En el Día de la Pérdida Perinatal y Gestacional, la funeraria María Puerta del Paraíso bendecirá la sepultura que ha preparado en Madrid para enterrar a estos pequeños
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| Foto cedida por Juan García Ovejero. Dominio público |
«No hay un protocolo para estos niños; nadie los considera nada», relata Juan, su marido. Llamaron a muchas puertas en la Iglesia, y nadie supo darles una respuesta satisfactoria. «Me costaba entender que nadie tuviera esto pensado» en este ámbito, donde sí se los considera «personas con toda la dignidad». Su párroco, en Virgen de la Paloma, los dirigió a la pequeña funeraria María Puerta del Paraíso.
La había puesto
en marcha dos años antes Helena Acín, consagrada de la Comunidad del Cordero, para ofrecer a la gente una
experiencia parecida a la que ella había tenido cuando vivió con la comunidad
una Semana Santa, con una religiosa recién fallecida de cuerpo presente. «Los
oficios cobraron vida», con «una belleza y una verdad que dan mucho consuelo».
Ante un caso como el de Juan y Cristina, tampoco Acín sabía muy bien cómo
actuar. Pero ser una funeraria le abrió muchas puertas para hacer
averiguaciones. Al final, consiguieron los papeles para enterrar a María José
en una sepultura familiar.
Hasta entonces,
conservaron a la pequeña en un tarrito con formol, colocado con todo cariño en
el salón. A ratos, acudían la familia o amigos sacerdotes para rezar. «Así
acompañamos a nuestra hija, y fue una forma de velarla, aunque diferente»,
comparte Juan. «Hacerlo así y poder enterrarla y, ahora, visitarla fue
importante para cerrar este capítulo como padres: Dios nos dio una hija, la
tuvimos ocho semanas, murió y la enterramos». Para Cristina, «ver que realmente
estaba ahí te ayuda a superarlo».
Mediación con el hospital
También fue un
punto de inflexión para Acín. Habían enterrado a María José en el día de la
Virgen del Carmen. Pocas horas después, un cántico de Navidad le salió al paso
durante la oración de la Comunidad del Cordero. Sintió que la liturgia, una vez
más, aludía a lo que habían vivido. Y, tras constatar lo problemático que es
dar sepultura a los niños muertos antes de nacer, decidió dedicar su funeraria
a ello con el servicio En Vela.
Cuando unos
padres la llaman —hasta ahora han sido seis familias—, les asesoran para
recoger a su hijo si la expulsión va a tener lugar en casa, o para reclamarlo
si es en el hospital. Como son funeraria, están autorizados para hacerse cargo
del cuerpo, pero a veces hay que mediar con el personal sanitario, pues muchos
no conocen esta posibilidad. Más difícil resulta inscribir al hijo en el
Registro Civil: solo se puede hacer a partir de los 180 días de gestación, en
el legajo de criaturas abortivas.
«Recogemos al
niño, lo envolvemos en unos lienzos y lo depositamos en una cajita de madera»,
explica. Luego invitan a los padres a velarlo esa noche en casa. Han preparado
un cuadernito con oraciones en las que también pueden participar los hermanos.
«Se recorre todo lo que están viviendo: la alegría de una nueva vida, el dolor,
y el paso de entregar a su hijo al Padre». Al día siguiente, lo recogen y lo
llevan al cementerio. En vez de un coche fúnebre al uso, desproporcionadamente
grande para estos casos, han adaptado un vehículo más pequeño. Con todos estos
gestos, sencillos pero «muy cuidados», buscan que los padres «sientan que
detrás hay el mismo cuidado y ternura que cuando su hijo nace en la
tierra».
Con un
certificado del hospital «no te van a poner obstáculos» para enterrar al niño
en una sepultura familiar. Pero, si no se tiene, «en los cementerios no hay un
lugar para ellos». Por eso, su funeraria ha adquirido una en la sacramental de
San Lorenzo y San José, en Madrid. Van a bendecirla este sábado, Día de la
Pérdida Perinatal y Gestacional.
Muertes invisibles
Este día se
instituyó para crear conciencia sobre unas muertes invisibles, que afectan en
nuestro país a entre el 10 % y el 30 % de los embarazos hasta la semana 22, y
luego a casi tres de cada 1.000, más de 1.000 al año. Cuando murió María José,
Juan y Cristina descubrieron a muchas familias que habían pasado por una
situación similar. Todas contaban lo mismo: en un momento en que estaban
«hechos polvo», nadie supo qué hacer. «Algunos habían enterrado a sus hijos en
una maceta, a otros se lo habían enseñado en el hospital, pero luego no habían
sabido dónde estaban…».
Es «una
realidad nueva que empezamos a tener en cuenta en el entorno médico», con
nuevos protocolos que, en el caso de los embarazos más avanzados, permiten a
los padres despedirse y vivir mejor el duelo, apunta Acín. Siguiéndolos, en En
Vela «les invitamos a que les pongan nombre y les hagan alguna foto». Más
adelante, les gustaría facilitar que padres que ya han pasado por esta
experiencia acompañen a quienes la están viviendo. También quieren contribuir a
que la Iglesia responda como madre a esta necesidad de los padres, para «darles
la certeza de que su hijo descansa en la misericordia del Padre». Como subraya
Juan, «enterrar a los muertos es una obra de misericordia».
María Martínez López
Fuente: Alfa y Omega
