COMENTARIO AL EVANGELIO DE NUESTRO OBISPO D. JESÚS VIDAL: "EL CHIVO EXPIATORIO"

En nuestra sociedad experimentamos un difícil manejo de la culpa. No sabemos muy bien qué hacer con ella.

Dominio público
Por un lado, frente a un tiempo pasado en el que se exageraba la culpabilización personal (yo no puedo hablar de ello porque yo no he vivido esa experiencia en la Iglesia), según un efecto pendular, ahora buscamos exculparnos de todo. 

Por otro, cuando rascas un poquito debajo de la piel de cualquiera, en general, vivimos unos enormes sentimientos de culpa bastante indefinida, a la vez que pegajosa. Y si en el ámbito personal nos movemos entre estos dos extremos buscando encontrar un inestable equilibrio, en el ámbito público todo lo solucionamos buscando un culpable, a modo de chivo expiatorio, sobre el que cargar la culpabilidad de cualquier tragedia para descargar nuestra furia.

Esto último no ha cambiado mucho con el paso del tiempo. En el Evangelio vemos como en una ocasión se acercan algunos a Jesús a contarle la tragedia de unos Galileos a los que los soldados de Herodes habían asesinado mientras ofrecían sacrificios fuera de Jerusalén. ¿Quién es el culpable? Rápidamente se establecería el debate. Unos dirían que los propios Galileos, por no vivir la pureza de la fe y hacer sacrificios fuera del Templo; otros, que Herodes, autor de la sangría a través de sus soldados, o los sumos sacerdotes, que le habrían incitado a la matanza con su denuncia… Hay que encontrar un culpable. 

Jesús responde aludiendo a otra tragedia que había sucedido por aquella misma época al derrumbarse la torre de Siloé matando a 18 hombres. De nuevo, ¿quién sería el culpable? ¿Los que la construyeron, los que debían mantenerla, los romanos o Herodes por permitir su construcción o los mismos que murieron? Al buscar un chivo expiatorio cargamos sobre él, una persona, toda la culpa y el resto quedamos libres. No faltan ni faltarán tragedias entre nosotros. Pero realmente, eso no calma nuestra tristeza ni la pena y el dolor de las víctimas, de sus familiares y de los más cercanos.

La perspectiva de Jesús es diversa. Él no busca un culpable, sino que les pregunta: ¿Creéis que eran aquellos más culpables que el resto? Ciertamente existen las responsabilidades políticas, sociales, laborales ante una tragedia. Cada uno ha de dar cuenta de su propia responsabilidad. Me viene el recuerdo de un dicho propio por el tiempo de Cuaresma, cercano a la Semana Santa: cada cofrade, que aguante su vela. Ante estos acontecimientos, el Señor nos invita a no sacar la culpa fuera, sino a mirar sin miedo nuestro propio corazón. 

Todos somos culpables, de algún modo, de algo y es tremendamente liberador cuando uno localiza una verdadera culpa en su corazón. Porque entonces podemos pedir perdón, sacar la espina que se nos ha quedado clavada. En cambio, cuando nos exculpamos no queriendo afrontar nuestra parte de culpa, pero al mismo tiempo no dejamos de sentir un vago y hondo sentido de culpa, no tenemos forma de librarnos de él.

De la verdadera culpa del hombre, la que proviene del mal y la mentira que constituyen lo que llamamos pecado, no necesitamos encontrar un chivo expiatorio porque ya tenemos uno. Jesucristo es la higuera cortada por la falta de fruto de los hombres. Es frecuente en las Sagradas Escrituras la imagen de Dios como el hortelano que planta y cuida con profusión una planta para que dé fruto abundante y que, pasado un tiempo, va a buscarlo y encuentra que no ha dado nada o, acaso, un fruto amargo. 

La planta ha de ser arrancada de raíz y plantada nueva. Este es el camino que nos conduce desde la Cuaresma hasta la Pascua como renovación del Bautismo. El Hijo de Dios ha sido talado, cortado y transformado a través de la resurrección en un árbol nuevo de Vida en el que todos podemos dar fruto.

   + Jesús Vidal 

Obispo de Segovia

Fuente: Diócesis de Segovia