La familia, para Jesús, no era impedimento para obedecer a Dios. Más aún, la obediencia a Dios la aprendió de María y José. Y creció en humanidad y en gracia por medio de ellos
La Encarnación del Hijo de
Dios y su nacimiento de María es el misterio que inicia su existencia humana y
da sentido a todos los misterios de su vida, que, en apariencia, es la de un
hombre normal, como dice Pablo a los filipenses.
Al hablar de apariencia, no
queremos decir que Jesucristo apareciera como hombre sin serlo en realidad. Tal
interpretación es una de las primeras herejías cristianas denominada docetismo.
La Iglesia confiesa que Jesús es verdadero hombre. Su existencia fue realmente
humana y no mera apariencia.
La gente, sin embargo, desconocía
el misterio que se escondía en su persona, aunque percibiera en él una realidad
que trascendía su ser de hombre. Por eso se preguntaban con frecuencia: ¿Quién
es éste? ¿De dónde le viene su poder? ¿Con qué autoridad actúa? Los estudiosos
modernos, para responder a estas preguntas, hablan de conciencia divina de
Cristo, o del sentido de trascendencia y majestad que traslucían sus acciones,
especialmente los milagros.
La experiencia humana del
Hijo de Dios comienza en la familia. Por eso, el domingo siguiente a la
Natividad es el de la Sagrada Familia. Jesús no ha venido del cielo como un ser
extraño y ajeno a la humanidad. Se ha educado, ha desarrollado su personalidad,
ha crecido en edad, sabiduría y gracia en el seno de una
familia pobre y sencilla de Nazaret. Le llamaban el Nazareno.
Como ser humano aprendió de
sus padres, y después de sus maestros, las bases del comportamiento familiar,
social y religioso de su tiempo. La divinidad de su persona no actuaba
saltándose, por decirlo así, la mediación de su humanidad. Su ciencia divina no
fue un privilegio para excusarse del aprendizaje humano, aunque en algún
momento su conciencia divina se abriera paso a través de su naturaleza humana
dejando constancia de que era el Hijo de Dios.
Un ejemplo claro es el
episodio que relata el evangelio de hoy. Cuando Jesús cumplió doce años y subió
con sus padres a Jerusalén, permaneció en el templo discutiendo con los
doctores de la ley. Después de tres días de búsqueda, sus padres lo encontraron
y le reprocharon su actuación. La respuesta de Jesús es nítida: «¿Por qué me buscabais?
¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi padre?» (Lc 2,49).
Sus padres no entendieron lo
que decía. Lo entenderían más tarde cuando, en su predicación, presentara la
primacía de Dios sobre toda relación humana, incluso familiar. En su respuesta
de niño, sin embargo, aparece ya la conciencia clara de que «las cosas del
Padre» determinaban su conducta. Despuntaba en él la conciencia que
progresivamente le llevaría a hablar de Dios como Padre suyo, cuya voluntad
debía cumplir por encima de cualquier otra norma.
Esta fidelidad al Padre no
estaba reñida con su sometimiento a sus padres de la tierra, a los que, como
dice Lucas, «les estaba sujeto». La familia, para Jesús, no era impedimento
para obedecer a Dios. Más aún, la obediencia a Dios la aprendió de María y
José. Y creció en humanidad y en gracia por medio de ellos.
Hoy la familia está
necesitada de respaldo, ayuda, incentivos económicos y protección jurídica. Es
el lugar genuino para crecer en humanidad y sociabilidad. Es la célula básica
de la sociedad y de la Iglesia. Pero será difícil que desarrolle esta
trascendente misión si se olvida que la familia tiene su origen en el Dios
Creador que ha puesto su ley en el corazón de cada hombre.
Hablamos, naturalmente, de
la ley del amor, que es la meta a la que el hombre está destinado. Un amor que
trasciende las relaciones familiares y sociales, y las transfigura con la gracia
divina que Jesucristo nos ha traído para que nunca olvidemos que también
nosotros estamos llamados a ocuparnos de las cosas del Padre.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
