DESDE MI VENTANA DE SAN MILLÁN

“La soledad del hijo encarnado y rechazado” “Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron” Jn 1,11

Queridos amigos: el amor y la paz de Jesucristo esté con vosotros.
Ya estamos en Adviento y se acerca la Navidad, tiempo litúrgico, que nos recuerda la venida de Jesús a nuestra historia y a nuestra vida, y a esto lo llamamos Encarnación, es decir, que Jesús, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre como nosotros, naciendo de una mujer como nosotros. Esto es la Encarnación.

Como veis el título contiene una palabra esencial para esta carta: LA SOLEDAD. Sí, quisiera hablaros de la soledad de Jesús y su rechazo. 

Comienzo por deciros que, al hablar de la soledad de Jesús, hablamos de una soledad muy concreta y dolorosa: es la soledad del amor. ¿Qué quiere decir esta soledad del amor en Jesús? Pues se refiere a la soledad de no ser amado, de no ser querido, de no ser comprendido por los suyos, de ahí que el evangelista Juan diga de Jesús que vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. 

Este es el drama humano de Jesús. Él, que es el amor infinito de Dios Padre; Él, que entregó a los demás toda su vida por amor; Él, que pasó siempre haciendo el bien, ni es querido ni aceptado por los suyos, más aún, es rechazado violentamente con odio hasta llevarle a la cruz.

Supongo que vosotros, al igual que yo, os identificáis con este aspecto doloroso de la vida de Jesús: la soledad del amor. Ciertamente, es fácil comprender esta soledad de Jesús, porque la mayoría, por no decir todos, lo hemos experimentado en nuestra propia carne y por los nuestros, y esto es lo más doloroso. La soledad más dolorosa es precisamente esta: la soledad del amor. ¿Por qué es la más dolorosa? Pues, sencillamente, porque cuando tú lo único que has hecho ha sido ofrecer y entregar amor, la respuesta de los tuyos hacia ti es la incomprensión y el rechazo. Este desagradecimiento ocasiona tal dolor en lo más íntimo de nuestra existencia, que genera en nuestras vidas: la soledad del amor.

Pensad, por ejemplo, en padres que sienten el desamor y la lejanía de sus hijos; la frialdad de corazones entre los esposos; no digamos las rupturas de amor entre hermanos o la indiferencia de nietos con abuelos. Todo esto, los desamores, los odios, rencores y hasta los rechazos del corazón de los nuestros, nos dejan abatidos y sin fuerza en el corazón, es la soledad del amor.

Queridos amigos, no quiero terminar esta carta sin deciros que acojáis en vuestra alma el amor gratuito y abundante de Jesucristo. Él os ama porque es el amor infinito y eterno de Dios Padre. Él nunca te abandonará. Nunca. Y cuando vivamos este amor de Jesucristo en nosotros, entonces y sólo entonces, nuestros corazones se volverán agradecidos con aquellos que nos quieren, y también con aquellos que no nos aman o han rechazado. El amor de Jesucristo vence toda soledad y rechazo amoroso.

No os olvidéis nunca de la Virgen María, ella también experimentó la soledad del amor hacia su Hijo, por eso ella es fuente de consuelo y esperanza nuestra.

Con todo afecto y cariño, vuestro sacerdote, Jesús Cano, que ora por vosotros.