Homilía del Santo Padre del
sábado 9 de septiembre, fiesta de San Pedro Claver, en Medellín
En
la misa del jueves en Bogotá escuchábamos el llamado de Jesús a sus primeros
discípulos; esta parte del Evangelio de Lucas que comenzó con aquella
narración, culmina con el llamado a los Doce.
¿Qué recuerdan los evangelistas entre ambos acontecimientos? Que este camino de seguimiento supuso en los primeros seguidores de Jesús mucho esfuerzo de purificación.
Algunos preceptos, prohibiciones y mandatos los hacían sentir seguros; cumplir con determinadas prácticas y ritos los dispensaba de la inquietud de preguntarse: ¿Qué es lo que le agrada a nuestro Dios? Jesús, el Señor, les señala que cumplir es caminar tras Él, y que ese caminar los ponía frente a leprosos, paralíticos, pecadores. Esas realidades demandaban mucho más que una receta, una norma establecida.
¿Qué recuerdan los evangelistas entre ambos acontecimientos? Que este camino de seguimiento supuso en los primeros seguidores de Jesús mucho esfuerzo de purificación.
Algunos preceptos, prohibiciones y mandatos los hacían sentir seguros; cumplir con determinadas prácticas y ritos los dispensaba de la inquietud de preguntarse: ¿Qué es lo que le agrada a nuestro Dios? Jesús, el Señor, les señala que cumplir es caminar tras Él, y que ese caminar los ponía frente a leprosos, paralíticos, pecadores. Esas realidades demandaban mucho más que una receta, una norma establecida.
Aprendieron
que ir detrás de Jesús supone otras prioridades, otras consideraciones para
servir a Dios. Para el Señor, también para la primera comunidad, es de suma
importancia que quienes nos decimos discípulos no nos aferremos a cierto
estilo, a ciertas prácticas que nos acercan más al modo de ser de algunos
fariseos de entonces que al de Jesús. La libertad de Jesús se contrapone con la
falta de libertad de los doctores de la ley de aquella época, que estaban
paralizados por una interpretación y práctica rigorista de la ley. Jesús no se
queda en un cumplimento aparentemente «correcto», Él lleva la ley a su plenitud
y por eso quiere ponernos en esa dirección, en ese estilo de seguimiento que
supone ir a lo esencial, renovarse e involucrarse. Son tres actitudes que
tenemos que plasmar en nuestra vida de discípulos.
Lo
primero, ir a lo esencial. No quiere decir «romper con todo» lo que no se
acomoda a nosotros, porque tampoco Jesús vino «a abolir la ley, sino a llevarla
a su plenitud» (Mt 5, 17); es más bien ir a lo profundo, a lo que cuenta y
tiene valor para la vida.
Jesús
enseña que la relación con Dios no puede ser un apego frío a normas y leyes, ni
tampoco un cumplimiento de ciertos actos externos que no llevan a un cambio
real de vida. Tampoco nuestro discipulado puede ser motivado simplemente por
una costumbre, porque contamos con un certificado de bautismo, sino que debe
partir de una viva experiencia de Dios y de su amor. El discipulado no es algo
estático, sino un continuo movimiento hacia Cristo; no es simplemente el apego
a la explicitación de una doctrina, sino la experiencia de la presencia
amigable, viva y operante del Señor, un permanente aprendizaje por medio de la
escucha de su Palabra. Y esa palabra, lo hemos escuchado, se nos impone en las
necesidades concretas de nuestros hermanos: será el hambre de los más cercanos
en el texto proclamado, o la enfermedad en lo que narra Lucas a continuación.
La
segunda palabra, renovarse. Como Jesús «zarandeaba» a los doctores de la ley
para que salieran de su rigidez, ahora también la Iglesia es «zarandeada» por
el Espíritu para que deje sus comodidades y apegos. La renovación no nos debe
dar miedo. La Iglesia está siempre en renovación —Ecclesia semper
reformanda—.
No
se renueva a su antojo, sino que lo hace «firme y bien fundada en la fe, sin
apartarse de la esperanza transmitida por la Buena Noticia» (Col 1, 23). La
renovación supone sacrificio y valentía, no para considerarse mejores o más
pulcros, sino para responder mejor al llamado del Señor. El Señor del sábado,
la razón de ser de todos nuestros mandatos y prescripciones, nos invita a
ponderar lo normativo cuando está en juego el seguimiento; cuando sus llagas
abiertas, su clamor de hambre y sed de justicia nos interpelan y nos imponen
respuestas nuevas. Y en Colombia hay tantas situaciones que reclaman de los
discípulos el estilo de vida de Jesús, particularmente el amor convertido en
hechos de no violencia, de reconciliación y de paz.
La
tercera palabra, involucrarse. Involucrarse, aunque para algunos eso parezca
ensuciarse, mancharse. Como David o los suyos que entraron en el Templo porque
tenían hambre y los discípulos de Jesús entraron en el sembrado y comieron las
espigas, también hoy a nosotros se nos pide crecer en arrojo, en un coraje
evangélico que brota de saber que son muchos los que tienen hambre, hambre de
Dios, hambre de dignidad, porque han sido despojados. Y, como cristianos,
ayudar a que se sacien de Dios; no impedirles o prohibirles ese encuentro.
No
podemos ser cristianos que alcen continuamente el estandarte de «prohibido el
paso», ni considerar que esta parcela es mía, adueñándome de algo que no es
absolutamente mío. La Iglesia no es nuestra, es de Dios; Él es el dueño del
templo y del sembrado; todos tienen cabida, todos son invitados a encontrar
aquí y entre nosotros su alimento. Nosotros somos simples «servidores» (cf. Col
1, 23) y no podemos ser quienes impidamos ese encuentro. Al contrario, Jesús
nos pide, como lo hizo a sus discípulos: «Denles ustedes de comer» (Mt 14, 16);
este es nuestro servicio. Bien entendió esto Pedro Claver, a quien hoy
celebramos en la liturgia y que mañana veneraré en Cartagena. «Esclavo de los
negros para siempre» fue su lema de vida, porque comprendió, como discípulo de
Jesús, que no podía permanecer indiferente ante el sufrimiento de los más
desamparados y ultrajados de su época y que tenía que hacer algo para
aliviarlo.
Hermanos
y hermanas, la Iglesia en Colombia está llamada a empeñarse con mayor audacia
en la formación de discípulos misioneros, así como lo señalamos los obispos
reunidos en Aparecida en el año 2007. Discípulos que sepan ver, juzgar y
actuar, como lo proponía aquel documento latinoamericano que nació en estas
tierras (cf. Medellín, 1968). Discípulos misioneros que saben ver, sin miopías
heredadas; que examinan la realidad desde los ojos y el corazón de Jesús, y
desde ahí la juzgan. Y que arriesgan, actúan, se comprometen.
He
venido hasta aquí justamente para confirmarlos en la fe y en la esperanza del
Evangelio: manténganse firmes y libres en Cristo, de modo que lo reflejen en
todo lo que hagan; asuman con todas sus fuerzas el seguimiento de Jesús,
conózcanlo, déjense convocar e instruir por Él, anúncienlo con la mayor
alegría.
Pidamos
a través de la intercesión de nuestra Madre, Nuestra Señora de la Candelaria,
que nos acompañe en nuestro camino de discípulos, para que poniendo nuestra
vida en Cristo, seamos simplemente misioneros que llevemos la luz y la alegría
del Evangelio a todas las gentes."
Radio Vaticano
