Visitar, escuchar y acompañar
| ACI Prensa |
La religiosa
Rosa Parra, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, destaca la
importancia de acompañar a las personas mayores con cercanía, empatía y
respeto, atendiendo sus necesidades físicas y espirituales. Ante la cultura del
descarte y el riesgo de la soledad, invita a reconocer en cada anciano a un
hijo de Dios, valorar su sabiduría y promover el encuentro entre generaciones.
En una sociedad
marcada por las prisas, la tecnología y el culto a la juventud, las personas
mayores pueden experimentar con frecuencia la soledad o la sensación de haber
quedado al margen. Frente a esta realidad, la hermana Rosa Parra, de las
Hermanitas de los Ancianos Desamparados, invita a recuperar el valor de la
presencia, la escucha y los pequeños gestos de cercanía.
En el marco de
la sexta Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, que este año
se celebra el 26 de julio, la religiosa destaca que la atención a los ancianos
no puede limitarse al cuidado de sus necesidades físicas. También implica
acompañarlos en su dimensión espiritual, reconocer su dignidad y ayudarles a
vivir esta etapa desde la fe y la esperanza.
Entrevista a la
hermana Rosa Parra, de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos
Desamparados
Para la
consagrada, esta
Jornada Mundial, instituida por el Papa Francisco en 2021 y continuada
por el Papa León XIV, representa una oportunidad para volver la mirada hacia
quienes pueden quedar olvidados. Las celebraciones, las visitas a los enfermos
y las iniciativas promovidas por las comunidades son, a su juicio, una forma
concreta de recordar que las personas mayores siguen formando parte de la gran
familia de la Iglesia.
"Siempre
es como un recordar", acota. Para la religiosa, esta Jornada permite
"sacar polvo" a realidades que durante el resto del año pueden quedar
más olvidadas.
Visitar,
escuchar y acompañar
En este
contexto, desde la Santa Sede, el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la
Vida invita a las comunidades parroquiales y diocesanas a hacerse cargo de
manera especial de quienes viven solos, de quienes pasan sus días en centros de
atención y de quienes no reciben visitas. En un comunicado, el Prefecto y Secretario de la
institución curial, el Cardenal Kevin Farrell y Monseñor Dario Gervasi, desean
que la Jornada "sea para todos —y en particular para los más jóvenes—
una ocasión concreta para salir al encuentro de sus propios abuelos, de los
ancianos de su familia y, sobre todo, de aquellos que no tienen a nadie a su
lado".
Asimismo, el
Dicasterio propone algunas indicaciones pastorales para las visitas a las
personas que están solas; por ejemplo, que quienes lo hagan no permanezcan
únicamente en los espacios comunes, sino que se acerquen a las habitaciones;
pedir a los ministros extraordinarios de la Eucaristía que prolonguen sus
visitas habituales a los ancianos y dediquen un tiempo más sereno a la escucha;
invitar a las familias a visitar a los ancianos solos que viven en su propio
edificio o barrio, entre otras orientaciones.
A su vez,
manifiestan que sería deseable que a partir de la Jornada se comiencen a
organizar momentos de reflexión sobre el mensaje del Pontífice, que se puede
distribuir a todos los participantes. Consideran que "se puede pedir a los
ancianos una oración especial por los jóvenes y por la paz", e instan a
favorecer la participación del mayor número posible de ancianos en la santa
misa dominical celebrada con motivo de la Jornada.
Cuidar el
cuerpo y acompañar el alma
La Congregación
de las Hermanitas de
los Ancianos Desamparados nació en 1873, a partir de la preocupación
del sacerdote Saturnino López Novoa por la situación de muchos ancianos que
quedaban solos y desamparados. Su carisma, explica Parra, consiste en acompañar
a las personas mayores atendiendo tanto sus necesidades materiales como
espirituales. Cuentan con una amplia red de unos 197 hogares en unos 21 países.
"Nuestra
misión concreta es esta atención, no solo material", afirma. El cuidado
integral se expresa en las tareas más sencillas de la vida cotidiana: dar de
comer, asear, acompañar, escuchar o simplemente tomar de la mano. Pero también
en llevar a la persona mayor a la Eucaristía, rezar el rosario y crear un
ambiente en el que pueda vivir esta etapa desde la fe.
"Cada
hermanita, cada voluntario, nuestro objetivo es transmitir esa ternura de
Dios", explica.
Para la
religiosa, esta misión puede compararse con la casa de Betania. De la misma
manera, las residencias deben ser lugares donde los ancianos puedan sentirse
acompañados y acogidos, también cuando la enfermedad o la dependencia limitan
sus capacidades.
El carisma de
la congregación, recuerda, se resume en una expresión que ha orientado su
misión: "Cuidar los cuerpos para salvar las almas".
Una sabiduría
que las nuevas generaciones necesitan
La hermana Rosa
advierte también sobre el riesgo de reducir la vejez a la fragilidad física y
al deterioro. Frente a esta mirada, invita a descubrir la riqueza de la
experiencia y la sabiduría que las personas mayores pueden transmitir.
En su trabajo
con jóvenes voluntarios, procura que sean precisamente los ancianos quienes
ocupen el centro. "A los jóvenes nos gusta ser protagonistas, los mejores,
los líderes, los más rápidos, pero aquí venimos a que los protagonistas sean
los ancianos", relata.
Las historias
de quienes han trabajado durante décadas, han formado una familia, han
enfrentado dificultades o han aprendido un oficio pueden convertirse en una
escuela para las nuevas generaciones.
"Todo
anciano, por muy limitado que sea, nos da una lección", asevera. Puede ser
una enseñanza de paciencia, de aceptación del dolor o de capacidad para
afrontar el sufrimiento.
Para la
religiosa, el encuentro entre jóvenes y ancianos permite además superar una
mirada superficial sobre la fragilidad. "Yo no cuido a un anciano por sus
títulos, porque es más bello o menos, porque haya conseguido más en el mundo o
menos, sino porque es Hijo de Dios", comenta.
Desde esta
perspectiva, la dignidad de una persona no depende de sus capacidades ni de
aquello que haya conseguido a lo largo de su vida. Incluso cuando ya no puede
hablar o mantener una conversación, sigue siendo merecedora de cuidado, respeto
y amor. "Que solo le puedo dar la mano y que él note mi fuerza, que él
note mi calor, pues bendícese a Dios", explica.
Frente a la
cultura del descarte
La religiosa
llama también la atención sobre la tendencia de la sociedad contemporánea a
dejar al margen a quienes ya no pueden seguir el ritmo acelerado de la vida.
"El
anciano, el carácter del anciano no es la rapidez, es más bien pausado",
observa. Las nuevas tecnologías y los cambios en las formas de comunicación
pueden hacer que algunos mayores se sientan desplazados o incluso como una
carga, aunque sus familias los quieran.
Ante esta
realidad, la hermana Rosa considera fundamental cultivar la empatía y buscar
nuevas formas de acercamiento. La respuesta, sostiene, no siempre requiere
grandes acciones. Puede comenzar con gestos cotidianos: ayudar a una persona
mayor a cruzar la calle, acompañarla con las bolsas de la compra o simplemente
detenerse para saludarla.
"Qué
gestos más bonitos y qué sencillos", manifiesta. Porque detrás de una
acción aparentemente pequeña puede existir una experiencia profunda: la certeza
de que "alguien se acuerda de mí".
En esta tarea,
la religiosa considera que los cristianos tienen una responsabilidad
particular. "Cuando hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a
mí me lo hicisteis", recuerda, evocando las palabras del Evangelio.
La pastoral de
los ancianos, por tanto, no es solo una tarea de quienes trabajan en
residencias o instituciones. Es una responsabilidad que involucra a las
familias, las parroquias, los voluntarios y a toda la comunidad.
"Yo no te
olvidaré"
El lema de la
Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores de este año, "Yo
no te olvidaré", elegido
por el Papa León XIV, adquiere una especial resonancia en las palabras
de la hermana Rosa. Para la religiosa, esta expresión recuerda que Dios
permanece cercano a cada persona y que la Iglesia está llamada a hacer visible
esa cercanía, especialmente entre quienes atraviesan momentos de fragilidad.
"Dios no
nos olvida y Dios nos quiere a cada uno", afirma. Por ello, la misión de
quienes acompañan a los ancianos consiste también en ayudarles a descubrir que
siguen siendo importantes, que sus vidas tienen valor y que todavía tienen un
lugar dentro de la comunidad.
La hermana Rosa
invita asimismo a los jóvenes a acercarse sin miedo a las personas mayores. No
se trata de realizar grandes acciones, sino de dedicarles tiempo. Sentarse
junto a un anciano, dejar por un momento el teléfono móvil y el reloj y estar
allí, sin prisas.
"Mi tiempo
es para ti", propone como una actitud concreta de acompañamiento. La
religiosa asegura que los mayores saben reconocer cuándo una persona está
verdaderamente presente y cuándo su visita se realiza con prisa. Por eso,
considera que recuperar el valor de la presencia constituye una de las
respuestas más importantes frente a la soledad.
"Dediquemos
tiempo a los demás, dediquemos tiempo a la ancianidad", insiste. A las
personas mayores, en cambio, les anima a confiar en la misericordia de Dios y a
vivir con paz esta etapa de la vida. Desde su experiencia acompañando a
ancianos enfermos y en los últimos momentos de su vida, recuerda el testimonio
de uno de ellos que, pese a sus limitaciones físicas, hablaba con serenidad de
su familia, del bien que había podido realizar y de la esperanza de encontrarse
pronto con Dios.
Para la hermana
Rosa, esta experiencia expresa el sentido profundo de la pastoral de los
ancianos: acompañar hasta el final, cuidar con ternura y recordar que ninguna
persona, por frágil que sea, debe sentirse olvidada.
"Dios es
amor", recuerda la religiosa. Y desde esta certeza invita a mirar a las
personas mayores no como una carga, sino como hijos de Dios, portadores de una
historia y de una sabiduría que todavía tienen mucho que ofrecer a la Iglesia y
a la sociedad.
Sebastián Sansón Ferrari
Ciudad del Vaticano
Fuente: Vatican News