De los primeros años como padre primerizo a la etapa de ser abuelo... Aleteia presenta testimonios de padres que viven su entrega familiar con una mirada puesta en el Cielo
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| maxim ibragimov | Shutterstock |
Hay amores que
se asemejan al de Dios y se pueden contemplar todos los días. Uno de ellos es
el amor de un padre por sus hijos. Para comprender mejor esta vocación, Aleteia
entrevistó a cuatro papás que compartieron cómo ha sido su experiencia en
distintas etapas de la paternidad: desde los primeros años de vida de sus
hijos, pasando por la adolescencia, hasta la vida adulta y la llegada de los
nietos.
Ser padre en
los primeros años
Para Nivardo,
padre de niños pequeños (tres hijos de cinco, tres años y 5 meses), esta etapa
está marcada por el cansancio físico, los cuidados constantes, noches largas y
una entrega total; pero también por una gran alegría diaria llena de momentos
hermosos.
Describe a sus
hijos como “tiernos y chistosos”, que llenan los días con ocurrencias y risas.
En medio de ese ritmo, le emociona verlos crecer, descubrir cómo se forma su
personalidad y, al mismo tiempo, desear que el tiempo se detenga un poco para
seguir abrazándolos ahora que son pequeños.
“Lo más hermoso
es el tiempo de calidad que puedas pasar con ellos”, explica, refiriéndose a
esos momentos de juego, cercanía y cariño que construyen vínculos profundos.
Uno de los
instantes que más atesora ocurre al llegar a casa:
“Desde que
estaciono el carro fuera de la casa, escucho cómo corren y se asoman por la
ventana y me gritan papiii! [Cuando] entro a la casa, todos se me lanzan al
cuello y me quieren mostrar lo que están haciendo o me dicen que juegue con
ellos”.
Sin embargo,
también reconoce el lado exigente de esta etapa: la renuncia personal. La
paternidad, dice, implica “dar la entrega total y realmente no dejar nada para
ti”, lo cual exige reorganizar la vida entera para poner a la familia en el
centro.
Crecer con
ellos
En una etapa
distinta se encuentra Alfonso, padre de tres hijos: una adolescente, un
preadolescente y una niña pequeña.
La convivencia
con hijos en diferentes etapas le ha enseñado que cada uno es único, con su
propio carácter, necesidades y formas de ver el mundo. Uno de los mayores retos
ha sido precisamente comprender que no existe una sola forma de educar y que
cada hijo requiere un acompañamiento distinto.
Entre los
momentos más significativos que ha vivido, hay uno que permanece especialmente
en su memoria. Después de cuidar a su hijo enfermo durante varias noches
difíciles, recibió unas palabras inesperadas: "Gracias, papá, por
cuidarme".
“Fue una frase
que nunca me la esperé, no estaba preparado para ello. Como papá, sabes que
haces lo necesario para que tus hijos estén bien y nunca esperas algo a cambio,
lo haces y ya. Pero en esa ocasión, supe lo que es el amor, en los cariños de
un hijo a un padre”.
Para Alfonso,
la paternidad también abre una puerta interior: “Cuando eres papá, vuelves a
tener la oportunidad de sanar al niño interior que llevamos todos”.
Acompañarlos
en la adultez
Rafael, padre
de hijos adultos, mira la paternidad desde la perspectiva del camino recorrido.
Para él, ser padre es, ante todo, “una bendición de Dios” y una experiencia que
lo ha transformado profundamente.
Recuerda con
especial emoción el nacimiento de sus hijos, momentos que fueron los más
hermosos de su vida. Sin embargo, reconoce que la paternidad nunca viene con
respuestas definitivas: es un aprendizaje constante que se renueva con los
años.
Desde sus
inicios como padre, vivió con el temor de no estar a la altura: de no poder
guiarlos, educarlos o protegerlos como quisiera. Ese miedo lo llevó a apoyarse
en su fe, buscando en la oración la fuerza necesaria para sostener su vocación.
Con el paso del
tiempo, uno de los frutos que más valora es la relación entre sus hijos: verlos
unidos, cuidándose mutuamente, es para él motivo de orgullo y gratitud.
Al mirar su
vida en retrospectiva, resume su vocación en:
“Amarlos con
todo mi corazón, sacrificarme por ellos y reflejar el amor de Dios con ellos.”
De ser padre
a ser abuelo
Ignacio vive
esta vocación desde una etapa aún más amplia: la de ver crecer la plenitud de
sus cuatro hijas y, al mismo tiempo, volver a experimentar la ternura a través
de sus diez nietos. La paternidad, lejos de terminar, se expande.
“El amor que he
recibido de mi esposa e hijas, y ahora de mis nietos, nunca deparé que fuera
tan maravilloso”.
Al mirar hacia
atrás, reconoce que uno de los mayores desafíos fue aprender a ser papá sin
tener un instructivo. Sin embargo, también afirma que el amor —junto con la
ayuda de Dios— fue suficiente para sostener el camino: “No tenía escuela… pero
con amor y la ayuda de Dios creo que lo hice más o menos bien”.
Su relación con
Dios también se transformó profundamente a través de sus hijas. En ellas
descubrió la presencia del Señor de una manera concreta y cotidiana, afirma que
ellas mismas fueron un camino para conocerlo.
Al resumir su
vocación como padre y abuelo, su respuesta apunta directamente al Cielo:
“Por esas
vocaciones vivo y trabajo, para algún día estar con mi esposa, mis hijas y
nietos en el cielo”.
Una vocación
que conduce al Cielo
Cada etapa de
la paternidad tiene su propio lenguaje pero todas comparten una misma raíz: el
amor que se entrega sin medida. En ese camino, muchos padres descubren que no
solo están formando a sus hijos, sino que también están siendo transformados
para ser un reflejo del amor de Dios.
Yohana Rodríguez
Fuente: Aleteia
