El Santo Padre precisa
cuántas veces las abuelas saben decir la palabra justa, la palabra de
esperanza, porque tienen la experiencia de la vida
El
papa Francisco, en la audiencia general, ha tomado la figura bíblica de Judit
para desarrollar su catequesis. De este modo, ha explicado que esta viuda,
mujer de gran belleza y sabiduría, habló al pueblo con el lenguaje de la fe.
Así, el Santo Padre ha pedido hoy no poner nunca condiciones a Dios y
dejar que la esperanza venza a nuestros temores.
Publicamos
a continuación el texto completo de la catequesis traducido por Zenit:
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Entre
las figuras de mujeres que el Antiguo Testamento nos presenta, destaca la de
una gran heroína del pueblo: Judit. El libro bíblico que lleva su nombre narra
la imponente campaña militar del rey Nabucodonosor, quien, reinando en Nínive,
extiende las fronteras del imperio derrotando y esclavizando a todos los
pueblos alrededor. El lector entiende que se encuentra delante de un grande,
invencible enemigo que está sembrando muerte y destrucción y que llega hasta la
Tierra Prometida, poniendo en peligro la vida de los hijos de Israel. El ejército
de Nabucodonosor, de hecho, bajo la guía del general Holofernes, asedia a una
ciudad de Judea, Betulia, cortando el suministro de agua y minando así la
resistencia de la población.
La
situación se hace dramática, al punto que los habitantes de la ciudad se
dirigen a los ancianos pidiendo que se rindan a los enemigos. Las suyas son
palabras desesperadas: “Ya no hay nadie que pueda auxiliarnos, porque Dios nos
ha puesto en manos de esa gente para que desfallezcamos de sed ante sus ojos y
seamos totalmente destruidos”. Han llegado a decir esto, Dios nos ha vendido, y
la desesperación de esa gente era grande. “Llámenlos ahora mismo y entreguen la
ciudad como botín a Holofernes y a todo su ejército” (Jd t7, 25-26). El
final parece casi ineluctable, la capacidad de fiarse de Dios ha desaparecido,
la capacidad de fiarse de Dios ha desaparecido.
Y cuántas veces nosotros
llegamos a situaciones límite donde no sentimos ni siquiera la capacidad de
tener confianza en el Señor, es una tentación fea. Y, paradójicamente, parece
que, para huir de la muerte, no queda otra cosa que entregarse a las manos de
quien mata. Pero ellos saben que estos soldados entrarán y saquearán la ciudad,
tomarán a las mujeres como esclavas y después matarán a todos los demás. Esto
es precisamente “el límite”.
Y
delante de tanta desesperación, el jefe del pueblo trata de proponer un punto
de esperanza: resistir aún cinco días, esperando la intervención salvífica de
Dios. Pero es una esperanza débil, que le hace concluir: “Si transcurridos estos
días, no nos llega ningún auxilio, entonces obraré como ustedes dicen” (7,
31). Pobre hombre, no tenía salida. Cinco días vienen concedidos a Dios –y aquí
está el pecado– cinco días vienen concedidos a Dios para intervenir; cinco días
de espera, pero ya con la perspectiva del final. Conceden cinco días a
Dios para salvarles, pero saben, no tienen confianza, esperan lo peor. En
realidad, nadie más, entre el pueblo, es todavía capaz de esperar. Estaban
desesperados.
Es
en esta situación que aparece en escena Judit. Viuda, mujer de gran belleza y
sabiduría, ella habla al pueblo con el lenguaje de la fe, valiente, regaña a la
cara al pueblo: “¡Ahora ustedes ponen a prueba al Señor todopoderoso, […]! No,
hermanos; cuídense de provocar la ira del Señor, nuestro Dios. Porque si él no
quiere venir a ayudarnos en el término de cinco días, tiene poder para
protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante nuestros enemigos. No
exijan entonces garantías a los designios del Señor, nuestro Dios, porque Dios
no cede a las amenazas como un hombre ni se le impone nada como a un mortal.
Por lo tanto, invoquemos su ayuda, esperando pacientemente su salvación, y él
nos escuchará si esa es su voluntad” (8, 13.14- 15.17).
Es
un lenguaje de la esperanza. Llamamos a las puertas del corazón de Dios, Él es
Padre, Él puede salvarnos. ¡Esta mujer, viuda, corre el riesgo también de
quedar mal delante de los otros! ¡Pero es valiente! ¡Va adelante! Y esto es
algo mío, esta es una opinión mía: ¡las mujeres son más valientes que los hombres!
Con
la fuerza de un profeta, Judit llama a los hombres de su pueblo para llevarles
de nuevo a la confianza en Dios; con la mirada de un profeta, ella ve más allá
del estrecho horizonte propuesto por los jefes y que el miedo hace todavía más
limitado. Dios actuará realmente –ella afirma–, mientras la propuesta de los
cinco días de espera es un modo para tentarlo y para escapar de su voluntad. El
Señor es Dios de salvación, y ella lo cree, sea cual sea la forma que tome. Es
salvación liberar de los enemigos y hacer vivir, pero, en sus planes
impenetrables, puede ser salvación también entregar a la muerte. Mujer de fe,
ella lo sabe. Después conocemos el final, como ha terminado la historia: Dios
salva.
Queridos
hermanos y hermanas, no pongamos nunca condiciones a Dios y dejemos que la
esperanza venza a nuestros temores. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus
diseños sin pretender nada, también aceptando que su salvación y su ayuda
lleguen a nosotros de forma diferente de nuestras expectativas. Nosotros
pedimos al Señor vida, salud, afectos, felicidad; y es justo hacerlo, pero en
la conciencia de que Dios sabe sacar vida incluso de la muerte, que se puede
experimentar la paz también en la enfermedad, y que puede haber serenidad
también en la soledad y felicidad también en el llanto. No somos nosotros los
que podemos enseñar a Dios lo que debe hacer, es decir lo que necesitamos. Él
lo sabe mejor que nosotros, y tenemos que fiarnos, porque sus caminos y sus
pensamientos son muy diferentes a los nuestros.
El
camino que Judit nos indica es el de la confianza, de la espera en la paz, de
la oración en la obediencia. Es el camino de la esperanza. Sin resignaciones
fáciles, haciendo todo lo que está en nuestras posibilidades, pero siempre
permaneciendo en el camino de la voluntad del Señor, porque Judit –lo sabemos–
ha rezado mucho, ha hablado mucho al pueblo y después, valiente, se ha ido, ha
buscado el modo de acercarse al jefe del ejército y ha conseguido cortarle la
cabeza, ha degollarlo. Es valiente en la fe y en las obras. El Señor busca
siempre. Judit, de hecho, tiene su plan, lo realiza con éxito y lleva al pueblo
a la victoria, pero siempre en la actitud de fe de quien acepta todo de la mano
de Dios, segura de su bondad. Así, una mujer llena de fe y de valentía da de
nuevo fuerza a su pueblo en peligro mortal y lo conduce en los caminos de la
esperanza, indicándole también a nosotros.
Y nosotros, si hacemos un poco de
memoria, cuántas veces hemos escuchado palabras sabias, valientes, de personas
humildes, de mujeres humildes que uno piensa que –sin despreciarlas– son
ignorantes… ¡Pero son palabras de la sabiduría de Dios, eh! Las palabras de las
abuelas. Cuántas veces las abuelas saben decir la palabra justa, la palabra de
esperanza, porque tienen la experiencia de la vida, han sufrido mucho, se han
encomendado a Dios y el Señor da este don de darnos el consejo de esperanza.
Y,
yendo por esos caminos, será alegría y luz pascual encomendarse al Señor con
las palabras de Jesús: “Padre, si quieres, si tú quieres, aleja de mí este
cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Y esta
es la oración de la sabiduría, de la confianza y de la esperanza.
Fuente:
Zenit
