Las personas se purifican
desde dentro...
A los 35 años mi vida
era un desastre. Ciertamente profesional y económicamente me había ido
bien, pero tenía vicios, era infiel, muy soberbio y mi matrimonio
estaba hecho añicos.
Con todo, los rescoldos de bondad en mi corazón hacían que
mi conciencia no me diera paz, me sentía hundido en el fango,
asqueado. Tanto, que no deseaba asistir a la gran fiesta familiar de fin de
año, pero ante mucha insistencia, lo hice.
Nadie dudó de sus
palabras. Lo cierto es que en otras circunstancias, tranquilamente nos ha dicho
que Dios se lo puede llevar en cualquier momento.
Mi abuelo ya hace tiempo
que enviudó, es longevo, y en el inevitable declinar de la senilidad percibimos
que poco a poco su mirada se va apagando respecto de los intereses de
la vida, mientras que se acentúan aún más los rasgos de su personalidad
amable y tranquila, porque ha aprendido a comprender a las personas, a
disculpar errores, a perdonar y olvidar males recibidos.
Es un soldado de la
vieja guardia que se encuentra lejos de dejar sus armas. Más que nunca me quedó
claro la primera mañana de año nuevo en que acepté su invitación a desayunar a
solas, para luego, según una costumbre muy suya, caminar charlando
por el pequeño jardín de su casa que tanto cuida.
Conociéndolo, sabía que
la invitación no era casual ya que seguía de cerca la vida de toda la familia,
así que pensé en aprovechar para platicar de todo con él y desahogarme sin
justificarme; lo hice esperando una reprimenda o una serie bien
intencionada de doctorales consejos, pero no fue así.
Lo
que hizo fue abrirme su corazón contándome con sinceridad algo que yo ignoraba
y que había sido el lado oscuro de su existencia. Fue un acto de gran humildad pues sabía que yo lo tenía en un pedestal.
Me contó que alguna vez
en su vida pasó por lo mismo que yo: se había portado tan mal que a punto
estuvo de perderlo todo, incluyendo el amor de la abuela; que el pozo
en que solía beber para calmar su sed de libertad y paz interior lo había
inundado de podredumbre.
Que ese pozo se
encontraba en lo más íntimo de su corazón.
Un día, en medio del
sórdido ruido de mil demonios que lo acosaban, alcanzó a escuchar una
voz que le pedía que no perdiera la esperanza y volviera
a limpiar el pozo. Fue terrible en un principio, pues por más que
excavaba solo encontraba hojas muertas, piedras, barro y más barro revuelto con
los más repugnantes desechos.
Cuando
se encontraba a punto de claudicar, volvía a escuchar el nítido susurro de
aquella voz que le animaba a proseguir.
Después de mucho trabajo
y sufrimiento, el fondo del pozo quedó libre de impurezas y de pronto volvió a
brotar el agua más limpia y cristalina que pudiera haber soñado.
Llegado a este punto, mi
abuelo guardó profundo silencio.
Empecé
a comprender…
Mi
abuelo me hablaba de la penosa confrontación que se puede dar en algunas
personas cuando al ver en el interior de su corazón, se encuentran con que el
pozo que antes lo mantenía limpio, puro y calmaba su sed, está inundado
de cosas vergonzosas, agobiantes y sucias.
Pero que si al hacerlo, vencen
la cobardía de enfrentarse con ellas mismas, son entonces capaces de
limpiarlo aun con lágrimas en los ojos, y de ser necesario, con sus propias
manos sin dejarse vencer por sus asquerosas inmundicias.
Que
si se persevera, llegará entonces el momento en que por más profundas que se
encuentren sus heridas psíquicas, por más arraigados que estén los
pecados, vicios y errores, se verán liberados al volver a brotar de nuevo la límpida fuente que
habrá de borrarlo todo mitigando su sed, y que no es más que la presencia de
Dios en el corazón.
Mi abuelo con voz
profunda y clara prosiguió diciendo que las personas no se
purifican desde el exterior sino desde dentro, no tanto por el esfuerzo moral
que se aplica, sino porque de esa forma se descubre en el interior una
íntima y divina presencia para volver a entregarle todo el corazón.
Que desde entonces
aprendió a vivir ya no desde la periferia psíquica herida -miedos,
amarguras, agresividades, concupiscencias- sino desde el fondo de su
corazón, en donde se puede encontrar la seguridad y la confianza en el amor de
Dios Padre.
Terminó diciéndome con
mucha paz reflejada en su rostro que se acercaba inexorablemente a la muerte,
que la aceptaba y amaba por comprender que está a las puertas de una nueva
vida, de un cambio de casa, de un salto en el que deja el mundo y de momento a
los que en él le hemos acompañado.
Y
que en esta fase solo Dios puede llevarle de la mano, así que su propósito de
año nuevo, realmente era crecer en la esperanza, pidiendo la gracia nunca
merecida de la perseverancia final.
Mi abuelo, con radical
esperanza, hizo el mejor de los propósitos y me ayudó a comprender que el mío
era empezar a excavar en el pozo de mi corazón.
Un
testimonio cedido para Despacho pro familia
Por
Orfa Astorga de Lira, Máster en matrimonio y familia, Universidad de
Navarra.
Fuente: Aleteia