La experiencia con el Espíritu Santo salvó a Stefan Michiels
y lo potenció como apóstol de la misma misericordia que él ha recibido
A los 25 años, Stefan
Michiels vivía drogado y pensando en el suicidio. Hoy está casado, tiene cuatro
hijos y trabaja en Bélgica acompañando a jóvenes en riesgo. Su vida dio un giro
inesperado, tras una extraordinaria intervención del Espíritu Santo.
Cuenta Stefan que de niño tenía una imagen horrible, errada, de Dios… “Era un juez implacable dictaminando lo que era prohibido y tabú”. Así es que al llegar los años de la adolescencia escapó. “Me dejé absorber por el hard rock”, confiesa. Le fascinaban sus letras y pose rupturista con todo lo que fuere orden, autoridad y cristianismo... “Me parecía haber encontrado lo que estaba buscando: libertad y alegría. El día que cumplí 21 años, me fumé mi primer joint (porro), y así comencé a entrar en el mundo de las drogas. Muy pronto me enganché. Terminaba mis días subiendo las escaleras a cuatro patas, arrastrándome hasta la cama”.
Cuenta Stefan que de niño tenía una imagen horrible, errada, de Dios… “Era un juez implacable dictaminando lo que era prohibido y tabú”. Así es que al llegar los años de la adolescencia escapó. “Me dejé absorber por el hard rock”, confiesa. Le fascinaban sus letras y pose rupturista con todo lo que fuere orden, autoridad y cristianismo... “Me parecía haber encontrado lo que estaba buscando: libertad y alegría. El día que cumplí 21 años, me fumé mi primer joint (porro), y así comencé a entrar en el mundo de las drogas. Muy pronto me enganché. Terminaba mis días subiendo las escaleras a cuatro patas, arrastrándome hasta la cama”.
Descenso al infierno
A los 25 años Stephan creía tenerlo todo. Una pareja, una casa, un negocio, una
gran cantidad de dinero, motocicletas y muchos amigos. “Ya había ido a cientos
de conciertos... lo tenía todo y sin embargo sentía un enorme vacío interior”.
En este trance existencial, el quiebre se potenció cuando su padre murió de un
ataque al corazón. Nada parecía importar y sentía que sólo las drogas le daban refugio.
Luego terminó la relación con su novia y así, solo, continuó “en esta espiral
descendente… hasta la víspera de Navidad, cuando, ante un pesebre y sintiéndome
derrotado, le dije al Niño: «¡Si pudieras venir a nacer en mi corazón!»”
Luego de pronunciada la frase Stephan aguardó y en lo aparente, dice, no pasó
nada… “Sin embargo, este es el lugar donde todo comenzó”, reconoce. Cuatro
meses después y tras un difícil proceso para lograr desintoxicarse, “seguía en
el fondo del agujero”, aunque ya sin consumo de droga.
A la búsqueda del tesoro
“Pasaron los meses y recordé que un día mi padre me dijo: «Si buscas a Dios,
debes hacer una verdadera Cuaresma y ganarás una sorpresa en Pascua». Seguí su
consejo, a fondo. Y ocurrió que la noche del día cuarenta, estando en mi cama,
en el mismo momento que me agobiaron los pensamientos suicidas, volví mi rostro
hacia un crucifijo y hablé con Cristo”.
La oración de Stephan fue una súplica, una demanda venida de lo hondo de su
alma: «¿Por qué has muerto? Los cristianos hablan de salvación, de sanación.
¿Acaso hoy nada cambiará en mí? ¡Ya no tengo más vida en mí!», recuerda haber
dicho y luego continuó demandando… «Algunos te dicen: "Yo te amo",
pero yo no puedo decirlo… Si existes ¡Ven a mí ahora!»
Experiencia de perdón y el don del Espíritu
Santo
Cuenta Stephan que nada más terminar de pronunciar aquella súplica sintió “una
presencia cariñosa”. Pero de inmediato le asaltó el temor de haber hecho algo
que estaba mal. “El miedo se apoderó de mí, pero inmediatamente, oí al fondo de
mi corazón: «Stephan, ¡te amo!». Quedé anonadado porque yo era un gran
incrédulo. Tres preguntas vinieron luego a mí: «¿Estás listo para perdonar a
todos los que te han hecho daño? ¿Estás listo para perdonarte? ¿Me perdonas?»”
Stephan recuerda cuán sanador fue ese instante en que perdonó de corazón a
todos y cómo al no sentirse ya juzgado, sino amado, pudo también perdonarse a
sí mismo. Pero la última pregunta era compleja y entonces volvió a escuchar de
nuevo: “«Stephan, ¿quieres perdonarme?»… ¿Pero por qué, Señor?; «Por todo el
sufrimiento que has tenido en tu vida y la libertad que te di»… ¡Sí, te perdono
de todo corazón!... y todo esto sucedió en tres minutos”.
Los cincuenta días después de Pascua, Stephan continuó practicando ayunos
y un día mientras estaba en su cocina, recibió una "efusión del Espíritu
Santo". En ese momento quedó libre de miedos y dudas. “Vendí mi casa, dejé
todas mis pertenencias. Me sentí muy libre y muy feliz. Dios luego me llevó a
mi nueva comunidad católica donde conocí a la mujer que se convirtió en mi
esposa y con quien nos fuimos juntos como misioneros. La Iglesia que una vez
rechacé ferozmente hoy la amo profundamente. Amo la gracia de vida que fluye a
través de los sacramentos. Ellos me dan acceso a la presencia de Dios, el reino
de los cielos. ¡Encontrar a Dios en mi vida, me ha hecho un hombre feliz!”
Fuente: Portaluz
