«Queremos
seguir siendo corazón orante para impulsar vuestras manos, seguiremos siendo
faro»
Somos un Convento de
Hermanas Clarisas, conocidas como las Hermanas de Corpus, ya que nuestra
Iglesia tiene como titular al CORPUS CHRISTI, y nuestra vida se ha desarrollado
siempre en torno a la Adoración Eucarística.
Todas y cada una de
nosotras, las hermanas, que conformamos este convento, sentimos la llamada del
Señor a seguirle cada día, porque solo quien te ha dado todo puede pedírtelo
todo cada día… En palabras de nuestra Madre Santa Clara, "Ama totalmente a
quien totalmente se entregó por tu amo”.
A veces, nuestra vida puede
ser desconocida incluso para los miembros de la propia Iglesia, por eso hoy,
queremos traspasar los muros de nuestro convento y dar unas pinceladas torpes
con estas letras para reflejar en papel, algo de lo que es nuestra
vida. Aunque no es una vida para comprender racionalmente sino para
entender la a la Luz del Espíritu.
En la Iglesia la
dimensión contemplativa y la activa se entrelazan sin que se las pueda separar.
Pero a nosotras se nos llamó a vivir exclusivamente en esa vida de
contemplación. Como signo de la unión exclusiva de la Iglesia Esposa con su
Señor, como signo de la Oración de Jesús al Padre. En una búsqueda que
comporta la búsqueda constante de Dios. Somos buscadoras de Dios, testimoniando
en nuestro mundo que Dios existe y es, que es real, que es VIVIENTE, que
es PERSONAL que es providente, e infinitamente bueno, AMOR…que es
santo. De tal modo que el fijar la mirada y el Corazón en Él, viene a ser
nuestro lugar en la Iglesia, "solo Dios basta".
Queremos ser para todos hoy
como ese pequeño faro, desgastado por los años, pues muchas de nuestras
hermanas son mayores, pero un faro que sigue alumbrando en medio de la noche de
nuestro mundo a todos los que bregan en las barcas en medio de la tormeta, las
olas, el vendaval, del sufrimiento, del sinsentido, de las tormentas…, un faro
que no tiene luz propia sino la que absorbe y de la que empapa en la intimidad
con Dios para ser ese intrumento que dirija a todos en el mar de este mundo, en
medio de la oscuridad a la meta segura, Dios, para ser el aliento que les
invite a seguir remando mar adentro, porque el puerto es seguro.
Sosteniendo con nuestra oración y vida a todos los que bregan en este mar de la
vida, de día y de noche
Somos ese farillo luminoso
en alto, solo aparentemente colocado al azar. Señal que ayuda a ver el rostro
de Dios en medio de los afanes de cada día y dando a esos afanes sentido desde
Dios, para no olvidar lo que somos, hijos de Dios, de dónde venimos, a donde
vamos y en quien vivimos. La Trinidad. Sosteniendo esas barquillas o tablas en
el agua. Pero nuestra vida reclama como toda opción cristiana radicalidad
santa, porque nosotras, Sino bebemos en el manantial de Dios, sino nos
empapamos de ello no podemos ser espejo ni señal para los demás.
Adoramos, alabamos, a la
Santísima Trinidad, comunión de amor, donde nos queremos sumergir, para alabar
a Dios por sí mismo, sin más. Para dar gloria a Dios por si mismo y recordar a
todos la centralidad de Dios, de la Palabra, y poniendo ante Él a todos los
hombres, sosteniendo a todos los miembros sufrientes del mundo y de la iglesia,
gastando y desgastando nuestra vida en la llama de Amor de la Trinidad para ser
destello de esa comunión de vida que es.
Nosotras buscamos a Dios
durante toda la vida. Somos mendigas, hermanas pobres de Santa Clara, mendigas
del amor, mendigas del "AMOR que no es amado", buscadoras en todo del
Amado en su Palabra. Como respuesta con nuestra vida claustral, del amor a
Dios que se entrego sin reservas, como respuesta de amor gratuito, a su inmenso
amor sobre el hombre, la Creación, la redención. Este sentido de
intimidad, no significa aislamiento, ni apropiación individualista de la
Palabra. No… no es egoístamente para nosotras mismas, sino para derramarlo
traspasando los muros con el silencio sonoro. El cristiano escucha la Palabra,
pero como miembro del cuerpo que es la Iglesia. Cada uno la recibe, pero para
utilidad común por ello.
A la luz de esto, nosotras,
monjas del Corpus, hermanas contemplativas en clausura, revivimos y continúanos
en la Iglesia la obra de María. Acogiendo al Verbo en la fe y en el silencio de
adoración, nos ponemos al servicio del misterio de la Encarnación y, unidas a
Jesucristo en su ofrenda al Padre, nos convertimos en colaboradoras del
misterio de la Redención.
Así como María, con su presencia orante en el
Cenáculo, custodió en su corazón los orígenes de la Iglesia, así al corazón
amante y a las manos juntas de las hermanas, se confía el camino de la Iglesia
siendo espejos del Esplendor de la Gloria y lo vivimos de una manera particular
en un recinto como expresión especial de pertenecer sólo a Él, signo profético
de la clausura es una llamada al cristiano de hoy al hombre de hoy a reconocer
la propia necesidad de concentrarse en Dios y en Cristo. De modo que nosotras,
pobres criaturas, dirigidas y absortas en Dios, podemos vivir únicamente para
alabanza de su gloria y para los demás. Aunque de esto se habrán dicho muchas
cosas…
No se ingresa en la
clausura para buscar un refugio o para huir de las dificultades del mundo, sino
para acoger, para participar más profundamente de la vida de los hombres, de
sus más secretas y desconocidas aspiraciones, de su dolor. Como en medio del
sufrimiento que está comportando esta pandemia, en nuestro ahora.
Las «hermanas pobres de
santa clara», desde el «claustro» de su interioridad, a ejemplo de María (cf. 3
CtaCl 19), se hacen acogida, morada e icono del Dios del amor; del Dios
Trinidad y este testimonio se «refleja» y se proyecta al mundo entero. Como
esperanza, consuelo, aliento de la misericordia de Dios.
Es decir, ante la cultura
de nuestros días, que ha invadido los espacios interiores del hombre
proclamamos con nuestra vida , queremos ser puente entre los sentidos y el
corazón, puente levadizo a la hora de comunicarse con Dios sin interferencias,
pero abatible y llano al volver con la respuesta para el hombre y estar
cercanas y solildarias con los hombres y mujeres de nuestra época, por ello la
fraternidad devuelve ese sentido de familia Universal que como Hermanas
Franciscanas clarisas queremos decir que es posible.
Queremos ser una llamada
permanente a correr la aventura de la fe, viviendo el radicalismo evangélico,
ser testigos del Resucitado desde y en la oración, dedicadas solo a Dios, con
alegría y sencillez traspasada por la Resurrección por todos y para
todos. Siendo mujeres de nuestro tiempo aunque en esta particular
vocación.
Ante tanto dolor y
sufrimiento en este tiempo de pandemia, ante tanto amor, solidaridad y
esperanza…queremos seguir siendo corazón orante para impulsar vuestras manos.
Id y proclamad el Evangelio, nosotras seguiremos siendo faro.
Gracias por vuestro cuidado
amoroso, respeto y ayuda a la vida contemplativa claustral. Os lo agradecemos.
Madre María Rocío A osc
Hermanas Clarisas Convento del Corpus Christi Segovia
Hermanas Clarisas Convento del Corpus Christi Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
