Con el tiempo podemos tratar
a personas como cosas, a cosas como personas
En Metamorfosis de Kafka cierto día un viajante de
comercio, Gregorio Samsa, por causas desconocidas, se encuentra en su casa
transformado en cucaracha. Ve, oye, entiende, discurre, todo como antes, con la
única diferencia de su nueva apariencia y de que no puede hablar.
El asombro de
padres, hermanos y asistenta se pueden imaginar. Al principio sienten
repugnancia hacia lo que «saben» que es su hijo y hermano, aunque no lo
parezca. Pasan más de dos meses, se van haciendo a la nueva situación, si bien
no han superado su repugnancia instintiva. La hermana propone a sus padres librarse
de aquel monstruo. La duda va erosionando las reservas psíquicas de la familia:
«¿cómo va a ser esto Gregorio?».
La asistenta ya lo trata como lo que parece
ser, no como lo que los demás creen o dicen que es. Lo llama «bicho, pedazo de
bicho» y le da órdenes sin respeto alguno: «Ven aquí, bicho». Un día estuvo a
punto de aplastarlo con la pata de una silla. Como discurre, para evitar la
tragedia que se avecina, Gregorio se mete bajo los sofás, trepa por las paredes
hasta la lámpara. Así hasta que un día la asistenta lo pincha varias veces con
el deshollinador y muere.
Seguramente Kafka nos está indicando que podemos acostumbrarnos a tratar a las
personas por lo que parecen ser y no por lo que son; más aún, tendemos a
tratarlas como cosas, mientras acaso estemos tratando ciertas cosas –el coche,
o a los «animales de compañía»- como personas. El riesgo es indudablemente
mayor cuando una persona se presenta con «verdadera apariencia» de cosa.
Es el
caso singularísimo de la Eucaristía, Jesucristo se presenta bajo las
apariencias de pan y de vino. Tras las palabras de la Consagración, bajo las
especies sacramentales, no hay cosa, hay una Persona: Cristo, verdadero Dios y
verdadero hombre, con su cuerpo y su sangre. Por amor, ha corrido el riesgo de
ser tratado como cosa. Por amor, la Iglesia, a través de su Autoridad suprema y
demás Pastores ha de velar para que se trate a la Eucaristía como lo que es:
Persona divina, que se entrega, con su cuerpo, sangre, alma humana y divinidad,
con todo su ser divino y humano, crucificado y resucitado, con toda la fuerza
redentora del Misterio Pascual.
Es muy de agradecer la Instrucción de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos «Redemptionis Sacramentum» sobre algunas cosas que se deben observar o evitar a cerca
de la Santísima Eucaristía. Es un
documento curativo o profiláctico, según, para las eventuales metamorfosis
kafkianas que hayamos sufrido o podamos sufrir los presbíteros y los fieles,
por lo que toca a la tendencia a «cosificar» a Cristo y a «profanar» lo sacro.
Ahora, el que quiera tener una visión amplia y honda de la
Liturgia de la Iglesia desde una perspectiva cultural que abarca prácticamente
lo que es y ha sido el culto en la historia de la humanidad; si quiere ver y
comprender de alguna manera el detalle en el todo y el todo en el detalle,
habrá de leer El espíritu de la liturgia (Ed. Cristiandad, 2ª edición
castellana 2002), escrito por el Cardenal Joseph Ratzinger, hoy
papa emérito Benedicto XVI.
Conviene leerlo entero, también algunos párrafos
más difíciles, que luego arrojan gran luz sobre la Eucaristía, el Sacrificio
eucarístico, el significado de los ritos, las posturas, los gestos, todo ello
desde una perspectiva que acaso sólo se podría resumir con la palabra
"cósmica", porque Cristo -crucificado y resucitado- aparece como Alfa
y Omega de la Creación, de todo el curso de la "evolución" del
universo por Él creado -Logos- y por Él redimido y conducido a la
transfiguración crística en Dios Uno y Trino.
Y si se me pide algún detalle
curioso del libro, anecdótico, se puede mencionar el que nos ofrece el autor
extraído de una remota antigüedad clarividente: se dijo que el diablo no
tiene rodillas; carece de la capacidad de arrodillarse ante Dios, como
sucede a muchos de nuestros contemporáneos: han perdido la capacidad de
adoración. En cambio, Cristo Jesús, ora de rodillas en Getsemaní, más aún,
rostro en tierra, postrado, con una humildad que nos hace tanta falta como la
sencillez íntima y entrañable con la Trinidad en Cristo, con Él y por Él, en la
Eucaristía.