"Sólo quiero
perder el tiempo contigo, esperarte con paciencia, sin hacer otras cosas al
mismo tiempo..."
Me gustaría cuidar en el Adviento la
virtud de la paciencia: “Tened
paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. Tened paciencia también
vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca”. Es esa virtud que tanto escasea. Lo
quiero todo ya, ahora mismo. No me gusta esperar. Voy con prisas. No quiero
perder mi tiempo.
Y el Adviento me invita a vivir
esperando, a invertir el tiempo en la espera, a cultivar el anhelo. Decía el
padre José Kentenich: “La
medida del anhelo es la medida de la gracia”. Si anhelo poco, si
espero poco de la vida, si sueño poco, obtendré poco. El que apunta alto
consigue más. Eso lo sé.
Si me duermo y no espero nada de la vida,
no recibiré nada. La medida del anhelo está en proporción a la medida de la
gracia que se me regala. Quiero
apuntar alto. Quiero vivir inquieto, en búsqueda.
No me gusta la paz del que lo tiene todo
y no necesita nada más para vivir. Me da miedo pensar que no me hace falta nada
en esta vida. No estoy completo. Me faltan muchas cosas. No lo tengo todo
claro. Estoy muy lejos del ideal. Me da miedo pensar que viviendo instalado voy
a ser más feliz.
Me gusta la oración de una persona: “Quiero que Tú seas el centro. Me cuesta
tanto. Me turbo cuando las cosas no son como yo quiero. Pierdo la paz. Me pongo
triste. Con la cabeza quiero hacer lo que Tú quieres. Pero luego me da miedo
perder lo que tengo. Como un niño aferrado a su pelota. Me gusta la vida
que tengo. Me he acomodado. Basta con seguir la rutina cada día. Sin hacer
cambios. Sin esperarlos. Quiero ser más tuyo cada día en este Adviento. Ser más
carne de tu carne. Espíritu de tu espíritu. Quiero amar más sin pensar en mí.
Que no quiera el reconocimiento y el aplauso. Me siento débil. Me da miedo caer
en ese orgullo y pensar que me necesitas para cambiar el mundo. Cuando soy yo
el que te necesito”.
Me gusta esa actitud paciente en la
espera. Quiero ser más de Jesús. Quiero ese fuego inquieto en el alma. Soy
impaciente. Pero también sé que Dios construye a partir de lo que soy, a partir
de mi impaciencia.
Sabe
que lo quiero todo ya, ahora mismo. Y por eso le gusta cuidar mi corazón para
que aprenda a esperar.
A perder el tiempo. A aguardar.
La oración tiene mucho de espera. Me
detengo ante Dios y le digo: “Este
tiempo perdido es para ti, te lo entrego. No busco frutos en esta oración. Sólo
quiero perder el tiempo contigo, esperarte con paciencia. Sin hacer otras cosas
al mismo tiempo como hago a veces. Todo yo a solas contigo sin interferencias”.
La oración es una escuela para aprender a
vivir con paciencia. Sin buscar satisfacer mis deseos, mis anhelos y mis planes
de forma inmediata.
No soy
paciente con Dios. No soy paciente con las personas.
Me impacientan las personas lentas. Me cuesta esperar a que hagan lo que tienen
que hacer. ¡Cuánto me educa convivir con personas lentas! No buscan el
resultado inmediato. ¡Qué bien me viene para aprender a ser paciente!
Fuente:
Aleteia
