Los síntomas que indican
que algo no está en paz
Tantas veces no quiero perdonar a los que
me han hecho daño. “También a
nosotros, a veces, nos gusta castigar a los demás, condenar a los demás. Su
pecado o su limitación ha dejado heridas en mi alma y no quiero perdonarles.
Llevo la marca del rencor o de la ira al recordar lo que me hicieron, lo que
dijeron de mí. Y no quiero perdonar.
¿Qué me causa dolor en mi vida? Si me callo, si me detengo, siento el
dolor como una punzada.
A veces es porque no me tuvieron en
cuenta. No me valoraron como esperaba. Hablaron mal de mí a mis espaldas. No
fui tratado como merecía. O quizás tomé un comentario que me hicieron como algo
personal, y salí herido.
Tal vez fue por una traición en el amor,
en la fidelidad. O fueron esas promesas incumplidas, esas expectativas que yo
tenía y no se hicieron realidad.
Puede ser por algo que me quitaron, algo que creía que me correspondía, algo a
lo que tenía derecho.
Puede ser también porque alguien se
aprovechó de mí, o abusó de su poder y me hizo daño con sus comentarios y
gestos.
Hay muchas raíces de mi dolor. Muchas
causas que me han dejado herido. Y sé que sólo perdonando puedo volver a comenzar. Pero siento que es como si al perdonar
tuviera que olvidarlo todo. Y no soy capaz.
Quiero tirar la primera piedra para
seguir recordando. No quiero que piensen y sientan que ya no importa todo el
mal que me han hecho. Que todo da igual, que está olvidado. Sé que el olvido
nunca sucede porque forma parte de mi historia sagrada.
A veces pienso que perdonar al que me hace daño con sus gestos, con
sus palabras, con su vida, es como darle una palmada en la espalda,
un abrazo definitivo. Como si no hubiera habido ofensa y estuviera todo ya
olvidado. Pero no es verdad.
Tal vez me gusta tener atadas a las
personas que no acabo de perdonar de corazón. Las retengo en mi juicio, en mi
condena. Las tengo atadas, y las miro con desprecio, con rencor.
Pero sé que esa falta de perdón me enferma a mí, no a
ellos. A mí me aísla y me envenena, quizás ellos no saben nada.
Los que me hirieron. Si no
perdono, no sano.
Lo que sucede es que a veces ni siquiera sé que no he
perdonado del todo. Pienso que sí, que no guardo ofensas, que
está todo ya olvidado. Pero luego ciertas reacciones mías me muestran que no es
así.
¿Cuáles son esos síntomas que me indican
que algo no está en paz en mi alma? Cuando reacciono de forma exagerada ante un comentario,
ante una crítica o un juicio. Cuando me lleno de amargura y veo todo lo
negativo o resalto lo malo antes que lo bueno. Cuando caigo en la envidia y en
los celos. Cuando me siento menos que otros y me cierro, y me aíslo.
Todo ello suele ser una manifestación de
mi falta de perdón. En lo
oculto del alma se encuentra mi herida. Y tal vez pensaba que ya estaba todo
perdonado, pero no es así. Sigue en el recuerdo la misma rabia,
el mismo odio, el mismo rencor. Entonces está claro que no he logrado perdonar
del todo.
Y esa
falta de perdón me hace daño a mí, no al que me ha ofendido. No
al que dijo tal o cual cosa. No al que me hirió con sus actos o con sus
omisiones.
Es real. La falta de perdón es un veneno
que puede llegar a cambiar hasta mi forma de ser y de mirar. Puede volverme
huraño y desconfiado, triste y callado. Puede encerrarme entre muros por miedo
a ser herido de nuevo.
Y muchas veces no damos el paso de
perdonar porque pensamos que tenemos que decírselo a la persona a la que
perdonamos. Pero no es así. Cuando
perdono a alguien, no necesariamente tengo que decírselo. Tal
vez ha pasado mucho tiempo. O simplemente no quiero decírselo. No pasa nada.
A veces los que me han hecho daño ni
siquiera son conscientes. Y si los perdono, no es por ellos, es por mí. Es a mí a quien salva el perdón. Es a mí
a quien cura hasta lo más hondo. Y me libera.
A veces no perdono porque espero que el
otro cambie su actitud, mejore, me trate de otra forma. Y eso no sucede. Y su
falta de amor o sensibilidad hace más honda la herida.
Otras veces espero que me pida perdón,
que se humille, que se arrodille ante mí y se dé cuenta de sus errores, del mal
que me ha causado. Y como eso no ocurre, tampoco le perdono.
A veces exijo que el otro se dé cuenta
del mal que hacen sus palabras, sus gestos, sus omisiones. Pero puede ser que
no se dé cuenta, y yo no perdono.
Lo importante del perdón es que sana mi
alma. Perdono por mi bien, no por el bien del otro. No busco que mi perdón sane
el alma de aquel que me ha hecho daño. No pretendo cambiarlo. No es eso. Es un
perdón egoísta, podríamos decir. Aunque nunca es egoísta pensar en la salud de
mi alma.
Perdono porque sé que al hacerlo se
curarán mis heridas. No olvidaré lo ocurrido, eso es imposible. Pero al
recordarlo no brotarán sentimientos de rabia, de odio, incluso deseos de
venganza.
Todo lo contrario.
Mi perdón me abre a la misericordia de
Dios. Me llena de esa luz que viene de lo alto. Me da una nueva vida.
Sé que el perdón no es fruto de mi
esfuerzo, de mi lucha titánica por suturar la herida. Lo intento de esa forma y
no lo consigo. Quiero perdonar y no perdono. El perdón es un don. El perdón tengo que
implorarlo cada día.
Jesús es el que me ayuda a perdonar, el
que viene con su misericordia y libera mi alma herida. Se mete en mi alma y me sana. Me da lo
que no tengo. Una nueva mirada.
Por Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia
