El año litúrgico se clausura con la solemnidad de Cristo, Rey del Universo. El
domingo que viene comenzaremos un año nuevo en la Iglesia con el tiempo de
Adviento. Al terminar el año, la liturgia nos invita a fijar la mirada en
Cristo, con el título de Rey. No es preciso insistir en que este título nada
tiene que ver con los reinos de este mundo, aunque no sobra decir que mucho
ganarían las naciones si sus reyes y gobernantes lo hicieran al estilo de
Cristo. ¿Qué significa el título de Rey aplicado a Cristo?
Es sabido que en Israel la realeza se consideraba de institución
divina, porque fue Dios mismo quien escogió por medio del profeta Samuel, a
petición del pueblo, al primer rey: Saúl. También David, su sucesor, fue elegido
por Dios, que fijó los ojos en un pastor que cuidaba las ovejas de su padre en
Belén. A pesar de sus graves pecados, David pasó a la historia como un gran rey
de cuya descendencia saldría el Mesías.
No es de extrañar, por tanto, que Jesús sea llamado en el Nuevo
Testamento «Hijo de David» hasta diecisiete veces, indicando que en él se había
cumplido la promesa hecha a David de tener por descendiente al Mesías. Y se
explica también que Jesús no quisiera que le identificaran con un rey al estilo
de David, y rechazara incluso la pretensión del pueblo de hacerle rey después de
la multiplicación de los panes y los peces. Sabía perfectamente que la gente de
su tiempo anhelaba un Mesías político, que liberase a su pueblo del imperio
romano y lo llevase a la prosperidad.
Quien mejor ha entendido la realeza de Cristo y su absoluta
novedad es el cuarto evangelio, del que hoy leemos el diálogo que Jesús tiene
con Pilato durante el juicio político. Cuando éste le pregunta si es rey, a
instigación de los judíos que buscaban enfrentarlo al emperador, Jesús evita la
respuesta directa y contesta: «Mi reino de no es de este mundo. Si mi reino
fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de
los judíos. Per mi reino no es de aquí». Deja claro que su reino no se entiende
con categorías temporales. Pero, al mismo tiempo, habla de su reino como algo
real. Por eso, Pilato insiste: «Luego, ¿tú eres rey?». Y aquí Jesús responde sin
rodeos: «Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al
mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi
voz» (Jn 18,37).
Todo lo que viene después en el relato de la pasión y muerte de
Cristo en el evangelio de Juan podría interpretarse como la exaltación de este
rey, levantado sobre la tierra en el trono de la cruz ante todas las miradas. Es
la gran paradoja de Cristo, constituido rey mediante la humillación de la pasión
y de la muerte, que el cuarto evangelio presenta, con inigualable maestría, como
elevación a la gloria. Cristo ha establecido el verdadero Reino, cuyas notas son
la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Un
reino en el que se entra tan fácilmente como entró el buen ladrón, cuando, al
escuchar las burlas de los soldados sobre la realeza de Cristo, le miró con fe,
arrepentido, y le pidió que se acordara de él en su Reino. Y la gracia no se
hizo esperar: «Te lo aseguro, dijo Jesús, hoy mismo estarás conmigo en el
Paraíso».
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia