DESDE MI VENTANA DE SAN MILLÁN

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo”

Queridos amigos: La gracia y la paz del Señor esté con vosotros.


El título de arriba es una expresión de Jesús dirigida a sus discípulos y seguidores. Está en el evangelio de San Juan en el capítulo quince y versículo nueve: “como el Padre me ha amado, así os he amado yo”. No es fácil caer en la cuenta lo que significan estas palabras tan hermosas y gratificantes que Jesús nos está diciendo en este momento a ti y a mí.

Y no es fácil porque se trata del mismísimo amor de Dios Padre donado a su Hijo. Jesús nos dice: como Dios Padre me ha amado a mí, del mismo modo os he amado y os amaré siempre yo. Es decir, el amor con el cual nos ama Dios es el amor infinito, misericordioso, compasivo y eterno del Señor. 

Ya sabemos que el amor de Dios derramado en nuestros corazones es un don, una gracia gratuita. Nosotros no tenemos que hacer nada para merecerlo, es Él, el Señor, el que nos ama porque Él es Dios y Dios es amor, porque no puede ser otra cosa más que amor. En definitiva: ¡Dios nos ama!

Dicho de otra manera, aunque nosotros no amemos a Dios, él nos amará siempre, aunque nosotros nos alejemos, él estará cerca, aunque nosotros estemos en el pecado, él nos perdonará siempre. En fin, ¿qué más se puede pedir a Dios, si él nos ha dado todo?

Sí, ya sé que después de lo dicho, alguno puede estar pensando cosas como estas: entonces, si Dios es tan bueno ¿por qué existe el mal en el mundo?, ¿por qué no se me cura esta enfermedad?, ¿por qué tengo este problema en mi familia?, etc. No penséis que tengo respuestas para todo. No.  

Yo lo único que sé es que Dios es bueno, que me quiere y que nos quiere a todos sin medida y que Dios no quiere el mal para nosotros, porque Dios se hizo hombre para enseñarnos este amor del Padre hasta entregar su vida, morir en una cruz y resucitar por nosotros. Yo sé que él sufrió por mí, y que él sigue estando a mi lado compartiendo su vida conmigo en los gozos y en las esperanzas, pero también en el sufrimiento y en la tristeza. Él nunca se puede separar ni de ti ni de mí porque Él ha resucitado y vive para siempre.

Entonces, ¿qué hacer?... ¿cómo conseguir vivir este amor de Dios en mí?... Lo primero, es llegar al convencimiento de que este amor de Dios, no está fuera, sino dentro de ti; que la vida de Dios actúa desde dentro de cada uno, y actúa por el Espíritu Santo. Así pues, lo que tenemos que hacer es invocar con sinceridad de corazón y en el silencio de nuestra vida al Espíritu Santo. Se trata de que le llamemos, le invoquemos, le pidamos que sea Él, el Espíritu Santo, el que nos llene del amor de Jesucristo.

Es Él el que nos da la vida de Jesucristo, su propio amor, un amor que no se acaba nunca y que se prolonga hasta la vida eterna, donde veremos a Dios tal cual es. Pues bien, todo esto se consigue a través de la ORACIÓN silenciosa. Que el Señor, nuestro Dios, por la gracia de su Espíritu Santo, os conceda una experiencia gozosa.

Vuestro sacerdote, Jesús Cano.