EL MISTERIO DEL DOLOR: EL SUFRIMIENTO SÍ TIENE SENTIDO

“La muerte de mi hija me ayudó a acercarme más a Dios y a ver que nada pasa por casualidad”

Revista Misión

El sufrimiento sigue siendo un misterio. Mientras la sociedad de hoy huye de él, la respuesta a los males de nuestro tiempo pasa por saber cuál es el sentido profundo del sufrimiento y el bien que puede traer a nuestras vidas para acercar más a quien lo sufre a Dios y colaborar con Él en la salvación del mundo.

“La gente me dice que no hay nada más doloroso que perder a un hijo. Para mí no habría sufrimiento más grande que el que un hijo pierda la posibilidad de ir al Cielo. Veo más importante que mis hijos puedan llegar a la vida eterna con Dios que vivir con ellos en este mundo, pero alejados de Dios”. Esto lo cuenta Ana Torralba, una madre que experimentó un dolor indescriptible cuando le informaron de que su hija Anabel, de apenas 22 años, había sido asesinada a tiros en Guinea, pocas horas después de haber llegado a África con unas religiosas como cooperante.

La noticia dio la vuelta al mundo, así como la forma en que vivió quizás el momento más duro que una madre puede experimentar. Sobre aquel día de julio de 2003, esta profesora de Religión en un colegio de Ocaña cuenta a Misión: “Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, es algo que no se olvida. Cada detalle de la llamada cuando me dieron la noticia y cómo sentí que una espada atravesaba mi alma. Pero desde el primer momento tuve paz y la absoluta certeza de que Dios es Padre y lo hace todo bien, y de que mi hija era más querida por Él que por mí. No vi que viniera a quitarme nada, sino más bien a llevarse algo preciado para Él”.

El testimonio de Ana pone de manifiesto el misterio del sufrimiento humano: enfermedades, injusticias, guerras, catástrofes, consecuencias de los pecados propios y también víctimas de los pecados ajenos… Nadie está exento del sufrimiento, ni los sabios ni los sencillos, ni los adinerados ni los pobres, ni los mayores ni los jóvenes, puesto que experimentar el dolor es consustancial al ser humano. Se trata de un dolor físico, pero también de un sufrimiento moral o “dolor en el alma”.

Dios también grita

Ante el sufrimiento hay dos caminos: huir de él o hacer como si no existiera. O bien, como hizo Ana, abrazarlo y aceptarlo con fe y con una mirada trascendente. El escritor C.S. Lewis reflexionó sobre ello en su libro El problema del dolor (1940). Decía que “el dolor no es un mal inmediatamente reconocible, sino un mal imposible de ignorar”. Y señalaba la clave: el dolor físico o moral es una fuerte llamada de Dios, que quiere encontrarse con cada uno. “Dios nos susurra en nuestros placeres, habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor: es un megáfono para despertar a un mundo de sordos”, escribía.

“Dios nos susurra en el placer, nos habla en nuestra conciencia, pero grita en nuestro dolor”

Aunque ha pasado casi un siglo, las palabras de Lewis cobran mucha vigencia. Nunca tanto como hoy se ha intentado “eliminar” el sufrimiento por la vía rápida. La consecuencia es una sociedad consumidora de ansiolíticos, con tasas récord de suicidios y que no encuentra una respuesta profunda a la gran pregunta de por qué sufrimos, ya que ha abandonado la visión trascendente del dolor, sin la cual toda explicación resulta difícil de entender.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que el sufrimiento entró por el pecado. El proyecto de Dios para el hombre era de felicidad y bien, de participar en la vida divina. Pero Dios respeta siempre la libertad del hombre, hasta el punto de ser traicionado. Aun así, el Señor quiso redimir a la humanidad enviando a su Hijo y ofreció a los hombres el sufrimiento redentor como forma de colaborar en esta obra. Jean Galot SJ, autor de ¿Por qué el sufrimiento? (Caparrós Editores, 2006), recuerda que si Dios eligió el camino del sacrificio fue porque quiso respetar las consecuencias del pecado. Si hubiese perdonado sin exigir una reparación, le habría dado poca importancia a las libres decisiones del hombre. Por ello, exigiendo una reparación, Él rindió honor al hombre, haciéndole partícipe de la obra de salvación.

El regalo de la Cruz

“El dolor es dolor, no se transforma, se siente como el primer día, porque se ha ido una parte de ti, pero lo vivo con alegría y esperanza, sabiendo que un día nos encontraremos”, confiesa Ana. No se trata de sufrir por sufrir, sino de un regalo amoroso de Dios que ofrece una vía privilegiada para conocerle en profundidad, santificarse y llegar a la vida eterna. Para ello, Dios eligió el camino de la Cruz, que como decía san Pablo, es “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles”. Y así sigue siendo hoy dos mil años después. El “escándalo de la Cruz” es lo que da sentido al sufrimiento, puesto que el amor más pleno que ha existido jamás fue el de la entrega de Jesús cargando con los pecados de la humanidad en la Cruz.

“La muerte de mi hija me ayudó a acercarme más a Dios y a ver que nada pasa por casualidad”

Nadie escapa de la cruz, la diferencia es si en la cruz que cada uno carga está Cristo, y por tanto es llevadera, o si sólo porta un trozo de madera, cuyo peso entonces se hace insoportable.

“La cruz puede ser maldición. Así era entendida en el Imperio romano y, sin embargo, la cruz es también un gran signo + con un palo vertical, que une cielo y tierra, y con un palo horizontal, que abraza a todos los hombres. Nunca hay que entender la Cruz como masoquismo, porque de otra forma no se entendería nada”, explica a Misión el sacerdote Pablo Cervera, doctor en Teología Moral. De este modo, considera que “cargar con la cruz es adherirse a Cristo, que carga con ella camino del amor extremo que escogió para redimirnos. Mi cruz, así insertada en la de Cristo, es también camino de redención, camino de santificación que sigue la vía de Cristo”.

Ana es testigo de ello y asegura que el asesinato de su hija, cargar con esta pesada cruz, “me ayudó a acercarme más a Dios y a ver que nada pasa por casualidad. La mejor forma de llevarlo es aceptar la voluntad de Dios, ver que su historia con nosotros está bien hecha, mejor de lo que nosotros podríamos proyectarla”. Y añade: “Desde luego, sin fe y sin el conocimiento de Dios, hubiera sido incomprensible”.

En la cruz de Cristo, el sufrimiento se transforma en redentor. Este es el aspecto más fundamental. Y en ese proceso Dios no abandona a sus hijos. Galot incide en que “ninguna prueba es superior a la posibilidad de aquel que la sufre: hay proporción entre la gravedad de la prueba y la fuerza que viene de lo alto, la cual está asegurada siempre”.

Ofrecer el dolor

Dios ha querido que el hombre participe también en la historia de salvación ofreciendo el dolor para reparar los pecados del mundo. Pablo Cervera conoce muy bien esto, pues la enfermedad le ha acompañado en su vida.  En los últimos 15 años ha sido sometido a 47 intervenciones quirúrgicas en la espalda, ocho de las cuales lo tuvieron en quirófano hasta ocho horas.  “Yo vivo el dolor como ofrecimiento. Hice una vez ejercicios espirituales con el padre Manuel Iglesias, SJ y de aquellos días sólo me ha quedado una cosa: si un sacerdote ya no puede subir al monte con los jóvenes ni predicar en un sitio y en otro, porque la enfermedad o la limitación se lo impide, sin embargo, todavía queda lo más esencial: el ofrecimiento. Esto es lo esencial del cristianismo: el dolor como entrega”, reconoce.

En su opinión, “es algo siempre positivo en favor de uno, en favor de la Iglesia y en favor de los hombres. El dolor es prueba, eso es claro. A nadie le gusta sufrir, es desagradable y hay días en que se hace difícil. Pero este planteamiento hace que uno nunca se desespere, sino que tenga un motivo para vivir, aun sufriendo”.

Muchos santos, viviendo el sufrimiento con una sonrisa, transformaron a los que estaban a su alrededor

Así lo cuenta y así lo vive este sacerdote, que asegura que el lema de su vida es esta frase de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio: “El que quiera venir conmigo ha de trabajar conmigo para que siguiéndome en la pena tenga conmigo parte en la gloria”. Sin ese horizonte –agrega– se podía pensar que el dolor que se padece no vale para nada y, sin embargo, vale para la eternidad: la Gloria.

Testimonios de luz

Actitudes ante el sufrimiento como las de Pablo o Ana se convierten en testimonios luminosos frente a quienes los rodean, puesto que esta entrega radical interroga e interpela, lo que los convierten en focos de atracción.

“El sufrimiento como expresión de entrega de amor es lo que sigue atrayendo a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia. Conocemos muchos santos y personas que, viviendo en sufrimiento y no dejando de sonreír y tener esperanza, han transformado a los que estaban a su alrededor: es un modo del testimonio cristiano, y eso siempre puede tocar el corazón de incrédulos o agnósticos para que se abran a la fe viva”, concluye Cervera. 

Por Javier Lozano

Fuente: Revista Misión