Conocidos como los Padres del Desierto, los primeros monjes del cristianismo aún iluminan con su sabiduría a las generaciones actuales, sobre todo durante la Cuaresma
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¿Quieres vivir una Cuaresma diferente? Te pueden inspirar los
consejos que dejaron los primeros hombres y mujeres cristianos que se
consagraron a Dios en oración y trabajo, en el desierto de Siria y Egipto, allá
por el siglo IV.
Tras las persecuciones contra los cristianos del Imperio Romano -con la
promulgación del Edicto de Milán (año 313), que reconoció la libertad de
religión- estos cristianos ya no necesitaban mostrar su amor a Cristo con el
martirio. Decidieron imitarle, retirándose como Él hizo antes de su vida
pública en el desierto.
Por ello, son conocidos como los padres y madres del desierto: los primeros
monjes del cristianismo. Los dos más conocidos son san Antonio Abad, considerado como el fundador de este
movimiento eremítico, y Pablo el Ermitaño, el primer eremita, es decir, una persona
que decide vivir en soledad para dedicarse a la oración.
Aleteia ofrece algunos consejos que dejaron los padres del desierto y que
pueden ser particularmente útiles en Cuaresma, tiempo
de preparación espiritual para la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
Los padres del desierto buscaban
alcanzar la «apartheia», que en su lengua (griego) significa estar libre
de las pasiones desordenadas para poner el corazón únicamente en
Dios.
La «apartheia» busca
vivir ese estado de paz del corazón ante la tentación. La vida cristiana para
ellos consistía, por tanto, en tratar de vivir las virtudes teologales y
cardinales, combatiendo así y los pecados capitales o pasiones
del alma.
En la Cuaresma, podemos imitar a
los padres del desierto, renunciando a lo que nos aleja de Dios y buscando su
voluntad en todo.
La salvación eterna es algo
demasiado importante como para no darle la importancia que requiere, en
particular durante la Cuaresma. Los padres del desierto se preguntaban
constantemente: «¿Cómo podré salvarme?». Sabían que necesitaban la gracia de
Dios para vencer el pecado y crecer en virtud. «Si vivimos como si cada día
fuera el día de nuestra muerte, no pecaremos», decía San Antonio, según nos
refiere san Atanasio.
En la Cuaresma, podemos imitarlos
haciendo examen de conciencia y acudiendo al perdón de Dios en el sacramento de
la Reconciliación.
Los padres del desierto optaron
por vivir solos o en pequeñas comunidades para estar más cerca de Dios y de los
hermanos. Practicaban el silencio, la escucha y el consejo mutuo.
En la Cuaresma, podemos crear
espacios de silencio y oración personal, así como participar en las
celebraciones litúrgicas, retiros espirituales y obras de caridad.
Alejándose en el desierto, estos
primeros monjes se desprendían de todo lo superfluo y vivían con lo mínimo.
Entendían que el verdadero tesoro es el Amor de Dios.
Hacían de la renuncia un programa
de vida para poder acoger lo único que cuenta, el Todo, Dios.
En la Cuaresma, ofrezcamos el
sacrificio voluntario por amor a Dios y al prójimo.
Los padres del desierto
trabajaban para ganarse el pan cotidiano y para no caer en la ociosidad o en
las tentaciones. Ofrecían su trabajo a Dios como una forma de alabanza y de
servicio a los demás.
Realizando nuestro trabajo con
alegría, generosidad y diligencia les imitaremos en este tiempo litúrgico.
Estos son algunos consejos que
nos pueden ayudar a vivir mejor el tiempo cuaresmal, siguiendo el ejemplo de
los padres y madres del desierto. ¿Te han servido estos consejos?
Matilde
Latorre
Fuente: Aleteia