El texto ha sido enviado a todos los obispos del Mundo para que se cumpla la voluntad de la Virgen de Fátima y para que acabe la guerra
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| VINCENZO PINTO / AFP |
El papa
Francisco consagrará a Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María
durante una celebración penitencial el 25 de marzo de 2022 en
la Basílica de San Pedro en pleno apogeo de la guerra.
El mismo gesto
será realizado el mismo día desde el santuario de Fátima, en Portugal, por el
Capellán Apostólico Cardenal Konrad Krajewski.
Desde que el
ejército ruso invadió Ucrania el 25 de febrero, el Obispo de Roma ha pedido en
repetidas ocasiones el fin de la «guerra atroz» y de los «ríos de sangre y lágrimas».
El pontífice
cumplirá un gesto de gran valor espiritual: durante una celebración penitencial
en Cuaresma, unirá a los dos países de Europa del Este consagrándolos juntos a
la Santísima Virgen.
Asimismo,
Francisco para obedecer a la voluntad de la Virgen en las apariciones de Fátima
de hace cien años ha pedido a los obispos del mundo para que se unan él y lo
acompañen en este solemne Acto de Consagración. Ahora, les ha enviado el
texto de la oración mariana a recitar ese día.
Acoge, oh
Madre, nuestra súplica. Tú, estrella del mar, no nos dejes naufragar en la
tormenta de la guerra.
Tú, arca de la nueva alianza, inspira proyectos y caminos de reconciliación. Tú, “tierra del Cielo”, vuelve a traer la armonía de Dios al mundo.
Extingue el odio, aplaca la venganza, enséñanos a perdonar.
Líbranos de la guerra, preserva al mundo de la amenaza nuclear.
Reina del Rosario, despierta en nosotros la necesidad de orar y de amar. Reina
de la familia humana, muestra a los pueblos la senda de la fraternidad.
Reina de la
paz, obtén para el mundo la paz.
El texto se ha
filtrado a través de varios obispos locales:
“Acto de
Consagración al Corazón Inmaculado de María” de Rusia y Ucrania:
Oh María, Madre
de Dios y Madre nuestra, nosotros, en esta hora de tribulación, recurrimos a
ti. Tú eres nuestra Madre, nos amas y nos conoces, nada de lo que nos preocupa
se te oculta. Madre de misericordia, muchas veces hemos experimentado tu
ternura providente, tu presencia que nos devuelve la paz, porque tú siempre nos
llevas a Jesús, Príncipe de la paz.
Nosotros hemos
perdido la senda de la paz. Hemos olvidado la lección de las tragedias del
siglo pasado, el sacrificio de millones de caídos en las guerras mundiales.
Hemos desatendido los compromisos asumidos como Comunidad de Naciones y estamos
traicionando los sueños de paz de los pueblos y las esperanzas de los jóvenes.
Nos hemos
enfermado de avidez, nos hemos encerrado en intereses nacionalistas, nos hemos
dejado endurecer por la indiferencia y paralizar por el egoísmo. Hemos
preferido ignorar a Dios, convivir con nuestras falsedades, alimentar la
agresividad, suprimir vidas y acumular armas, olvidándonos de que somos
custodios de nuestro prójimo y de nuestra casa común.
Hemos
destrozado con la guerra el jardín de la tierra, hemos herido con el pecado el
corazón de nuestro Padre, que nos quiere hermanos y hermanas. Nos hemos vuelto
indiferentes a todos y a todo, menos a nosotros mismos. Y con vergüenza
decimos: perdónanos, Señor.
En la miseria
del pecado, en nuestros cansancios y fragilidades, en el misterio de la
iniquidad del mal y de la guerra, tú, Madre Santa, nos recuerdas que Dios no
nos abandona, sino que continúa mirándonos con amor, deseoso de perdonarnos y
levantarnos de nuevo. Es Él quien te ha entregado a nosotros y ha puesto en tu
Corazón inmaculado un refugio para la Iglesia y para la humanidad. Por su
bondad divina estás con nosotros, e incluso en las vicisitudes más adversas de
la historia nos conduces con ternura.
Por eso
recurrimos a ti, llamamos a la puerta de tu Corazón, nosotros, tus hijos
queridos que no te cansas jamás de visitar e invitar a la conversión.
En esta hora
oscura, ven a socorrernos y consolarnos. Repite a cada uno de nosotros: “¿Acaso
no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”. Tú sabes cómo desatar los enredos de
nuestro corazón y los nudos de nuestro tiempo. Ponemos nuestra confianza en ti.
Estamos seguros de que tú, sobre todo en estos momentos de prueba, no
desprecias nuestras súplicas y acudes en nuestro auxilio.
Así lo hiciste
en Caná de Galilea, cuando apresuraste la hora de la intervención de Jesús e
introdujiste su primer signo en el mundo. Cuando la fiesta se había convertido
en tristeza le dijiste: «No tienen vino» (Jn 2,3).
Repíteselo otra
vez a Dios, oh Madre, porque hoy hemos terminado el vino de la esperanza, se ha
desvanecido la alegría, se ha aguado la fraternidad. Hemos perdido la
humanidad, hemos estropeado la paz. Nos hemos vuelto capaces de todo tipo de
violencia y destrucción. Necesitamos urgentemente tu ayuda materna.
Que tu llanto,
oh Madre, conmueva nuestros corazones endurecidos. Que las lágrimas que has
derramado por nosotros hagan florecer este valle que nuestro odio ha secado. Y
mientras el ruido de las armas no enmudece, que tu oración nos disponga a la
paz.
Que tus manos
maternas acaricien a los que sufren y huyen bajo el peso de las bombas. Que tu
abrazo materno consuele a los que se ven obligados a dejar sus hogares y su
país. Que tu Corazón afligido nos mueva a la compasión, nos impulse a abrir
puertas y a hacernos cargo de la humanidad herida y descartada.
Santa Madre de
Dios, mientras estabas al pie de la cruz, Jesús, viendo al discípulo junto a
ti, te dijo: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,26), y así nos encomendó a ti.
Después dijo al discípulo, a cada uno de nosotros: «Ahí tienes a tu madre» (v.
27).
Madre, queremos
acogerte ahora en nuestra vida y en nuestra historia. En esta hora la
humanidad, agotada y abrumada, está contigo al pie de la cruz. Y necesita
encomendarse a ti, consagrarse a Cristo a través de ti.
El pueblo
ucraniano y el pueblo ruso, que te veneran con amor, recurren a ti, mientras tu
Corazón palpita por ellos y por todos los pueblos diezmados a causa de la
guerra, el hambre, las injusticias y la miseria.
Por eso, Madre
de Dios y nuestra, nosotros solemnemente encomendamos y consagramos a tu
Corazón inmaculado nuestras personas, la Iglesia y la humanidad entera, de
manera especial Rusia y Ucrania.
Acoge este acto
nuestro que realizamos con confianza y amor, haz que cese la guerra, provee al
mundo de paz. El “sí” que brotó de tu Corazón abrió las puertas de la historia
al Príncipe de la paz; confiamos que, por medio de tu Corazón, la paz llegará.
A ti, pues, te
consagramos el futuro de toda la familia humana, las necesidades y las
aspiraciones de los pueblos, las angustias y las esperanzas del mundo.
Que a través de
ti la divina Misericordia se derrame sobre la tierra, y el dulce latido de la
paz vuelva a marcar nuestras jornadas. Mujer del sí, sobre la que descendió el
Espíritu Santo, vuelve a traernos la armonía de Dios.
Tú que eres
“fuente viva de esperanza”, disipa la sequedad de nuestros corazones. Tú que
has tejido la humanidad de Jesús, haz de nosotros constructores de comunión. Tú
que has recorrido nuestros caminos, guíanos por sendas de paz.
Amén.
Ary
Waldir Ramos Díaz
Fuente: Aleteia
