Los
padres franciscanos Hanna Jallouf y Luai Bsharat se encargan ellos solos de los
miles de cristianos atrapados en el enclave de Idlib, último bastión yihadista
de Siria
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| Omar haj kadour I AFP |
El
enclave de Idlib es la última provincia siria todavía controlada por una
multitud de grupos rebeldes y yihadistas. Allí hay algo más de 1.000 cristianos
encarcelados que, de no contar con el apoyo de los sacerdotes Hanna Jallouf y
Luai Bsharat, ya habrían muerto de hambre y desesperación.
Amenazados
de muerte, privados de sus casas y de sus tierras, tolerados en el culto bajo
estrictas restricciones, estos dos padres franciscanos de la Custodia de Tierra
Santa, intentan satisfacer como pueden sus necesidades materiales y
espirituales. Son su voz en las aldeas de Knayeh, Yacoubieh y Gidaideh, donde
los latinos, los ortodoxos armenios y los ortodoxos griegos viven bajo el
terror de un posible secuestro o una ejecución sumaria.
Aquí, no lejos de la frontera turca, los dos millones y medio de sirios –la mayoría desplazados– están rodeados por decenas de miles de combatientes del frente Hayat Tahrir al-Sham, un grupo yihadista afiliado a Al Qaeda, decididos a no rendirse ante el ejército regular sirio y sus aliados rusos e iraníes.
En
los últimos días, se ha planificado un ataque destinado a recuperar la
fortaleza yihadista tras un acuerdo entre el presidente ruso Vladimir Putin y
el líder turco Recep Tayyip Erdogan para crear una zona desmilitarizada a su
alrededor.
Los
cristianos de Idlib viven en un clima de tensión y de terror continuo desde
2011, informa la agencia católica italiana SIR, es decir, desde
el comienzo de la guerra. Todos los grupos rebeldes y terroristas han pasado
por allí. Todos los sacerdotes se han ido o han huido. Muchas iglesias y
lugares de culto ortodoxos armenios y griegos fueron destruidos o quemados.
Los
dos padres franciscanos viven en dos conventos, de San José y de Nuestra Señora
de Fátima en Knayeh y Yacoubieh. En 2014, el padre Hanna Jallouf fue
secuestrado con 16 feligreses pero, después de unos días, fueron devueltos al
convento “más fuertes y motivados que antes”, confiesa Jallouf a SIR, “aferrados” a su
fe como si fuera un ancla, a pesar de las amenazas de ocupar su convento y de
terminar mal si no se convertían al islam.
“Cristianos hasta la
muerte”
“La
vida es difícil, falta de todo, los precios para comprar bienes de primera
necesidad son muy elevados. No tenemos electricidad ni agua corriente”, dice el
franciscano. La ayuda a los cristianos locales proviene de la Custodia de
Tierra Santa y de una ONG, ATS Pro Terra Sancta.
“Cada
mes, llegamos dar a nuestras familias unos 260 artículos de primera necesidad,
como medicamentos y leche, así como descuentos para comprar diésel para la
electricidad y la calefacción, ropa y libros escolares”, comenta el padre
Hanna. Entre los dos lograron incluso organizar un servicio para llevar a los
niños a la escuela. “También les damos a nuestros estudiantes más material de
estudio, pero a escondidas de los grupos fundamentalistas que controlan la
región. Si lo supieran, tendríamos problemas”, añade.
El
19 de septiembre, el padre Hanna reveló que un hombre cercano a su parroquia
fue asesinado. ¿Qué falta había cometido? Ayudar a los cristianos.
El
sufrimiento de estos cristianos es inmenso, su miedo es extremo. Sin embargo,
nada les impedirá vivir y dar testimonio de su fe. “Seguiremos siendo
cristianos hasta la muerte”, dicen a los fundamentalistas. “Incluso en el
sufrimiento, vivimos un tiempo de gracia. Y cuando se trata de ir a misa, todos
estos miedos y sufrimientos parecen quedar a un lado. “Por lo menos 50 o 60
personas vienen a la iglesia todos los días. Los domingos, más aún, porque
vienen de los pueblos vecinos”, se alegran los dos religiosos.
Estas
celebraciones, explican, solo se permiten si tienen lugar dentro de la iglesia.
Tienen prohibido exhibir cruces, estatuas de santos, imágenes sagradas o hacer
repicar las campanas. “Hace dos meses, el tribunal religioso me citó y me
ordenó que dejara de usar mi sayal, ya que era una señal religiosa que
reflejaba mi fe cristiana”, cuenta uno de ellos, “así que metemos el hábito en
una maleta cuando tenemos que desplazarnos y nos lo ponemos en los lugares
donde nos está permitido”.
Cuna del cristianismo
El
padre Hanna sabe bien que este es el precio a pagar por quienes han elegido
“permanecer entre nuestra gente, en nuestro pueblo”, informan nuestros colegas
de SIR. “Seguimos aferrados a nuestra fe con nuestra comunidad. Aquí nació
el cristianismo, aquí están nuestras raíces”, declaran los dos franciscanos.
¿No
pasó san Pablo a 500 metros de Knayeh en el camino de Apamea a Antioquía? “La
situación es grave –concluye el padre Jallouf–, pero seguimos rezando y
sintiendo cada día la mano de Dios que vela por nosotros. Recemos por la paz en
Siria, para que cese esta inútil masacre”.
Isabelle Cousturié
Fuente:
Aleteia
