En la basílica de San Pedro se realizó este jubileo con la presencia de
presos y sus familias, capellanes, voluntarios y funcionarios de los
penitenciarios
El papa Francisco presidió este domingo
la santa misa en la basílica de San Pedro en el día del Jubileo de los
reclusos, quienes estaban acompañados por sus familias, capellanes, voluntarios
y funcionarios. El Santo Padre señaló que el mensaje de este jubileo es de
esperanza y que la historia que inicia hoy mira al futuro y está todavía
sin escribir, porque con la gracia de Dios y aprendiendo de los errores del
pasado, se puede abrir un nuevo capítulo de la vida.
Texto completo de las palabras del Papa:
El mensaje que la Palabra de Dios quiere
comunicarnos hoy es ciertamente de esperanza.
Uno de los siete hermanos condenados a
muerte por el rey Antíoco Epífanes dice: «Dios mismo nos resucitará» (2M 7, 14).
Estas palabras manifiestan la fe de aquellos mártires que, no obstante los
sufrimientos y las torturas, tienen la fuerza para mirar más allá. Una fe que,
mientras reconoce en Dios la fuente de la esperanza, muestra el deseo de
alcanzar una vida nueva.
Del mismo modo, en el Evangelio, hemos
escuchado cómo Jesús con una respuesta simple pero perfecta elimina toda la
casuística banal que los saduceos le habían presentado. Su expresión: «No es
Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos» (Lc 20, 38),
revela el verdadero rostro del Padre, que desea sólo la vida de todos sus
hijos. La esperanza de renacer a una vida nueva, por tanto, es lo que estamos
llamados a asumir para ser fieles a la enseñanza de Jesús.
La esperanza es don de Dios. Está ubicada
en lo más profundo del corazón de cada persona para que pueda iluminar con su
luz el presente, muchas veces turbado y ofuscado por tantas situaciones que
conllevan tristeza y dolor. Tenemos necesidad de fortalecer cada vez más las
raíces de nuestra esperanza, para que puedan dar fruto. En primer lugar, la
certeza de la presencia y de la compasión de Dios, no obstante el mal que hemos
cometido. No existe lugar en nuestro corazón que no pueda ser alcanzado por el
amor de Dios. Donde hay una persona que se ha equivocado, allí se hace presente
con más fuerza la misericordia del Padre, para suscitar arrepentimiento,
perdón, reconciliación.
Hoy celebramos el Jubileo de la
Misericordia para vosotros y con vosotros, hermanos y hermanas reclusos. Y es
con esta expresión de amor de Dios, la misericordia, que sentimos la necesidad
de confrontarnos. Ciertamente, la falta de respeto por la ley conlleva la
condena, y la privación de libertad es la forma más dura de descontar una pena,
porque toca la persona en su núcleo más íntimo. Y todavía así, la esperanza no
puede perderse. Una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra
cosa distinta es el «respiro» de la esperanza, que no puede sofocarlo nada ni
nadie. Nuestro corazón siempre espera el bien; se lo debemos a la misericordia
con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jamás (cf. san Agustín,
Sermo 254, 1).
En la carta a los Romanos, el apóstol
Pablo habla de Dios como del «Dios de la esperanza» (Rm 15, 13). Es como si nos
quisiera decir que también Dios espera; y por paradójico que pueda parecer, es
así: Dios espera. Su misericordia no lo deja tranquilo. Es como el Padre de la
parábola, que espera siempre el regreso del hijo que se ha equivocado (cf. Lc
15, 11-32). No existe tregua ni reposo para Dios hasta que no ha encontrado la
oveja descarriada (cf. Lc 15, 5).
Por tanto, si Dios espera, entonces
la esperanza no se le puede quitar a nadie, porque es la fuerza para seguir
adelante; la tensión hacia el futuro para transformar la vida; el estímulo para
el mañana, de modo que el amor con el que, a pesar de todo, nos ama, pueda ser
un nuevo camino… En definitiva, la esperanza es la prueba interior de la fuerza
de la misericordia de Dios, que nos pide mirar hacia adelante y vencer la
atracción hacia el mal y el pecado con la fe y la confianza en él.
Queridos reclusos, es el día de vuestro
Jubileo. Que hoy, ante el Señor, vuestra esperanza se encienda. El Jubileo, por
su misma naturaleza, lleva consigo el anuncio de la liberación (cf. Lv 25, 39-46).
No depende de mí poderla conceder, pero suscitar el deseo de la verdadera
libertad en cada uno de vosotros es una tarea a la que la Iglesia no puede
renunciar.
A veces, una cierta hipocresía lleva a
ver sólo en vosotros personas que se han equivocado, para las que el único
camino es la cárcel. Cada vez que entro una cárcel me pregunto ‘por
que ellos y no yo’, todos tenemos la posibilidad de equivocarnos, todos de una
u otra manera nos hemos equivocados.
Y esa hipocresía hace que no se piense en
la posibilidad de cambiar de vida, hay poca confianza en la rehabilitación.
Pero de este modo se olvida que todos somos pecadores y, muchas veces, somos
prisioneros sin darnos cuenta.
Cuando se permanece encerrados en los
propios prejuicios, o se es esclavo de los ídolos de un falso bienestar, cuando
uno se mueve dentro de esquemas ideológicos o absolutiza leyes de mercado que
aplastan a las personas, en realidad no se hace otra cosa que estar entre las
estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia,
privados de la verdad que genera la libertad. Y señalar con el dedo a quien se
ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias
contradicciones.
Sabemos que ante Dios nadie puede
considerarse justo (cf. Rm 2, 1-11). Pero nadie puede vivir sin la certeza de
encontrar el perdón. El ladrón arrepentido, crucificado junto a Jesús, lo ha
acompañado en el paraíso (cf. Lc 23, 43). Ninguno de vosotros, por tanto, se
encierre en el pasado. La historia pasada, aunque lo quisiéramos, no puede ser
escrita de nuevo.
Pero la historia que inicia hoy, y que
mira al futuro, está todavía sin escribir, con la gracia de Dios y con vuestra
responsabilidad personal. Aprendiendo de los errores del pasado, se puede abrir
un nuevo capítulo de la vida. No caigamos en la tentación de pensar que no
podemos ser perdonados. Ante cualquier cosa, pequeña o grande, que nos reproche
el corazón, sólo debemos poner nuestra confianza en su misericordia, pues «Dios
es mayor que nuestro corazón» (1Jn 3, 20).
La fe, incluso si
es pequeña como un grano de mostaza, es capaz de mover montañas (cf. Mt 17, 20).
Cuantas veces la fuerza de la fe ha permitido pronunciar la palabra perdón en
condiciones humanamente imposibles. Personas que han padecido violencias y
abusos en sí mismas o en sus seres queridos o en sus bienes. Sólo la fuerza de
Dios, la misericordia, puede curar ciertas heridas. Y donde se responde a la
violencia con el perdón, allí también el amor que derrota toda forma de mal
puede conquistar el corazón de quien se ha equivocado. Y así, entre las
víctimas y entre los culpables, Dios suscita auténticos testimonios y obreros
de la misericordia.
Hoy veneramos a la Virgen María en esta
imagen que la representa como una Madre que tiene en sus brazos a Jesús con una
cadena rota, las cadenas de la esclavitud y de la prisión. Que ella dirija a
cada uno de vosotros su mirada materna, haga surgir de vuestro corazón la
fuerza de la esperanza para vivir una vida nueva y digna en plena libertad y en
el servicio del prójimo.
Fuente:
Zenit
