Concluido el tiempo de Navidad, la Iglesia comienza el Tiempo Ordinario, que es el ciclo litúrgico más largo del año. Se interrumpe cuando celebramos la Cuaresma, la Semana Santa y el tiempo Pascual, y se retoma después hasta el fin del año litúrgico con la fiesta de Cristo Rey.
![]() |
| Dominio público |
Incluso si preguntamos a quienes
participan en la Eucaristía sobre las palabras que dice el sacerdote antes de
repartir la comunión al pueblo —«este es el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo»— seguramente muchos no sabrían qué responder.
Sabemos que en
la fiesta de Pascua los judíos sacrificaban un cordero, como recuerdo de la
salida de Egipto, cuando, por orden de Moisés, los israelitas inmolaban un
cordero con cuya sangre marcaban los dinteles de sus puertas. De esta manera,
cuando pasaba el ángel exterminador, respetaba la casa de los judíos sin matar
a los primogénitos judíos. La sangre del cordero se convirtió en un signo de
liberación y salvación. También se ofrecían corderos en el templo de Jerusalén
como sacrificios de paz y de expiación. El cordero, por tanto, adquirió un
simbolismo de redención y de ofrenda por el pecado.
Hay una escena
en la Biblia que ayuda a entender aún mejor el significado del título dado a
Jesús como «Cordero de Dios». Me refiero a la historia de Abrahán, a quien Dios
le pide que le ofrezca en sacrificio a su hijo Isaac. Cuando Abrahán e Isaac
van de camino hacia el monte del sacrificio, el hijo, extrañado porque llevan
la leña y el fuego para la inmolación, pregunta a su padre: «¿dónde está el
cordero para el sacrificio?». Su padre le contesta escuetamente: Dios proveerá.
Y así fue: en el momento dramático en que se dispone a ofrecer a su propio
hijo, un ángel le detiene y le muestra un cordero enredado en la maleza, que se
convirtió en la ofrenda sacrificial.
En la tradición
cristiana, ese cordero se ha presentado como figura o tipo de Jesús, el único
que puede ofrecer a Dios el sacrificio perfecto, como dice la carta a los
Hebreos en relación con los sacrificios del templo de Jerusalén que eran
incapaces de perdonar los pecados del pueblo. Solo la entrega de Jesús por amor
a Dios y a los hombres puede reconciliarnos con Dios de modo perfecto y reparar
el pecado del mundo, que alcanza a todos los hombres. Por eso, Juan Bautista no
dice que Jesús quita «los pecados del mundo», sino «el pecado del mundo».
Cuando Jesús celebró la cena pascual con sus discípulos, según el rito establecido, comió con ellos el cordero pascual, sacrificado la víspera de la fiesta y recordaría la historia de la liberación de Egipto. Según los estudiosos, además de esto, utilizaría el símbolo del cordero para hablar de sí mismo y de su entrega en la cruz, que, como es evidente, no era un rito litúrgico. Pero esta interpretación de Jesús, como la que hizo del pan y del vino de pascua, quedó grabada en la memoria de los apóstoles como algo esencial a la eucaristía instituida por él.
Y, después de la resurrección, comprendieron todo el simbolismo que comportaba
la imagen del cordero aplicada a Jesús. De ahí que san Pablo, escribiendo a los
Corintios, les recuerda la fiesta de pascua que habían celebrado recientemente
y dice: «ha sido inmolado nuestro cordero pascual, Cristo» (1 Cor 5,7). Es
evidente que los primeros cristianos confesaban con este título el gran
misterio del que quita el pecado del mundo.
César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
