En la vigilia de oración de la Divina Misericordia,
el Papa Francisco propone que cada diócesis deje un monumento de misericordia
concreto
Papa Francisco recordó el abrazo de un
padre o de una madre a sus hijos y subrayó la “ternura, palabra hoy casi
olvidada”, y la capacidad de “entrar en las llagas del otro”, porque “una fe
que no es capaz de meterse en las llagas del Señor, no es fe, es idea,
ideología; nuestra fe es encarnada en un Dios que se hizo carne, que fue
llagado por nosotros”.
Lo hizo en la Basílica vaticana, al final
de la Vigilia de oración celebrada este sábado 2 de abril con todos los
que siguen la espiritualidad de la Divina Misericordia y que participaron en
las celebraciones del Jubileo en estos días.
“No tenemos un Dios que no sepa
comprender y compadecerse de nuestras debilidades”, afirmó, sino un Dios que,
con una imagen de “ternura y amor” extraordinaria, “toma a cada uno de nosotros
y nos alza hasta sus mejillas”.
El Pontífice, ante alrededor de 20 mil
fieles, habló del “gran océano de la misericordia de Dios”, y se preguntó:
“¿Cuántos son los rostros de la misericordia, con los que Él viene a nuestro
encuentro?”.
He aquí la respuesta: “Son verdaderamente
muchos –advirtió–; es imposible describirlos todos, porque la misericordia de
Dios es un ’crescendo’ continuo. Dios no se cansa nunca de manifestarla y
nosotros no deberíamos acostumbrarnos nunca a recibirla, buscarla y desearla”.
Porque es “siempre es algo nuevo que
provoca estupor y maravilla al ver la gran fantasía creadora de Dios, cuando
sale a nuestro encuentro con su amor”.
El Señor “se ha revelado, manifestando
muchas veces su nombre, y este nombre –subrayó Papa Francisco– es
“misericordioso””. Así como la naturaleza de Dios “es grande e infinita
–continuó–, del mismo modo es grande e infinita su misericordia, hasta el punto
que parece una tarea difícil poder describirla en todos sus aspectos”.
Papa Bergoglio observó que al ir leyendo
“las páginas de la Sagrada Escritura, encontramos que la misericordia es sobre
todo cercanía de Dios a su pueblo. Una cercanía que se manifiesta
principalmente como ayuda y protección. Es la cercanía de un padre y de una
madre que se refleja en una bella imagen del profeta Oseas: ‘Con lazos humanos
los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta
sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer’”. Según Francisco, esta
imagen es “muy expresiva”: «Dios toma a cada uno de nosotros y nos alza hasta
sus mejillas. ¡Cuánta ternura contiene y cuánto amor manifiesta!”.
El Papa pensó en estas palabra del
profeta cuando vio el logo del Jubileo: “Jesús no sólo lleva sobre sus espaldas
a la humanidad, sino que además pega su mejilla a la de Adán, hasta el punto
que los dos rostros parecen fundirse en uno”.
Y exclamó: “No tenemos un Dios que no
sepa comprender y compadecerse de nuestras debilidades. ¡Al contrario!,
precisamente en virtud de su misericordia, Dios se ha hecho uno de nosotros”.
En el Hijo del Señor, pues, “no sólo
podemos tocar la misericordia del Padre, sino que somos impulsados a
convertirnos nosotros mismos en instrumentos de su misericordia. Puede ser
fácil hablar de misericordia, mientras que es más difícil llegar a ser testigos
de esa misericordia en lo concreto. Este es un camino que dura toda la vida y
no debe detenerse. Jesús nos dijo que debemos ser “misericordiosos como el
Padre””.
El Papa resaltó: “¡Cuántos rostros,
entonces, tiene la misericordia de Dios! Ésta se nos muestra como cercanía y
ternura, pero en virtud de ello también como compasión y comunicación, como
consolación y perdón”.
Y entre más se recibe, más hay que
ofrecerla, compartirla: no se puede “tener escondida ni retenida sólo para sí
mismo”.
La Misericordia Divina “es algo que quema
el corazón y lo estimula a amar, porque reconoce el rostro de Jesucristo sobre
todo en quien está más lejos, débil, solo, confundido y marginado”.
La misericordia sale a buscar la oveja
perdida, y cuando la encuentra manifiesta una alegría contagiosa. La
misericordia sabe mirar a los ojos de cada persona; cada una es preciosa para
ella, porque cada una es única”.
El Obispo de Roma recordó que “la
misericordia nunca puede dejarnos tranquilos”, puesto que es “el amor de Cristo
que nos “inquieta” hasta que no hayamos alcanzado el objetivo; que nos empuja a
abrazar y estrechar a nosotros, a involucrar, a quienes tienen necesidad de
misericordia para permitir que todos sean reconciliados con el Padre”.
Por ello, no hay que tener miedo, porque
“es un amor que nos alcanza y envuelve hasta el punto de ir más allá de
nosotros mismos, para darnos la posibilidad de reconocer su rostro en los
hermanos. Dejémonos guiar dócilmente –exhortó– por este amor y llegaremos a ser
misericordiosos como el Padre”.
Francisco recordó el abrazo de un padre o
de una madre a sus hijos y subrayó la “ternura, palabra hoy casi olvidada”, y
la capacidad de “entrar en las llagas del otro”.
Porque “una fe que no es capaz de meterse
en las llagas del Señor, no es fe, es idea, ideología; nuestra fe es encarnada
en un Dios que se hizo carne, que fue llagado por nosotros”.
“Puede ser fácil hablar de misericordia,
mientras que es más difícil volverse testimonios concretamente. Este es un
recorrido –explicó el Pontífice- que dura toda la vida y no debería tener
pausas. Debemos ser misericordiosos como el Padre, toda la vida.
Cuánto dolor en el corazón cuando
escuchamos decir: “Pero, a esta gente, a estos pobrecillos, saquémoslos,
dejemos que duerman en la calle”. ¿Esto es de Jesús?”.
“Hemos escuchado el Evangelio
–prosiguió–, Tomás era testarudo, no había creído, y encontró la fe justo
cuando tocó las llagas del Señor; una fe que no es capaz de meterse en las
llagas del Señor no es fe, una fe que no es capaz de ser misericordiosa como
signo de las llagas del Señor no es fe, es idea, es ideología; nuestra fe es
encarnada en un Dios que se hizo carne, que fue llagado por nosotros, pero si
nosotros queremos creer en serio que tenemos fe, debemos acercarnos y tocar en
serio las llagas, acariciar las llagas, hasta bajar la cabeza y dejar que los
demás acaricien nuestras llagas”.
Y al final un deseo: “que sea, pues, el
Espíritu Santo quien guíe nuestros pasos: Él es el amor, él es la misericordia
que se comunica a nuestros corazones”.
Y un consejo final: “no pongamos
obstáculos a su acción vivificante, sino sigámoslo dócilmente por los caminos
que nos indica. Permanezcamos con el corazón abierto, para que el Espíritu
pueda transformarlo; y así, perdonados y reconciliados, seamos testigos de la
alegría que brota del encuentro con el Señor Resucitado, vivo entre nosotros”.
“¡Qué bello sería –dijo el Pontífice al
concluir la vigilia de oración–, si como monumento del Jubileo de la
Misericordia, hubiera en cada diócesis una obra de misericordia: un hospital,
una escuela en donde no las hay, una casa para adictos, un asilo para ancianos,
muchas cosas que se podrían hacer…
Sería bello que cada diócesis piense:
“¿Qué puedo dejar como recuerdo viviente, como obra de misericordia para este
año de la misericordia?”. Pensémoslo y hablémoslo con nuestros obispos,
gracias”.
Fuente: Artículo publicado originalmente por
Vatican Insider
