguien que vaya a llevar una vida impecable. Se plantea una
pregunta mucho más concreta: ¿Ocurrió aquí algo que apunte más allá de lo que
la medicina o la ciencia pueden explicar? La respuesta dice algo sobre la
acción de Dios en ese momento. No elimina el misterio de todo lo que viene
después.
Dios concede
la gracia pero respeta la libertad
Quizá eso
resulte menos reconfortante de lo que nos gustaría. A menudo preferiríamos que
los milagros funcionaran como garantías, encaminando una vida de forma
irreversible hacia la felicidad o la santidad. El cristianismo ofrece algo a la
vez más esperanzador y más exigente. Dios actúa, a veces de formas que dejan
incluso a los médicos más experimentados buscando respuestas, pero nunca impone
una respuesta. Se concede la gracia; la libertad permanece.
Quizá por eso
esta historia se nos queda grabada en la mente. No porque ponga en duda los
milagros, sino porque nos recuerda que ni siquiera los momentos más
extraordinarios de la gracia nos eximen del trabajo cotidiano de elegir, día
tras día, en qué tipo de personas queremos convertirnos.
Y esta historia
nos recuerda que un milagro nos revela algo extraordinario sobre la acción de
Dios en un momento concreto, pero no nos dice cómo se desarrollará el resto de
la vida de una persona. Esa historia permanece en manos de su Autor, cuya
gracia nunca se limita a un solo capítulo, sino que está presente en cada
fracaso, en cada acto de arrepentimiento, en cada giro inesperado y en cada
página que aún espera ser escrita.
Cerith
Gardiner
Fuente: Aleteia
