Las dos perspectivas, la eterna y la histórica, se cruzan en la persona de Jesús, tal como el ángel dice a María en el Evangelio que se proclama en este último domingo de Adviento. Por una parte, le comunica que «el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios»; y, por otra, le habla de su dignidad regia: «El Señor le dará el trono de David, su padre […] y su reino no tendrá fin».
Cuando
Jesús es proclamado Hijo de David se confiesa, por tanto, su condición de
Mesías que viene a cuidar de su pueblo. En la entrada triunfante en Jerusalén,
sus habitantes lo reciben aclamándolo: «Hosanna, al Hijo de David» (Mt 21,9).
Con esta alabanza, confesaban la condición de Jesús como Mesías.
Los dos títulos de Jesús —Hijo de Dios e Hijo de David— expresan magistralmente el misterio de su persona: su condición divina y su participación en la historia de los hombres mediante la encarnación. María, al recibir el anuncio del ángel, consiente en ser madre del Hijo del Altísimo e Hijo de David. De ahí que, al final del Adviento, se proclame este gozoso anuncio que se cumplirá en la Nochebuena. El niño que nace en Belén es el Mesías anunciado por los profetas que viene a ejercer su realeza pastoreando a su pueblo.
No en vano los primeros que reciben la noticia de su nacimiento son pastores del mismo pueblo donde David cuidaba también del rebaño de su padre. Este hecho no es un dato bucólico que el evangelista utiliza para dar al relato un aire idílico. Los pastores eran considerados por la espiritualidad farisea un gremio al margen de la ley porque con frecuencia metían sus rebaños en pastos que no eran suyos. Eran, por tanto, considerados «pecadores» públicos que no tendrían acceso al reino de Dios.
El anuncio a los pastores y el gozo con que acuden a adorar al Mesías recién nacido, al Salvador, tiene un especial interés teológico: revela desde el inicio de la vida de Jesús que no ha venido a buscar a los justos sino a los pecadores; y expresa que son ellos los primeros en recibir la buena noticia del nacimiento de Hijo de Dios e Hijo de David.
Lucas, llamado el evangelista de la
misericordia, sitúa, por tanto, a los pecadores en el primer plano del portal
de Belén para decirnos que ha llegado el reino de la misericordia y que hasta
los excluidos, según los clichés farisaicos de quienes se creen justos, son los
primeros en adorar a Dios y llevarle sus pobres ofrendas, que en realidad son
el símbolo de los pecados. Esto es, en definitiva, lo que ha buscado el Hijo de
Dios al encarnarse entre nosotros: tener compasión de los hombres y ofrecerles
el regalo de su misericordia. Por eso, los enfermos le suplicaban gritando:
«Hijo de David, ten compasión de mí».
+ César Franco
