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Dominio público |
Esto último no ha cambiado mucho con el paso del tiempo. En el Evangelio vemos como en una ocasión se acercan algunos a Jesús a contarle la tragedia de unos Galileos a los que los soldados de Herodes habían asesinado mientras ofrecían sacrificios fuera de Jerusalén. ¿Quién es el culpable? Rápidamente se establecería el debate. Unos dirían que los propios Galileos, por no vivir la pureza de la fe y hacer sacrificios fuera del Templo; otros, que Herodes, autor de la sangría a través de sus soldados, o los sumos sacerdotes, que le habrían incitado a la matanza con su denuncia… Hay que encontrar un culpable.
Jesús responde aludiendo a otra tragedia que
había sucedido por aquella misma época al derrumbarse la torre de Siloé matando
a 18 hombres. De nuevo, ¿quién sería el culpable? ¿Los que la construyeron, los
que debían mantenerla, los romanos o Herodes por permitir su construcción o los
mismos que murieron? Al buscar un chivo expiatorio cargamos sobre él, una
persona, toda la culpa y el resto quedamos libres. No faltan ni faltarán
tragedias entre nosotros. Pero realmente, eso no calma nuestra tristeza ni la
pena y el dolor de las víctimas, de sus familiares y de los más cercanos.
La perspectiva de Jesús es diversa. Él no busca un culpable, sino que les pregunta: ¿Creéis que eran aquellos más culpables que el resto? Ciertamente existen las responsabilidades políticas, sociales, laborales ante una tragedia. Cada uno ha de dar cuenta de su propia responsabilidad. Me viene el recuerdo de un dicho propio por el tiempo de Cuaresma, cercano a la Semana Santa: cada cofrade, que aguante su vela. Ante estos acontecimientos, el Señor nos invita a no sacar la culpa fuera, sino a mirar sin miedo nuestro propio corazón.
Todos somos culpables, de
algún modo, de algo y es tremendamente liberador cuando uno localiza una
verdadera culpa en su corazón. Porque entonces podemos pedir perdón, sacar la
espina que se nos ha quedado clavada. En cambio, cuando nos exculpamos no
queriendo afrontar nuestra parte de culpa, pero al mismo tiempo no dejamos de
sentir un vago y hondo sentido de culpa, no tenemos forma de librarnos de él.
De la verdadera culpa del hombre, la que proviene del mal y la mentira que constituyen lo que llamamos pecado, no necesitamos encontrar un chivo expiatorio porque ya tenemos uno. Jesucristo es la higuera cortada por la falta de fruto de los hombres. Es frecuente en las Sagradas Escrituras la imagen de Dios como el hortelano que planta y cuida con profusión una planta para que dé fruto abundante y que, pasado un tiempo, va a buscarlo y encuentra que no ha dado nada o, acaso, un fruto amargo.
La planta
ha de ser arrancada de raíz y plantada nueva. Este es el camino que nos conduce
desde la Cuaresma hasta la Pascua como renovación del Bautismo. El Hijo de Dios
ha sido talado, cortado y transformado a través de la resurrección en un árbol
nuevo de Vida en el que todos podemos dar fruto.
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia