![]() |
| Dominio público |
La presencia
del mal y el escándalo por el sufrimiento que provoca es una de las principales
razones que los hombres de todos los tiempos han aducido para renegar de la
existencia de Dios.
Jesús de
Nazaret no se escondió ante este escándalo y en sus enseñanzas sobre el Reino
de Dios nos regaló una parábola que nos explica con sencillez cómo actúa Dios
ante el mal. La parábola del trigo y la
cizaña, en el capítulo 13 del evangelio según San Mateo, tiene una fuerza
especial porque no habla del mal como algo lejano, ajeno o puramente externo,
sino como una presencia que se mezcla en nosotros desde el comienzo con la
vida. Parte de una certeza inicial que es fundamental: Dios ha sembrado sólo buena
semilla en su campo.
Resuena aquí
aquella primera expresión de Dios al concluir lo creado: Vio Dios que todo era
muy bueno, muy bello. El mal no tiene su origen en Dios, sino en un agente
externo, que aparece nombrado en la parábola como “el enemigo”. Sólo hay dos
posibilidades: o el mal existe desde el origen, o el mal es externo a la
realidad y ha sido introducida en ella desde ella misma. Jesús nos recuerda que
la posición adecuada es esta segunda. Repitamos: Dios no es el autor del mal.
Ahora bien, es
cierto que en el campo del corazón humano —y, por tanto, también en la
historia— crecen juntas las dos realidades que, a primera vista, se confunden:
el trigo bueno que Dios ha sembrado y la cizaña introducida por el enemigo.
Este hecho explica una experiencia común: no es fácil separar con rapidez, de
manera perfecta y clara, lo bueno de lo malo. Es claramente distinguible el
bien del mal, el trigo y la cizaña; pero no es tan clara su separación en el
corazón. Al afrontar el problema del mal sería fácil simplificar: este es el malo,
lo arrancamos y ya quedará solo lo bueno.
La razón de
esta dificultad es doble, y la vemos en la propia imagen que nos presenta
Jesús. Por un lado, al principio, trigo y cizaña son muy parecidos. De intentar
arrancarlos, sería fácil equivocarse. Por otro lado, cuando crecen un poco, la
cizaña entrelaza sus raíces con las del trigo, por lo que, si intentamos
arrancarlas ahora que podemos distinguirlas a la vista, podríamos arrancar el
trigo también. En lo invisible, debajo de la tierra, no es tan fácil distinguir
una y otra. Por un lado, el mal siempre nace como algo pequeño, insignificante,
que no puede distinguirse fácilmente del bien: una mentira piadosa, un amor
interesado, una pequeña compensación… Pero, una vez que entra, se arraiga. Y al
arraigarse deja de parecer un simple accidente: se mezcla con decisiones,
hábitos, heridas, miedos, deseos, ambiciones, y termina entretejido con lo que
somos. Cuando crece, va formando parte de la persona, que no es absolutamente
buena, ni absolutamente mala. En cada uno de nosotros, creados para el bien,
arraiga entremezclado el mal.
Pero aún
queda una pregunta ¿qué podemos hacer? ¿cómo combatir con el mal? Todas las
soluciones históricas que han querido arrancar el mal de raíz han acabado
siendo la base de las mayores aberraciones contra la humanidad. La respuesta
que da el labrador es clara: es necesario esperar. La paciencia de Dios no es
indiferencia ante el mal; es sabiduría ante la complejidad.
Esta
paciencia tiene varias implicaciones. Primero, nos enseña humildad en el juicio:
no siempre vemos con claridad, de primeras, qué es trigo y qué es cizaña, ni en
nosotros ni en los demás. Segundo nos propone una forma concreta de acción
contra el mal: no responder con la violencia impulsiva, sino con la denuncia
del mal, como hacen los labradores al presentar al sembrador la cizaña que ha
crecido.
Y, por último,
la parábola nos invita a la esperanza: el trigo puede crecer incluso en un
campo donde hay cizaña; la gracia actúa en medio de la fragilidad. El Papa León
repite frecuentemente que el límite o las heridas no hablan del fracaso
definitivo, sino de una obra inacabada, que sigue creciendo y progresando bajo
la acción misericordiosa de Dios.
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
