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| Dominio público |
Hoy debemos recordar que las mismas flaquezas y
debilidades pueden ser la ocasión para acercarnos más a Cristo, como le ocurrió
a este leproso. Desde aquel momento sería ya un discípulo incondicional de su
Señor. ¿Nos acercamos nosotros con estas disposiciones de fe y de confianza a
la Confesión? ¿Deseamos vivamente la limpieza del alma? ¿Cuidamos con esmero la
frecuencia con que hayamos previsto recibir este sacramento?
II. Los Santos
Padres vieron en la lepra la imagen del pecado por su fealdad y repugnancia,
por la separación de los demás que ocasiona... Con todo, el pecado, aun el
venial, es incomparablemente peor que la lepra por su fealdad, por su
repugnancia y por sus trágicos efectos en esta vida y en la otra. «Si
tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos
de terror». Todos somos pecadores, aunque por la misericordia divina estemos
lejos del pecado mortal. Es una realidad que no debemos olvidar; y Jesús es el
único que puede curarnos; sólo Él.
El Señor viene a buscar a los enfermos, y Él es
quien únicamente puede calibrar y medir con toda su tremenda realidad la ofensa
del pecado. Por eso nos conmueve su acercamiento al pecador. Él, que es la
misma Santidad, no se presenta lleno de ira, sino con gran delicadeza y
respeto. «Así es el estilo de Jesús, que vino a dar cumplimiento, no a
destruir.
»Al sanar, al curar de la lepra, el Señor realiza
grandes signos. Estos signos servían para manifestar la potencia de Dios ante
las enfermedades del alma: ante el pecado. La misma reflexión se desarrolla en
el Salmo responsorial, que proclama precisamente la bienaventuranza del perdón
de los pecados: Dichoso el que ha sido absuelto de su culpa... (Sal 31, 1).
Jesús sana de la enfermedad física, pero al mismo tiempo libera del pecado. Se
revela de esta forma como el Mesías anunciado por los Profetas, que tomó sobre
Sí nuestras enfermedades y asumió nuestros pecados (cfr. Is 53, 312) para
liberarnos de toda enfermedad espiritual y material (...). Así, pues, un tema
central de la liturgia de hoy es la purificación del pecado, que es como la
lepra del alma».
Jesús nos dice que ha venido para eso: para
perdonar, para redimir, para librarnos de esa lepra del alma, del pecado. Y
proclama su perdón como signo de omnipotencia, como señal de un poder que sólo
Dios mismo puede ejercer. Cada Confesión es expresión del poder y de la
misericordia de Dios; los sacerdotes ejercitan este poder no en virtud propia,
sino en nombre de Cristo -in persona Christi-, como instrumentos en manos del
Señor. «Jesús nos identifica de tal modo consigo en el ejercicio de los poderes
que nos confirió -decía San Juan Pablo II a los sacerdotes-, que nuestra
personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que Él es quien
actúa por medio de nosotros (...). Es el propio Jesús quien, en el sacramento
de la penitencia, pronuncia la palabra autorizada y paterna: Tus pecados te son
perdonados». Oímos a Cristo en la voz del sacerdote.
En la Confesión nos acercamos, con veneración y
agradecimiento, al mismo Cristo; en el sacerdote debemos ver a Jesús, el único
que puede sanar nuestras enfermedades. «"¡Domine!" -¡Señor!-, "si
vis, potes me mundare" -si quieres, puedes curarme.
»-¡Qué hermosa oración para que la digas muchas
veces con la fe del leprosito cuanto te acontezca lo que Dios y tú y yo
sabemos! ‑No tardarás en sentir la respuesta del Maestro: "volo,
mundare!" ‑quiero, ¡sé limpio!». Jesús nos trata con suprema delicadeza y
amor cuando más necesitados nos encontramos a causa de las faltas y pecados.
III. Hemos de
aprender de este leproso: con su sinceridad se pone delante del Señor, e
hincándose de rodillas reconoce su enfermedad y pide que le cure.
Le dijo el Señor al leproso: Quiero, queda limpio.
Y al momento desapareció de él la lepra y quedó limpio. Nos imaginamos la
inmensa alegría del que hasta ese momento era leproso. Tanto fue su gozo que, a
pesar de la advertencia del Señor, comenzó a proclamar y divulgar por todas
partes la noticia del bien inmenso que había recibido. No se pudo contener con
tanta dicha para él solo, y siente la necesidad de hacer partícipes a todos de
su buena suerte.
Ésta ha de ser nuestra actitud ante la Confesión.
Pues en ella también quedamos libres de nuestras enfermedades, por grandes que
pudieran ser. Y no sólo se limpia el pecado; el alma adquiere una gracia nueva,
una juventud nueva, una renovación de la vida de Cristo en nosotros. Quedamos
unidos al Señor de una manera particular y distinta. Y de ese ser nuevo y de
esa alegría nueva que encontramos en cada Confesión hemos de hacer partícipes a
quienes más apreciamos, y a todos. No nos debe bastar el haber encontrado al
Médico, debemos hacer llegar la noticia, a través de nuestro apostolado
personal, a muchos que no saben que están enfermos o que piensan que sus males
son incurables. Llevar a muchos a la Confesión es uno de los grandes encargos
que Cristo nos hace en estos momentos en que verdaderas multitudes se han
alejado de aquello que más necesitan: el perdón de sus pecados.
En ocasiones, tendremos que comenzar por una
catequesis elemental, aconsejándoles quizá libros de fácil lectura y
explicándoles, con un lenguaje que entiendan, los puntos fundamentales de la fe
y de la moral. Les ayudaremos a ver que su tristeza y su vacío interior
provienen de la ausencia de Dios en sus vidas. Con mucha comprensión les
facilitaremos incluso el modo de hacer un examen de conciencia profundo, y les
animaremos a que acudan al sacerdote, quizá el mismo con el que nosotros nos
confesamos habitualmente, a que sean sencillos y humildes y cuenten todo lo que
les aleja del Señor, que les está esperando. Nuestra oración, el ofrecer por
ellos horas de trabajo y alguna mortificación, el confesarnos nosotros mismos
con la frecuencia que tengamos prevista, atraerá de Dios nuevas gracias
eficaces para esas personas que deseamos se acerquen al sacramento, a Cristo
mismo.
Aquel día fue inolvidable para el leproso. Cada
encuentro nuestro con Cristo es también inolvidable, y nuestros amigos, a
quienes hemos ayudado en su caminar hasta Dios, jamás olvidarán la paz y la
alegría de su encuentro con el Maestro. Y se convertirán a su vez en apóstoles
que propagan la Buena Nueva, la alegría de confesarse bien. Nuestra Madre Santa
María nos concederá, si acudimos a Ella, el gozo y la urgencia de comunicarlos
grandes bienes que el Señor -Padre de las Misericordias- nos ha dejado en este
sacramento.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
