Soy cristiana, y me acuerdo de Dios todos los días. Le pido perdón por mis ofensas y le pido un plato de comida o un techo, y cuando alguien me da comida le doy gracias también a Él
«¿Dónde
está Yoana?»: es la pregunta que más he repetido estos días de preparación para
este reportaje. Embarazada de ocho meses, lleva dos años durmiendo en la calle.
En el pasado fue empresaria, estuvo casada y se divorció. Las cosas fueron mal
en su negocio y con su familia, y desde hace dos años se busca la vida para
sobrevivir en Madrid.
La
primera vez que hablé con ella me contó su día a día y los sinsabores de la
calle. Me habló del frío, de las noches, de la indiferencia y de los insultos
que ha recibido, pero sobre todo de la soledad, de la falta de amigos y de
amigas –cuando me habló de esto se le humedecieron los ojos–, y de los días y
días sin hablar con nadie.
Al final de nuestra conversación me agradeció sobre
todo que la hubiera escuchado. Y como tiene el corazón muy grande me dijo que
accedió a la entrevista solo por si a alguien le podía ayudar de alguna manera.
Cuando la dejé no pude evitar pensar que dará a la luz en los mismos días en
que nació Jesús, el hijo de María, hace 2.000 años. Y ya no la volví a ver…
Le
perdí la pista. Fui a buscarla al comedor donde solía ir a desayunar, a los
soportales donde dormía, al local de Cáritas donde pasaba el día. La busqué por
la plaza donde pasaba las horas. Nadie sabía dónde estaba.
Pregunté
a su vecino de cartones: «Hace dos días que no viene a dormir». Me
alegré, porque pensé que a lo mejor había conseguido dinero para pagarse un
hostal. También pregunté a Petri, la encargada del comedor donde iba a
desayunar: «No la he vuelto a ver, lo siento». Y me preocupé, porque eso no era
normal.
Hasta
que en el centro de día donde se refugiaba del frío me dijeron: «Vino esta
mañana, pero se la ha llevado el Samur porque no se encontraba bien». En mi
entorno la gente se preocupó, rezamos por ella y hubo hasta quien me propuso
recoger dinero para pagarle una pensión, al menos hasta que naciera su bebé.
Al
día siguiente, de modo providencial, me crucé con Miriam y Marta, dos chicas de
Calle 10, un equipo del Samur Social, que saben dónde está. «Está bien, en un
lugar seguro y protegida, y estos días no ha tenido que dormir en la calle», me
han asegurado. Ahora están buscando para ella un lugar estable en el que pueda
esperar el momento del parto, y donde pueda tener consigo a su bebé al menos
durante estos primeros meses. Aceptaron y agradecieron una dirección y un
teléfono de unas monjas que acogen mujeres gestantes y madres con recién
nacidos.
«Yo
saldré de la calle», me decía Yoana cuando hablé con ella. Estoy seguro de que
lo conseguirá, pero no lo hará sola. Necesita que le echen una mano, algo más
que un recurso social o una mera limosna: «Estamos llamados a tender la mano a
los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, a hacerles
sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad», ha escrito el Papa
para esta I Jornada Mundial de los Pobres.
Esto
fue lo que me contó:
Los días al sol
«Durante
el día voy de un lado para otro pidiendo dinero a la gente. O leo algo, o
escribo un poema. Pero la mayor parte del tiempo estoy sola, sin nada que
hacer. Paso algunas horas en un centro de día de Cáritas. Allí puedo lavar la
ropa, pero aunque hay secadora no da tiempo a que se seque la ropa por
completo. Los días de lluvia son horribles. Hace poco tuve que tirar una manta
que estaba completamente calada».
Amigos
«No
tengo a nadie. No tengo amigos. Hay compañerismo entre la gente de la calle,
pero no son amigos. Hay personas que no viven en la calle pero que se sientan a
hablar conmigo, porque hay mucha soledad, y hay gente con muchos problemas que
necesita desahogarse y hablar con alguien».
Comida
«Desayuno
en el comedor del Ave María, o la gente me compra algo. No voy a comedores
porque la comida de allí me sienta mal al estómago. Hay veces que a las ocho de
la tarde como mi primera comida del día después del desayuno».
La primera noche
«La
pasé en un cajero automático. Fue terrible. Estaba lloviendo, y yo pensaba: “Es
temporal, tengo que tomármelo de buena manera”. Unos policías me despertaron a
las siete de la mañana de una patada, y me llamaron “indigente”».
Su bebé
«Hay
días en que estoy muy mal, y no me puedo ni levantar. Hay días en que ni
siquiera como. Me encuentro mal, tengo frío, y no tengo ganas de nada. Pero me
esfuerzo en comer para que la criatura no tenga problemas. Que Dios me perdone,
pero cuando me quedé embaraza quise abortar. Hoy voy a todas las revisiones y
mi niña está bien, gracias a Dios. Lo que más me preocupa es lo que pasará
después del parto. No me gustaría que se la llevaran los servicios sociales,
aunque soy consciente de mi situación. Lo que me quita el sueño es que no tengo
ni una mudita de ropa para ponerle cuando nazca. Aunque no pueda
estar con ella, me gustaría una familia que la pudiera cuidar hasta que yo
pueda estar con ella. Solo quiero lo mejor para ella, que no sufra».
Insultos
«A
mí me han insultado por dormir en la calle. Una mañana, un chico me quiso pagar
un desayuno, y al entrar en la cafetería una empleada me dijo: “No, aquí tú no
puedes comer. La gente que duerme en la calle no puede entrar”. A mí me han
dicho de todo: “Puta inmigrante, vete a tu país”. O borracha, o drogadicta…».
Dinero
«Paso
vergüenza de pedir estando embarazada. Hay gente que me da dinero y también hay
quien me da comida. A veces he visto a personas mayores que piden en la calle y
que no se pueden ni mover, y entonces me quito yo los diez euros que tengo y se
los doy».
Cuidados
«Cuando
tengo algo de dinero voy a un hostal a dormir e intento recuperarme un poco. Si
puedo me compro un champú o una crema, porque en la calle es muy fácil
deteriorarse. He visto a muchos que se dejan llevar y acaban metiéndose en
alcohol y en drogas. Yo evito todo ese mundo. Yo sí quiero salir de la calle».
Noches
«Duermo
en la puerta de un banco, con vergüenza de que la gente me vea. Hay noches en
las que paso frío, o paso hambre, y el ruido muchas veces no me deja descansar.
Se me clavan las costillas en el suelo y me duele la espalda. Hace unos días
una señora me compró una manta y me puse a llorar. Hay gente muy buena, pero
también hay gente sin educación que orina a dos metros del lugar donde estoy
durmiendo, o te tira la colilla del cigarrillo».
Dios
«No
soy de ir a la iglesia, pero creo en Dios. Soy cristiana, y me acuerdo de Dios
todos los días. Le pido perdón por mis ofensas y le pido un plato de comida o
un techo, y cuando alguien me da comida le doy gracias también a Él. Dios es
quien ha creado este mundo, y es Él el que nos lo da y nos lo quita. Es Él el
que sabe si necesitas estar aquí o allí».
Juan
Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Fuente:
Alfa y Omega
