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| Dominio público |
Compraremos,
comeremos, beberemos, nos reuniremos con muchas personas… Y prácticamente
dentro de un mes iniciaremos un nuevo año. La Iglesia se adelanta un poco a ese
inicio con un tiempo al que llamamos adviento, es decir “venida”.
Y en ella
comienza hablándonos del final de los tiempos. Parece un poco aguafiestas. ¿Justo
cuando empezamos, se nos habla del final? No es extraño que pensemos que la
Iglesia va muchas veces a contrapié… Pero hemos de reconocer que sólo desde el
final entendemos una historia. Y lo mismo pasa con la vida.
Para hablar
de este final a sus discípulos, Jesús toma la historia de Noé. En la prehistoria
de la salvación, se nos narra cómo los hombres vivían como si nada, pensando
que su vida duraría para siempre, hasta que sucedió un cataclismo. Sólo Noé y
los que entraron con él en la barca se salvaron, pudieron ser elevados por
encima del agua. Así, también Jesús nos enseña que la historia, que nos parece
ilimitada, tendrá un fin y no sabemos cuándo será. Pero tenemos seguro que
nosotros participaremos de ese final, es decir, que será un final para toda la
humanidad y para cada uno de nosotros.
Por eso nos
exhorta a que estemos preparados, como Noé, para entrar en la barca y ser
elevados. Utilizamos la misma palabra para designar la barca que construyó Noé
y el cofre que construyó Moisés para guardar las tablas de la Alianza que Dios
había sellado con su pueblo en el Sinaí: Arca. Debemos estar preparados
para entrar en el arca, es decir, en el lugar de la alianza con Dios. Este
lugar de la Alianza lo encontramos en la Iglesia como Pueblo que camina entre
los pueblos.
Y ¿cómo
disponernos a esta espera? Jesús presenta dos aspectos que nos ayudan a
preparar nuestro corazón. El primero es que deberemos dejarnos llevar, es
decir, que requerirá nuestra colaboración. «En aquel momento —dice el Maestro
en su enseñanza— dos hombres estarán en el campo, dos mujeres estarán en el
molino… y uno será tomado y otro quedará». Con esto nos enseña, que dos que
vivan en semejantes circunstancias externas, vivirán una relación distinta con
este acontecimiento definitivo.
El verbo
“ser tomado”, es utilizado varias veces en el evangelio según san Mateo y es
muy significativo el contexto: es utilizado para hablar de cómo José tomó a
María como esposa y, a ella y al niño, para huir a Egipto; y es utilizado para
hablar de cómo Jesús tomó consigo a los apóstoles. Pero también es utilizado
para describir cómo Jesús es llevado por el diablo al templo o al monte para
ser tentado o cómo los soldados lo conducen preso al pretorio para ser juzgado.
Jesús sólo puede ser conducido porque se deja conducir, no se resiste a ser
llevado. En todos estos casos, por tanto, este “ser tomado”, implica un acto de
libertad por el que se es llevado y la aceptación de un camino que corresponde
con la historia de la salvación.
El segundo
aspecto es el de quien espera en vela para defender lo más amado. El ejemplo
que nos da Jesús es el de un hombre que defiende su casa, es decir, su familia
y sus bienes, atento a que pueda venir un asaltante a quitárselos. Esto nos
lleva a la pregunta ¿qué es lo más amado para mí? En muchas ocasiones pensamos
que Dios es un ladrón que viene a quitarnos lo más amado y tratamos de
defendernos o de ocultarnos para que pase de largo.
Pero no nos
damos cuenta de que nada de lo que tenemos tiene consistencia sin él. Jesús se
presenta como ladrón para aquellos que viven sólo para sí mismos, hasta que se
dan cuenta de que el tesoro que protegían se desvanece entre sus manos. Sin
embargo, Jesús viene a nosotros como salvador, precisamente para dar sentido y
consistencia a todo lo bello y hermoso que vivimos en esta vida.
