El
lejano precedente del viaje del Papa Francisco a Egipto
El
viaje del papa Francisco a Egipto, del 28 al 29 de abril de 2017 y, en
especial, su visita al imam Al-Azhar, evocan a un lejano precedente: el
encuentro de san Francisco de Asís con el sultán Malik al-Kamil, en 1219.
Aunque, históricamente, todos los detalles del relato no están comprobados,
siguen siendo discutidos casi ocho siglos más tarde.
En
1219, la guerra causaba estragos entre los Cruzados y el Islam. Dos siglos más
tarde, la tumba de Cristo sería reducida a polvo por las tropas del sultán. En
la llanura egipcia de Damieta, en el delta del Nilo, los dos ejércitos se hacen
frente.
El
sultán Al-Kamil ha emitido un decreto que promete una gran recompensa en oro a
cualquiera que traiga la cabeza de un cristiano. Por su lado, los Cruzados,
comandados por Pelagio Galvani, intentan tomar el puerto de Damieta con la
intención de conquistar Egipto.
Dos intentos previos de
predicar el Evangelio
En
estas circunstancias, san Francisco decide, en compañía del hermano Iluminado,
ir a predicar el Evangelio en territorio musulmán. En un segundo intento, ya
que “il Poverello d’Assisi” ya había intentado dar a conocer a Cristo
en Tierra Santa, sin éxito.
El
único relato detallado sobre este episodio del que disponen los historiadores
está firmado por san Buenaventura. Es un escrito posterior al acontecimiento,
de más de un siglo más tarde, y sobre todo pretende ensalzar la gloriosa
epopeya del santo fundador de la orden franciscana.
Francisco,
tras ser capturado por los sarracenos al tratar de franquear sus líneas, según
cuenta san Bonaventura, pide una audiencia con el sultán y se la conceden.
Considerada un fracaso
El
sobrino de Saladino le recibe con gran cortesía, según describe el cronista,
pero esta visita es considerada un fracaso, ya que el santo no ha conseguido
convencer al sultán de la validez de la religión cristiana. Ni tampoco obtuvo
la palma del martirio.
Durante
siete siglos, el episodio permanece relativamente fuera de los registros de los
hagiógrafos de san Francisco. Incluso a pesar de que las fioretti de
san Francisco informaran de que, al final, el sultán le habría murmurado:
“Hermano Francisco, yo me convertiría de buena gana a la fe de Cristo, pero
temo hacerlo ahora, porque, si éstos llegaran a saberlo, me matarían a mí y te
matarían a ti con todos tus compañeros”.
Un detalle olvidado
El
padre Gwenolé Jeusset, franciscano, participó el 19 de septiembre de 2016 en
Asís durante el encuentro “Sed de Paz: religiones y culturas en diálogo”.
Recordando el mencionado episodio, este antiguo responsable de la Comisión
franciscana para las relaciones con los musulmanes y miembro de la Comisión
vaticana con el mismo propósito, añadió un detalle prácticamente olvidado hasta
el siglo XX.
Se
trata de la meditación que san Francisco mismo extrajo de su experiencia. “Los
hermanos que viven entre musulmanes y otros no cristianos, escribe el
santo de Asís, pueden contemplar su función espiritual de dos maneras: o bien
no hacer ni censuras ni disputas, ser sumisos a toda criatura humana a causa de
Dios y confesar simplemente que son cristianos; o bien, si ven que esta es la
voluntad de Dios, anunciar la Palabra de Dios con el fin de que los no
cristianos crean en Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Creador de
todas las cosas, y en su Hijo Redentor y Salvador, que se hagan bautizar y se
conviertan en cristianos”.
La sonrisa de san
Francisco
Por
otro lado, Albert Jacquard escribe en La
preocupación por los pobres (editorial Herder, 1996) que “el sultán no
olvidó la sonrisa de Francisco, su dulzura en la expresión de una fe sin
límite. Quizás este recuerdo fuera decisivo cuando decidió, diez años más
tarde, cuando ninguna fuerza le obligaba, entregar Jerusalén a los cristianos”.
De
modo que para “aquello que los ejércitos venidos de Europa no habían podido
conseguir”, prosigue Jacquard, “(…) sin duda la mirada clara de Francisco había
seguido haciendo su lento trabajo en la conciencia de este hombre abierto al
pensamiento de los otros”.
I. Media
en exclusiva para Aleteia Vaticano/Xavier Le Normand
Fuente:
Aleteia
