Hay personas honestas y
veraces que son de verdad incorruptibles
¿Cómo es mi relación con los
bienes? ¿Miro con paz lo que viene por delante o me angustio ante el futuro
incierto? El dinero me puede quitar la paz y no dejarme vivir una vida apacible
y tranquila.
A veces la preocupación por
el dinero, por el mundo, por el futuro, me quitan la paz. Sé que es necesario
vivir en este mundo, echar raíces. Amar. ¡Cuánto cuesta vivir apegado y desapegado al mismo
tiempo! Con
raíces y libre.
Dios me invita a servir a un
solo Señor: ¿A quién sirvo yo? ¿Quién es mi Señor? Es la pregunta que surge hoy
en el corazón: “Ningún
siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al
otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis
servir a Dios y al dinero”.
A veces me veo sirviendo a
otros amos, en lugar de servir a Jesús. Dependiendo de otros juicios, de otras miradas.
El otro día leía unas
palabras de san Juan Crisóstomo:“Muchas son las olas que nos ponen en
peligro, y una gran tempestad nos amenaza. No tememos ser sumergidos porque
permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta
roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús.
Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte
una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La
confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos
llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus
bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si
no es para vuestro bien espiritual”.
Me gustaría hacer vida en mí
estas palabras. Libre y arraigado en Dios. Firme sobre la roca de Jesús, en su
barca. Allí nada temo.
Pero luego pienso en tantos
bienes que me atan. Santa Teresa de Calcuta me da un ejemplo a seguir. Su
libertad, su entrega. Sus
raíces, su pasión por la vida. Su vida me habla de desprendimiento y de santa
indiferencia. Yo quiero eso. Quiero vivir para otros. Dar mi vida por otros.
Ella, cuando más trabajo
tenía, más rezaba. Yo no necesito tantas cosas para vivir. No necesito ser tan
dependiente de los bienes materiales. Quiero
más libertad. Quiero ser más de Dios.
Me detengo a mirar la vida y
las cosas que me suceden. Muchas veces en la vida real
y en la ficción de las películas, salen los mismos temas de siempre que tocan
el corazón y me dan qué pensar. Mi vida son decisiones, pasos que me acercan o
me alejan de mi verdad, de mi camino.
Pienso en la verdad y en la
mentira. En la luz y en la oscuridad. En la corrupción y en la honestidad. En
la lealtad y en la deslealtad. El alma tiene un profundo deseo de
incorruptibilidad, de vivir en la belleza. Y pienso que me gustaría ser
incorruptible.
Pero, ¿hay alguien verdaderamente
incorruptible? Siempre recuerdo una frase de una película que
me incomodó: “Todo
el mundo tiene su precio”. Y
yo pensaba, ¿tengo yo un
precio? No quiero
ser corruptible.
No quiero venderme por un
precio, por un cargo, por un título, por una fama, por un reconocimiento. No
quiero venderme por un afecto, por una sonrisa, por una aceptación. ¡Hay tantos
casos de corrupción!
Decía el papa Francisco: «La corrupción impide mirar el futuro con esperanza porque
con su prepotencia y avidez destruye los proyectos de los débiles y oprime a
los más pobres. Es un mal que se anida en gestos cotidianos para expandirse
luego en escándalos públicos. La corrupción es una obstinación en el pecado,
que pretende sustituir a Dios con la ilusión del dinero como forma de poder. Es
una obra de las tinieblas, sostenida por la sospecha y la intriga.Corruptio
optimi pessima (la corrupción de los mejores es lo peor)
decía S. Gregorio Magno, para indicar que ninguno puede sentirse inmune de esta
tentación”.
Todos podemos caer en esa tentación.
Puedo ser tentado por los bienes del mundo. Incluso por los bienes más pequeños.
La tentación del poder, del
placer, del poseer.
En una sociedad sin valores
claros, sin principios sólidos, parece que todos tienen un precio. Pero no
quiero creer que sea verdad. No es así.
Porque conozco personas que
no tienen un precio, no se venden, no se dejan llevar por la tentación del
poder. Personas honestas y
veraces que son de verdad incorruptibles. Eso me alegra. Es posible llevar una
vida honesta, verdadera, incorruptible en este mundo.
Los santos me lo recuerdan.
Los santos que ya se han ido. Y los santos vivos que conozco. Sé que es posible
aunque pese y duela. Aunque uno pueda caer y levantarse.
Ser honesto exige mucho. Es
más fácil tener un precio y entrar en el mismo círculo. Es más fácil mentir,
engañar, lograr las cosas por el camino fácil.
Ser fieles a nuestra verdad
nos exige un gran esfuerzo. Pero es lo que nos salva, lo que saca lo mejor de
nosotros. Ser honestos con nosotros mismos. Ser veraces.
Decía el padre José
Kentenich: “El reino de la verdad nos exige vivir en
él. Una sana antropología nos enseña que la estructura de la naturaleza humana
forma parte del reino de la verdad”. Estamos hechos para vivir en la
verdad. La mentira nos envenena, nos ata, nos vuelve desconfiados, mezquinos.
Lo que nos hace libres es
aceptar la verdad de nuestra vida y besarla. Reconocer nuestros límites y
aceptarlos.
Fuente:
Aleteia
