Luisa y
Fermín dejan a sus hijos en casas de amigos mientras ellos duermen en el coche.
«Hay muchas familias que ya no pueden afrontar el pago del alquiler», asegura
una profesora de uno de los barrios más deprimidos de Madrid
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| Foto: Guillermo Navarro |
Concretamente, un 2,6 % de ellas son menores de edad,
procedentes de familias sin acceso a la vivienda. En total, son más de 1.000
niños, niñas y adolescentes que han dejado sus casas y han comenzado una
peregrinación junto a sus padres para evitar la calle.
Una de estas familias es la que
forman Luisa, Fermín y sus hijos. Debido a varios factores –falta de vivienda y
de trabajo, sobre todo–, se las tienen que ingeniar como pueden para salir
adelante: cada noche los padres duermen en un coche, y sus hijos en casas de amigos.
Se trata de un caso extremo, pero «la realidad es que hay muchas familias con
niños que lo están teniendo muy difícil», asegura Carmen, profesora de
Servicios a la Comunidad en un colegio situado en uno de los barrios más
deprimidos de Madrid.
Carmen atiende a diario las
necesidades de alumnos cuyas familias han tenido que ocupar un local al perder
su vivienda. «Es algo muy común en esta zona», asegura, y da el dato de que más
de 100 de los 400 niños que tiene su colegio están en seguimiento por los servicios
sociales. «Y porque no dan para más, ya que prácticamente todos los niños aquí
tienen problemas», lamenta. El más común de ellos: la dificultad de sus
progenitores para pagar la casa en la que viven, y más después del golpe que ha
dado la pandemia a la economía del barrio, lo que ha hecho que muchas familias
tengan que dejar su casa por no poder afrontar el alquiler.
Haciendo las maleta
«La COVID-19 ha afectado mucho
a la economía sumergida. Muchas familias vivían de la chatarra, de la venta
ambulante, de la limpieza de casas, de chapuzas…, y ahora todo eso se ha venido
abajo. Y los que tienen trabajo son en realidad familias de trabajadores
pobres», cuenta la profesora.
En el barrio abundan las
familias que viven de la renta mínima de inserción, que necesitan ayudas para
el comedor, que no pueden pagar el material escolar o que ni siquiera tienen
para comprar unas gafas a sus hijos. «Hay muchos inmigrantes que se buscan la
vida como pueden, y también muchos padres que tienen carencias personales para
poder ejercer su labor como tales», afirma Carmen. Si a ello se unen unas
necesidades económicas cada vez mayores, el resultado es un cóctel que acaba
con muchas familias haciendo las maletas para buscarse un techo.
Al trabajar con los menores
desde la escuela, Carmen atestigua que toda esta problemática deja en ellos
«una huella emocional muy grande que repercute en su comportamiento. En general
tienen más interiorizada la violencia, son más conflictivos en el aula y, sobre
todo, están cada vez más tristes».
«Se les está robando la niñez»
En España, la ley prohíbe que
los menores duerman en la calle, pero las escenas de familias con sus hijos
durmiendo en aceras pudieron verse el invierno pasado como una novedad
vergonzante. En aquellos meses, la presión migratoria en Barajas y la falta de
acuerdo entre las administraciones hizo que varios menores pasaran la noche a
la intemperie en la capital.
Este año la situación se
agrava, porque son muchas las familias que han perdido su trabajo y su vivienda
a causa de la pandemia. Muchas de ellas acaban en recursos como el residencial
para familias Jubileo 2000, de Cáritas Diocesana de Madrid, donde viven casi un
centenar de menores. Su directora, Rita Zapata, confirma que a su centro han
llegado en los últimos meses dos nuevas familias, con seis hijos entre las dos.
Una de ellas vivía en una habitación, y la otra en una infravivienda, con el
consiguiente miedo de los padres a que incluso les retirasen la custodia de sus
hijos.
«Todo eso deja marca en los
niños», afirma Zapata, que menciona aspectos como el retraso madurativo,
problemas de afectividad, signos de ansiedad y estrés. En el centro han podido
encontrar la ayuda de «muchos profesionales que les dan estabilidad y
seguridad, además de apoyo psicológico, escolar y en valores. Pero son niños
que han vivido en condiciones que no tenían que haber vivido», y, de alguna
manera, «se les ha robado parte de su niñez».
Juan
Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Fuente:
Alfa y Omega
