Esta joven de Gandía se convirtió al estudiar en la Universidad de Navarra
Fiona
Cortadillas tiene
poco más de 20 años y desde hace menos de uno que es católica. Esta joven
universitaria valenciana recibió el pasado mes de mayo el Bautismo, la
Confirmación y la Comunión tras una conversión propiciada mientras estudiaba en
la Universidad de Navarra.
Fiona, el día de su Bautizo y Primera Comunión. Captura de Youtube
“El 15 de mayo de 2021 fue el día
más importante de mi vida”, confiesa la estudiante de Enfermería natural de
la localidad de Gandía. Entraba así a formar parte de la Iglesia Católica tras
un proceso en el que el ejemplo de sus amigas y compañeras en Pamplona fueron
el detonante de su conversión.
Sus
padres habían recibido los sacramentos pero no eran practicantes. Tanto ella
como su hermana no fueron
bautizadas pues afirmaban que esta decisión la debían tomar ellas
cuando fuesen adultas sin ser algo impuesto desde el nacimiento.
Así
creció Fiona, aunque la fe no era del todo desconocida para ella pues fue a
colegios religiosos. Y entonces llegó a la Universidad de Navarra, perteneciente al Opus Dei, y
en Pamplona aterrizó en un CED (Centro de Estudio y Trabajo), un lugar
donde vive mientras compagina estudios y trabajo.
“Yo del Opus Dei conocía lo que había leído en
clase de Historia y poco más, pero me considero una persona abierta de
mente y sabía que en algún sentido me podría ayudar”, cuenta la joven en la web de la Prelatura.
Fiona
estaba en un centro vinculado a la Iglesia, y además lejos de su tierra. Era un
choque grande para ella, acentuado aún más por un mal momento personal por la
pérdida de un ser querido.
“Vine
muy destrozada y yo no entendía. Si Dios nos quiere tanto, en una situación así, ¿por qué se
tiene que llevar a una persona?”, se preguntaba.
Sin
embargo, la llegada al CET afirma que le dio la vida. Recuerda ver a sus amigas
y compañeras yendo a misa cada domingo y al final acabó acompañándolas
simplemente “para ver un poco que era, pero tampoco sentía esa atracción hacia el cariño de Dios”.
La
estudiante de Enfermería cuenta aquella experiencia inicial: “Fue muy chocante.
Cuando llegué no era rechazo, pero fue un choque de emociones que hubiera una residencia con
oratorio, que la gente se arrodillase, hiciera genuflexión, que saludase a
Jesús; pero cuando lo sientes y te fijas en cómo vive una persona que tiene
a Dios a su lado, cómo se da al otro y transmite ese cariño, la cosa cambia…”.
Esta
relación con sus compañeras católicas y ver el papel que la fe tenía en sus
vidas fue poco a poco interrogando a Fiona. Ella misma relata que “veía en ellas que de alguna
manera tenían durante el día a Dios presente en todo momento, y que al
tenerlo presente las cosas iban de otra manera, que cuidaban cada detalle,
daban servicio al otro, cariño, tenían una fuerza diferente para el día a día y
una gracia que yo no tenía”.
Fiona
empezó a ver todo lo bueno que aportaba la fe a través del ejemplo de estas
amigas y así fue como “de manera indirecta” –asegura ella- “el Señor decidió que era mi momento”.
No
fue fácil este camino. “Es
difícil creer que Dios está ahí, que cuando comulgas recibes a Cristo, esto
es complicado, pero tenemos que tener esa fe en Él. Y cuando la tenemos la vida
cambia, tenemos la gracia de Dios dentro y la fuerza para continuar”, agrega.
Con
estas inquietudes acerca de Dios fue transcurriendo la universidad hasta que
llegó la pandemia. El
tiempo separado de Pamplona le hizo poner las cosas en perspectiva y
esta llamada se afianzó.
Al
volver a Navarra una amiga, la que acabaría siendo su madrina de Bautismo, le
planteó la gran pregunta: “Oye
Fiona, ¿no te gustaría recibir catequesis para bautizarte”. “Claro que
sí”, respondió ella, que era algo que ya tenía en su interior pero que le daba
miedo expresar.
En primer lugar contó esta decisión a sus padres, que estaban “felices completamente” por este paso que iba a dar Fiona. En el CED el anuncio fue una fiesta.
“Don
Ignacio ha sido el sacerdote que me ha llevado en la dirección espiritual. Es
el sacerdote capellán de la facultad de Enfermería. El primer día de clase nos
transmitió todas las actividades de formación cristiana que había y siempre se
ha preocupado mucho por todos nosotros. Me animé a hablar con él y le comentaba
cosas del día a día. Nunca
había recibido ni dirección espiritual ni sabía de qué iba, pero el que te
ayuden en los problemas es una suerte”, explica la joven.
Iba
a catequesis, recibía dirección espiritual, acudía a charlas… y la fe iba
creciendo en Fiona. “Estaba muy contenta, descubría cosas que me daban
felicidad”, confiesa.
Lo
más complicado era anunciar su conversión a sus amigos de Gandía y algunos
compañeros de la universidad. Pero para su sorpresa, todos se alegraron e
incluso querían ir al bautizo. Ella considera que su caso puede hacerles
también “reflexionar y ver
lo necesario de tener al Señor a su lado”.
Por
fin llegó el 15 de mayo, día que recibiría los sacramentos de iniciación.
“Cuando me bautizaron fue una gran emoción por dentro, una felicidad de por fin
recibir la gracia y cuando
comulgué fue ya apoteósico… Me sentía muy contenta”, cuenta
emocionada.
Sus
padres vieron la felicidad plena de su hija y aún siendo no practicantes se
emocionaron. Su padre,
cuenta alegre Fiona, lloraba al verla comulgar, también su madre. Tras
hablar con ella después de la celebración ésta decía a su hija: “vivir con
gente que tiene al Señor al lado te ha ayudado mucho. Verte así me ayuda, hasta
yo me estoy dando cuenta de que hay algo más allá, que Dios existe y lo
necesitamos en nuestras vidas”.
“Soy hija de Dios, soy cristiana”, concluye
orgullosa Fiona, una católica más dispuesta a mostrar a Dios a otros, como a su
vez lo hicieron con ella.
J. Lozano
Fuente: ReL