En
2018 Infancia Misionera cumple 175 años de vida y de originalidad absoluta
La
primera institución —con más de un siglo de diferencia— dedicada
específicamente a la infancia de todo el mundo, sigue siendo la
única iniciativa de este tipo que no solo es “para” los niños, sino
también “de” los niños, con ellos como protagonistas.
El
lugar activo que la Obra reconoce a los niños apunta ya a la dimensión
misionera: si ellos pueden desempeñar este papel es porque, en su inocencia, no
levantan barreras a la acción del Espíritu Santo, el “protagonista de la
misión” (RM 30). Es Él quien pone sus inspiraciones en los niños, para
hacerles, como por delegación suya, “pequeños protagonistas de las
misiones” (Estatuto de las OMP, art. 13c).
La
vigencia y la singularidad de Infancia Misionera serían incomprensibles sin el
carisma que está en su base y que se expresa en la denominación original de
“Santa Infancia” que le dio su fundador, Mons. Forbin-Janson, en
1843.
Una clave teológica
La
Santa Infancia que da nombre a la Obra es, evidentemente, la de Jesús. Esto nos
proporciona una clave teológica fundamental: la infancia de Cristo es un
“espacio” privilegiado para adentrarse en el misterio de la Encarnación,
incorporarse a la persona del Redentor y participar en su amor salvador.
Este
es el eje de toda una propuesta de formación en sentido universalista. Con un
juego de palabras, podría decirse que la “infancia” se vuelve “Infancia
Misionera” por participación en la “Santa Infancia” de Jesús, el primer
misionero. En los albores de la Obra, esta realidad se “visualizaba”
organizando a los niños en grupos de doce, evocando los doce años de la
infancia del Señor.
Poner
en el centro a Jesús Niño no es, pues, una mera adaptación pedagógica. Se trata
de contemplar los misterios de la vida oculta en su profundo sentido misionero
e iluminar desde ellos todo el ámbito de la infancia: “Cuando nació en Belén el
adorable niño de dos naturalezas, Hijo de Dios e Hijo del hombre”, escribía
Forbin-Janson, “su naciente humanidad parecía consagrar ya la primera edad de
la vida, haciendo amable a la infancia y cubriéndola con el dulce reflejo de su
propia gloria”.
El
Verbo, que se encarnó en un Niño, se nos presenta ahora encarnado en todos los
niños (cf. Mt 18,5). Quien, siendo Dios, se humilló hasta experimentar la
dependencia propia de los pequeños, invita ahora a estos a depender de Él con
total confianza, a seguirle, a ayudarle a salvar a todos los niños del mundo y
a remediar, desde el amor, sus carencias. En esos hermanos suyos necesitados
podrán descubrir, efectivamente, “el rostro mismo de Jesús” (Estatuto, art.
15).
La dimensión bautismal
En Infancia
Misionera, los pequeños experimentan que el Hijo de Dios habla como Niño a su
corazón de niños, y descubren que participar de esa hermandad con Él como
bautizados es su gran tesoro; un tesoro para ser compartido y del que carecen
esos otros pequeños que aún no han conocido a Jesús. La gracia del bautismo se
manifiesta así con sencillez como la necesidad primordial de toda persona, pues
remite a la dignidad de su filiación divina y pone el amor en el centro de la
fraternidad universal.
Es
significativo que fueran las noticias de los misioneros en China sobre los
niños y niñas abandonados o asesinados sin poder recibir el bautismo las que
llevaran a Forbin-Janson hasta la inspiración de fundar la Obra. También, el
que en los orígenes las familias procuraran inscribir a los pequeños en la
Santa Infancia el día de su bautismo, dando una limosna para ayudar a que otro
niño pudiera recibirlo. Todo ello hace patente el lazo entre dicho sacramento y
la fe compartida por el anuncio misionero: ambos son un don para el individuo
(lo recibo “yo”), pero una gracia para la humanidad (no la recibo “para mí”,
sino para todos mis hermanos).
Con
esta clara identidad evangelizadora, Infancia Misionera mantiene el anhelo de
su fundador: “Esperamos que alcanzará la protección del Cielo esta Obra que se
presenta a sus bendiciones tan pura y desinteresada, en la que se hallan
reunidas la inocencia de la oración, la multitud de los sacrificios y la
importancia de los resultados”.
Rafael
Santos
Director
de Illuminare
Fuente:
O.M.P.
