![]() |
| Freedom Studio | Shutterstock |
Últimamente
circula por las redes sociales una frase que te hace detenerte en seco mientras
navegas: "El poder de la lengua es real". A continuación, insta a las
personas a dejar de decir cosas como "estoy cansado", "estoy
arruinado" o "estoy deprimido", y a hablar en cambio de
crecimiento, gratitud y victoria. La Biblia puede ayudarte con algunos consejos.
A primera vista, puede parecer demasiado
optimista. Un poco como "manifiesta tu mejor vida". Sin embargo, bajo
las palabras de moda se esconde una verdad que la Iglesia conoce desde hace
siglos: las palabras importan, no porque creen mágicamente la realidad, sino
porque revelan y moldean la actitud de nuestro corazón.
Las Escrituras son claras al respecto. "La
muerte y la vida están en el poder de la lengua" (Proverbios
18,21). No en el sentido de que podamos negar el sufrimiento
renombrándolo, sino en el sentido de que lo que repetimos se convierte en lo
que nos preocupa, en lo que creemos y, en última instancia, en cómo vivimos.
El poder
de las palabras
Hay
una sutil diferencia entre la honestidad y la desesperanza. Decir "estoy
agotado" puede ser sincero. Repetir "siempre estoy agotado"
puede convertirse poco a poco en un veredicto sobre tu vida. Las palabras que
usamos pueden abrir la puerta a la gracia o cerrarla silenciosamente.
La fe católica nunca nos ha pedido que finjamos
que el dolor no existe. Después de todo, los Salmos están llenos de lamentos.
El mismo Jesús gritó de angustia. Pero lo que la fe nos enseña es que nuestras
palabras están destinadas a guiarnos a través del sufrimiento, no a atraparnos
en él.
Pensemos en el lenguaje de los santos. No negaban
las dificultades, sino que las nombraban y luego las confiaban a Dios.
"Soy débil", sí, "pero su gracia me basta". "No lo
entiendo", sí, "pero confío". Sus palabras no ignoraban la
realidad, sino que la interpretaban a través de la esperanza.
Alinea tu discurso con la verdad
Aquí es donde el mantra de las redes sociales
necesita una pequeña corrección. No tienes que dejar de decir "estoy cansado",
ya que a veces lo estás. Pero podrías añadir "Dios me sostiene". No
tienes que negar las dificultades, pero puedes elegir no convertirlas en lo más
importante.
Hablar de la vida, en el sentido católico, no se
trata de exagerar. Se trata de alineación: alinear tu discurso con la verdad,
verdades más profundas que las que a veces parecen evidentes. Alinear el
discurso con la gratitud. Con la creencia de que Dios está obrando incluso
cuando te sientes estancado.
Habla con compasión
Así
que intenta escuchar cómo hablas de ti mismo esta semana. No para juzgar, sino
para darte cuenta. ¿Son tus palabras compasivas? ¿Son definitivas o dejan
espacio para la gracia? ¿Suenan como alguien en quien Dios se deleita, o como
alguien a quien ya has dado por perdido?
A veces, la frase más llena de fe no es
"Estoy ganando". Es simplemente: "Dios aún no ha terminado
conmigo". Junto con: Estoy seguro de esto: el que comenzó en [mí] la buena
obra, la completará (Filipenses 1,6). Y ese tipo de discurso
—honesto, esperanzador, sensato— realmente cambia tu forma de vivir.
Cerith Gardiner
Fuente:
Aleteia
