Desengaños,
traiciones, resentimientos, faltas de amor, faltas de perdón, ausencias,
decepciones,... La sanación es un proceso
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Motortion Films | Shutterstock |
Hay tantas heridas que no se pueden sanar fácilmente: desengaños,
traiciones, resentimientos, faltas de amor, faltas de perdón, ausencias; esas
situaciones en las que no entiendes bien por qué te sientes herido.
Cuando alguien te decepciona, cuando esperabas algo más de una
persona, cuando te cuesta mucho perdonar, cuando no puedes cumplir las
expectativas de los demás, cuando te cuesta mucho superar algún problema…
Cosas que parecen insignificantes pero que nos hacen sufrir y que
buscamos remediar (no siempre de la mejor manera).
En numerosas ocasiones banalizamos o fingimos que
no pasó nada, o en otras, nos quedamos en las heridas y
seguimos metiendo
el dedo dentro.
¿Conoces las 3 fases de una herida espiritual antes de sanar?
Saber cómo te afectan y el proceso que suelen seguir ayuda a curar.
1. LA PODA
No hay vida sin heridas. Pensemos en
una planta: en ella se podan los brotes que dan fruto, precisamente porque son
fructíferos.
La poda es siempre un corte, un tajo que
deja una herida, una incisión que no se queda ahí, sino que, se dispone a dar
vida.
«La condición
humana es la mutilación- ningún ser humano pasa mucho tiempo sin que se le
venga a los suelos alguno de sus sueños. Y hay circunstancias en que parece que
la crueldad se ciñera sobre nosotros y nos cortara hoy una mano, mañana una
esperanza, pasado uno de los pilares en los que se apoyaba –o parecía apoyarse-
nuestra misma existencia.
Pero la otra
gran lección de la vida es que el ser humano tiene siempre al menos el doble de
capacidad de resistencia
de la que creía tener. Si le cortan un ala, aprende a volar con la otra. Si le
cortan las dos, camina. Si se queda sin piernas, se arrastra. Si no puede
arrastrarse, sonríe. Si no tiene fuerzas para sonreír, aún le queda la
capacidad de soñar, que es una nueva forma de volar en esperanza».
Martín Descalzo
2. EL PARCHE
Siempre podemos poner un parche, buscar un remedio,
algo que nos ayude a estar mejor. Siempre podemos aprender y levantarnos.
Pero no
todas las reparaciones son efectivas.
Si es una como la que nos ofrece el mundo (curita
temporal), tarde o temprano se desgastará, la herida volverá a
quedar expuesta y demorará en sanar.
Pero, si el que nos pone el “parche” es un experto, alguien que
posee una mano amorosa y paciente, una mano que nos ama siempre; la herida
quedará bien cubierta y sanará mejor.
Una herida puede ser sanada cuando le
permitimos ver, al que quiere curarla, cuán grave es. A veces
es necesaria una protección especial.
Dejarnos amar cuando estamos heridos no es tener miedo de mostrar
nuestros golpes y solo esperar ser consolados temporalmente.
Dejarnos amar verdaderamente es ir a quien nos ama y dejarnos cuidar y
curar paciente y amorosamente mientras aprendemos de nuevo
a tener esperanza.
3. LA TRANSFORMACIÓN
DEL DOLOR
El dolor nunca podrá amordazar nuestra alma y cuando
sufrimos estamos también resucitando.
El que nos cura no se avergüenza de sus manos heridas. Él, al
hacerse uno de nosotros, ha hecho suyo nuestro dolor y nos ha enseñado a
comprender que el llanto y el dolor son compatibles con la resurrección.
El discurso de Jesús no es ilusorio ni endulzado. Sus palabras y
su vida nos ponen honestamente frente al cansancio y a las pruebas de nuestra
vida para desde ellas volver a florecer:
«Jesús nos
invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a
Tomás, para sanar
nuestra incredulidad.
Nos invita,
sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio
de su amor misericordioso. A través de ellas, como por una brecha luminosa,
podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su
vida terrena –llena de compasión por los más pequeños y los enfermos–, su
encarnación en el seno de María.
Por eso, ante
mis pecados o ante las grandes tragedias del mundo, me remorderá mi conciencia,
pero no
perderé la paz, porque me acordaré de las llagas del Señor».
Papa
Francisco
Luisa Restrepo
Fuente: Aleteia