Era el director
de trade marketing en una multinacional de gran consumo. Lo
dejó para irse con una ONG de cooperación internacional
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| Foto: Santiago Riesco Pérez |
¿Se considera un santo?
No, claro que no. Pero sí
me reconozco en el tránsito hacia la santidad, hacia una eternidad donde todos
seremos santos. En esos caminos que me acercan al Reino siguen faltándome
muchas cosas propias de los santos. Sobre todo paz para asumir, aceptar y
entender la desigualdad. Me falta coherencia para seguir desaprendiendo y me
sobra soberbia para dejar de creer que puedo hacer más cosas y estas dependen de
mí.
¿Qué es para usted la
santidad?
Transparentar a Dios,
trabajar para el bien común, aceptar el Reino que ya está aquí, reconocer lo
extraordinario en lo ordinario… Y vivir todo esto con alegría.
¿Conoce a alguien que
cumpla esas características?
Diría que tengo el
privilegio de trabajar con unas cuantas y unos cuantos santos de esos que
en Alfa y Omega llamáis «de la puerta de al lado» en la ONG
Acción Marianista. Personas que pertenecen a una Iglesia viva, que transitan
con los vulnerables y acompañan y se dejan acompañar. Son muchos, muchísimos.
Llevan la Buena Noticia en forma de dispensarios médicos, escuelas, formación
profesional, desarrollo de la mujer… Y yo los veo a diario . Los miro y
aprendo.
Dice el Papa que no hay que
copiar a los santos, sino que cada uno tenemos que sacar a la luz lo mejor que
tengamos ¿Qué cree que es lo mejor que tiene?
Quizás la pasión por lo que
hago. Tengo voluntad para desaprender, conciencia del bien común, de un mundo
de justicia para todos. Y el convencimiento de que la vida es para gastarla.
La vida tiene sentido
socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a
los demás. ¿Tiene que ver algo con usted?
Mucho. La verdad es que, al
menos, puedo decir que estoy agradecido porque, desde hace tiempo, me duele lo
del otro; me angustia lo de ellas; me entristece lo de aquellos… Me conmueve. Y
eso está bien. Pero siempre para poder ofrecer una mirada esperanzada, un dolor
acompañado de la certeza de que alguien nos cuida…
Del dolor al gozo. El santo
es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. ¿Le suena esta música?
Me suena, me encanta y ¡me
gustaría bailarla! Es la alegría de ser cristiano. En una de mis últimas
visitas a los proyectos de Río Negro, en la Patagonia argentina, recibí el regalo
de conocer a una comunidad que, trabajando en más de 20 proyectos sociales, no
perdían la mínima ocasión para disfrutar: reír, guitarrear, compartir una buena
mesa, bromear… Me sentí francamente bien.
Los santos sorprenden
porque sus vidas nos invitan a salir de la mediocridad, de la tranquilidad.
¿Recuerda algo en su vida que haya resultado difícil de entender para los
demás?
En un momento de mi vida
caí en la cuenta de que era hora de desaprender y de apostar por una vida de
servicio. Así que, después de consultar con Elena (mi mujer) convenimos que lo
coherente era dejar mi trabajo y mis seguridades para apostar por las personas.
Dejó un cargo directivo en
una multinacional para dedicarse a los más pobres. Con tres niños en casa…
Soy muy familiar y amo a
mis tres hijos con intensidad. Pero vi muy claro que ellos tenían la vida
resuelta y que había muchos otros niños a los que yo realmente podía echar una
mano desde la selva madrileña de cemento.
Los santos no son gente
rara, ni lejana, ni insoportablemente vanidosos, negativos ni resentidos. Esto
es lo que dice el Papa Francisco.
La cotidianidad, la
limitación, la debilidad, la miseria, la alegría, la socialización, la
vulnerabilidad, la sencillez… es lo propio del ser humano. Y los santos son
humanos, ¿no?
Como usted… y aun así
¿sigue sin considerarse un santo?
Es que no tengo muy claro
lo que es [ríe a carcajadas]. Pero seguro que tú y yo, y todos, lo seremos
algún día… Y para toda la eternidad.
Santiago Riesco Pérez
Fuente: Alfa y Omega
