Dios ha vencido el egoísmo y la
muerte con las armas del amor; su Hijo, Jesús, es la puerta de la misericordia,
abierta de par en par para todos
El Papa Francisco presidió ayer mañana la Misa de la Pascua de
Resurrección en la Plaza de San Pedro. El Pontífice no tuvo homilía
puesto que después leyó su Mensaje Pascual e impartió la tradicional bendición
Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo) desde el balcón central de la Basílica.
En él, el Santo Padre, manifestó que “sólo Dios puede llenar con su amor
este vacío, estas fosas, y hacer que no nos hundamos, y que podamos seguir
avanzando juntos hacia la tierra de la libertad y de la vida”.
El Pontífice repasó algunos de los conflictos que se viven en la actualidad,
como los de Ucrania, Burundi, y Oriente Medio, ofreció su “cercanía a las
víctimas del terrorismo, esa forma ciega y brutal de violencia que no cesa de
derramar sangre inocente en diferentes partes del mundo, como ha ocurrido en
los recientes atentados en Bélgica”, y habló de los cristianos perseguidos.
“Con nuestros hermanos y hermanas perseguidos por la fe y por su fidelidad
al nombre de Cristo, y ante el mal que parece prevalecer en la vida de tantas personas,
volvamos a escuchar las palabras consoladoras del Señor: No tengáis miedo. ¡Yo
he vencido al mundo!”.
A continuación, ACI Prensa comparte con sus lectores el texto completo del
mensaje pascual 2016:
Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Pascua!
Jesucristo, encarnación de la misericordia de Dios, ha muerto en cruz por amor, y por amor
ha resucitado. Por eso hoy proclamamos: ¡Jesús es el Señor!
Su resurrección cumple plenamente la profecía del Salmo: «La misericordia
de Dios es eterna», su amor es para siempre, nunca muere. Podemos confiar
totalmente en él, y le damos gracias porque ha descendido por nosotros hasta el
fondo del abismo.
Ante las simas espirituales y morales de la humanidad, ante al vacío que se
crea en el corazón y que provoca odio y muerte, solamente una infinita
misericordia puede darnos la salvación. Sólo Dios puede llenar con su amor este
vacío, estas fosas, y hacer que no nos hundamos, y que podamos seguir avanzando
juntos hacia la tierra de la libertad y de la vida.
El anuncio gozoso de la Pascua: Jesús, el crucificado, «no está aquí, ¡ha
resucitado!» (Mt 28,6), nos ofrece la certeza consoladora de que se ha salvado
el abismo de la muerte y, con ello, ha quedado derrotado el luto, el llanto y
la angustia (cf. Ap 21,4). El Señor, que sufrió el abandono de sus discípulos,
el peso de una condena injusta y la vergüenza de una muerte infame, nos hace
ahora partícipes de su vida inmortal, y nos concede su mirada de ternura y
compasión hacia los hambrientos y sedientos, los extranjeros y los
encarcelados, los marginados y descartados, las víctimas del abuso y la
violencia. El mundo está lleno de personas que sufren en el cuerpo y en el
espíritu, mientras que las crónicas diarias están repletas de informes sobre
delitos brutales, que a menudo se cometen en el ámbito doméstico, y de
conflictos armados a gran escala que someten a poblaciones enteras a pruebas
indecibles.
Cristo resucitado indica caminos de esperanza a la querida Siria, un país
desgarrado por un largo conflicto, con su triste rastro de destrucción, muerte,
desprecio por el derecho humanitario y la desintegración de la convivencia
civil. Encomendamos al poder del Señor resucitado las conversaciones en curso,
para que, con la buena voluntad y la cooperación de todos, se puedan recoger
frutos de paz y emprender la construcción una sociedad fraterna, respetuosa de
la dignidad y los derechos de todos los ciudadanos. Que el mensaje de vida,
proclamado por el ángel junto a la piedra removida del sepulcro, aleje la
dureza de nuestro corazón y promueva un intercambio fecundo entre pueblos y culturas
en las zonas de la cuenca del Mediterráneo y de Medio Oriente, en particular en
Irak, Yemen y Libia.
Que la imagen del hombre nuevo, que resplandece en el rostro de Cristo,
fomente la convivencia entre israelíes y palestinos en Tierra Santa,
así como la disponibilidad paciente y el compromiso cotidiano de trabajar en la
construcción de los cimientos de una paz justa y duradera a través de
negociaciones directas y sinceras. Que el Señor de la vida acompañe los
esfuerzos para alcanzar una solución definitiva de la guerra en Ucrania,
inspirando y apoyando también las iniciativas de ayuda humanitaria, incluida la
de liberar a las personas detenidas.
Que el Señor Jesús, nuestra paz (cf. Ef 2,14), que con su resurrección ha
vencido el mal y el pecado, avive en esta fiesta de Pascua nuestra cercanía a
las víctimas del terrorismo, esa forma ciega y brutal de violencia que no cesa
de derramar sangre inocente en diferentes partes del mundo, como ha ocurrido en
los recientes atentados en Bélgica, Turquía, Nigeria, Chad, Camerún y Costa de
Marfil; que lleve a buen término el fermento de esperanza y las perspectivas de
paz en África; pienso, en particular, en Burundi, Mozambique, la República
Democrática del Congo y en el Sudán del Sur, lacerados por tensiones políticas
y sociales.
Dios ha vencido el egoísmo y la muerte con las armas del amor; su Hijo,
Jesús, es la puerta de la misericordia, abierta de par en par para todos. Que
su mensaje pascual se proyecte cada vez más sobre el pueblo venezolano, en las
difíciles condiciones en las que vive, así como sobre los que tienen en sus
manos el destino del país, para que se trabaje en pos del bien común, buscando
formas de diálogo y colaboración entre todos. Y que se promueva en todo lugar
la cultura del encuentro, la justicia y el respeto recíproco, lo único que
puede asegurar el bienestar espiritual y material de los ciudadanos.
El Cristo resucitado, anuncio de vida para toda la humanidad que reverbera
a través de los siglos, nos invita a no olvidar a los hombres y las mujeres en
camino para buscar un futuro mejor. Son una muchedumbre cada vez más grande de
emigrantes y refugiados —incluyendo muchos niños— que huyen de la guerra, el
hambre, la pobreza y la injusticia social. Estos hermanos y hermanas nuestros,
encuentran demasiado a menudo en su recorrido la muerte o, en todo caso, el
rechazo de quien podrían ofrecerlos hospitalidad y ayuda.
Que la cita de la próxima Cumbre Mundial Humanitaria no deje de poner en el
centro a la persona humana, con su dignidad, y desarrollar políticas capaces de
asistir y proteger a las víctimas de conflictos y otras situaciones de
emergencia, especialmente a los más vulnerables y los que son perseguidos por
motivos étnicos y religiosos.
Que, en este día glorioso, «goce también la tierra, inundada de tanta
claridad» (Pregón pascual), aunque sea tan maltratada y vilipendiada por una
explotación ávida de ganancias, que altera el equilibrio de la naturaleza.
Pienso en particular a las zonas afectadas por los efectos del cambio
climático, que en ocasiones provoca sequía o inundaciones, con las
consiguientes crisis alimentarias en diferentes partes del planeta.
Con nuestros hermanos y hermanas perseguidos por la fe y por su fidelidad
al nombre de Cristo, y ante el mal que parece prevalecer en la vida de tantas
personas, volvamos a escuchar las palabras consoladoras del Señor: «No tengáis
miedo. ¡Yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33). Hoy es el día brillante de esta
victoria, porque Cristo ha derrotado a la muerte y su resurrección ha hecho
resplandecer la vida y la inmortalidad (cf. 2 Tm 1,10). «Nos sacó de la
esclavitud a la libertad, de la tristeza a la alegría, del luto a la
celebración, de la oscuridad a la luz, de la servidumbre a la redención. Por
eso decimos ante él: ¡Aleluya!» (Melitón de Sardes, Homilía Pascual).
A quienes en nuestras sociedades han perdido toda esperanza y el gusto de
vivir, a los ancianos abrumados que en la soledad sienten perder vigor, a los
jóvenes a quienes parece faltarles el futuro, a todos dirijo una vez más las
palabras del Señor resucitado: «Mira, hago nuevas todas las cosas... al que
tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente» (Ap
21,5-6). Que este mensaje consolador de Jesús nos ayude a todos nosotros a
reanudar con mayor vigor la construcción de caminos de reconciliación con Dios
y con los hermanos.
Saludos de Pascua del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, deseo renovar mis deseos de Buena Pascua a
todos ustedes, venidos a Roma desde diversos países, como también a cuantos se
han conectado a través de la televisión, la radio y otros medios de
comunicación. Que pueda resonar en vuestros corazones, en vuestras familias y
comunidades el anuncio de la Resurrección, acompañado de la calurosa luz de la
presencia de Jesús vivo: presencia que ilumina, reconforta, perdona, sosiega…
Cristo ha vencido el mal en la raíz: es la Puerta de la salvación, abierta de
par en par para que cada uno pueda encontrar misericordia.
Les agradezco su presencia y su alegría en este día de fiesta. Un
agradecimiento particular por el don de las flores, que también este año
provienen de los Países Bajos.
Lleven a todos la alegría de Cristo Resucitado. Y por favor, no olviden
rezar por mí. ¡Buen almuerzo pascual y hasta pronto!
Fuente: ACI Prensa