No creo
que yo mismo vaya a lograr con mi esfuerzo lo que es don sagrado…
A veces me parece no dar fruto, no
encuentro en mí esa “armonía agradable
a Dios entre la vinculación hondamente afectiva a Él, al trabajo y al prójimo
en todas las circunstancias de la vida”
Esa
armonía es un fruto, un don, una consecuencia de un tipo de vida, de una forma
de vivir y de amar.
Creo
que la armonía sólo será posible en plenitud en el cielo. Eso me da paz. Será entonces cuando
todo esté en paz, cuando las cosas serán como tienen que ser. Y yo no me
preocuparé más. Y descansaré en los brazos de Dios.
No lo sé, aquí en el camino no vivo esa
armonía. Tal vez camino tratando de lograr que todo lo que hago sea por amor.
Que me mueva por amor. Que entregue mi sí por amor. Mi docilidad a los más
leves deseos de Dios en mi vida. Amor por amor. Amor entregado al recibir tanto
amor.
Una armonía entre todos esos campos de mi
vida en los que es tan difícil a veces encontrar la paz. El corazón anclado
profundamente en Dios. El corazón anclado en los hombres, en lo que hago, en
aquello por lo que lucho. En esos ideales que sacan lo mejor de mi corazón y me
hacen soñar con las alturas. Y todo en armonía.
Sí, quiero levantarme cada vez que
experimente de nuevo mis mismas torpezas de siempre. Cada vez que vuelva a
tocar sorprendido el barro de mi vida y comprenda que Dios construye una obra
de arte con mi alma. Cada vez que sufra la falta de armonía en mi corazón, la
inmadurez que padezco y no deje de entregarme a cada paso.
Quiero
conservar esa mirada que sueña con cumbres altas. Esa mirada que no desprecia
la fragilidad, que
la toma en sus manos y se la entrega conmovido a Dios. Sabiendo que me mira
siempre lleno de misericordia. Como el padre de la parábola que aguarda cada
mañana el regreso de su hijo.
No es sencillo ser santo. Pero no depende
de mí, de mi esfuerzo, de mi lucha. Dios me llena de su amor, de su luz, de su
armonía. Él me llena de su misericordia y me hace de nuevo.
Yo confío. Dios confía. No me creo seguro
de mis fuerzas, de mi santidad. San Pablo me lo recuerda y me conmueve: “Por lo tanto, el que se cree seguro,
¡cuidado!, no caiga”.
Cada
vez estoy más convencido de una sola cosa: la misericordia de Dios sostiene mi
vida. Estoy seguro
de pocas cosas. Esa es una de ellas.
Decía un sacerdote: “Cuando era joven mis debilidades me
afligían. Ahora son ventanas por las que entra en mi vida la misericordia de
Dios. En esas miserias brilla la misericordia de Dios. Me llevan a ser más
humilde”.
Me tocaron sus palabras. No me creo
seguro de nada. No creo
que yo mismo vaya a lograr con mi esfuerzo lo que es don sagrado.
A veces buscamos certezas. Tantas
personas llegan a mí buscando certezas. Caminos seguros en medio de un mundo
inseguro, en movimiento, inestable. Buscan una roca sobre la que construir sus
vidas.
A veces nos obsesionamos con esa
seguridad de los hombres. Con esa armonía perfecta que sólo anhelamos.
Quiero decirle a Dios lo que le dijo
Moisés ese día de rodillas ante la zarza ardiente: “Aquí estoy”. Lo dijo
consciente de la pobreza de su vida. ¡Cómo iba él a salvar a todo un pueblo
esclavo! ¡Cómo iba a liberarlos de un pueblo tan poderoso!
La pequeñez de su vida la tocó ese día al
pisar terreno sagrado. Dijo en su corazón: “Aquí
estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Y la hizo. Cada día de su
vida fue seguir los pasos de Dios. Fue arrodillarse, escuchar y actuar. Fue
tomar su incapacidad en sus manos y ver cómo Dios construía con ese barro.
Eso es
lo que vale. La actitud confiada de los niños. Por eso hoy confío en esa misericordia
que me sostiene. Y le
digo que sí a Dios. Confío. Él confía.
Fuente: Carlos Padilla/Aleteia
