El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza
Esta teóloga, que pasó por España enseñando a querer a Dios y al prójimo
desde su cátedra de la Universidad de Navarra, nos habla del perdón. Ella ya
está en la Casa del Padre, pero su voz y sus escritos siguen resonando en
nuestro mundo falto de misericordia.
Sólo en el perdón brota nueva vida. Por
esto es tan importante educar en el "arte" de practicarlo.
I. ¿Qué quiere
decir "perdonar"?
1. Reaccionar
ante un mal
En primer lugar, ha de tratarse realmente
de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que
está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo
montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me
ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida.
Situaciones semejantes pueden darse en la
educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él. Los buenos
padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman
en la fortaleza.
Una maestra me dijo en una ocasión:
"No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es
lo que piensen dentro de veinte años." El perdón sólo tiene sentido,
cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.
Por otro lado, perdonar no consiste, de
ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo.
Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus
cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier
precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que
todo les diera lo mismo. "No importa" si los otros no les dicen la
verdad; "no importa" cuando los utilizan como meros objetos para
conseguir unos fines egoístas; "no importan" tampoco el fraude o el
adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa
ceguera ante los valores.
La indignación e incluso la ira son
reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona,
no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una
injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar.
Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal
vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente
un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo… Al
final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente
directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento
de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.
2. Actuar con
libertad
El acto de perdonar es un asunto libre.
Es la única reacción que no re-actúa simplemente, según el conocido principio
"ojo por ojo, diente por diente". El odio provoca la violencia, y la
violencia justifica el odio.
Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción
en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al
proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto
a desatarme de los enfados y rencores. No estoy "reaccionando", de
modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.
Superar las ofensas, es una tarea sumamente
importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max
Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma. El otro le ha
herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda
atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más
repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.
Los resentimientos hacen que las heridas
se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador,
creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia,
uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto
consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar.
Los recuerdos amargos pueden encender
siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un
refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."
En su libro Mi primera amiga blanca, una
periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo
había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos,
"porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y
eliminado". La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a
reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su
identidad y su dignidad…
Las heridas no curadas pueden
reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones
desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona
herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una
coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así.
Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por
malas experiencias…
3. Recordar el pasado
Es una ley natural que el tiempo
"cura" algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace
olvidar. Algunos hablan de la "caducidad de nuestras emociones".
Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más, ni sentirse ya
herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su agresor, sino que tiene
ciertas "ganas de vivir".
Un determinado estado
psíquico -por intenso que sea- de ordinario no puede convertirse en permanente.
A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa.
No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en
nosotros el daño sufrido.
Si permanecemos en el dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza…
Hace falta "purificar la memoria". Una memoria sana puede convertirse
en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los
acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se
repitan, y las recuerdo como perdonadas.
4. Renunciar a la venganza
Le
pesaba sobre todo un crimen en el que había participado: en una ocasión, los
soldados a su mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado
la casa; todos murieron. "Sé que es horrible -dijo el oficial-. Durante
las largas noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran
urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo
corazón."
Wiesenthal concluye su relato diciendo:
"De pronto comprendí, y sin decir ni una sola palabra, salí de la
habitación". Otro judío añade: "No, no he perdonado a ninguno de los
culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a
ninguno"…Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. ..
Una persona que ama, siempre se hace
pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca a los demás. Es más humano amar y
sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior
a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo
el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido.
5. Mirar al
agresor en su dignidad personal
El perdón comienza cuando, gracias a una
fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás
desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está
dispuesta a escucharles con un corazón abierto…
Todo ser humano es más grande que su
culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta
pública a los nazis y habla de los crímenes cometidos en Francia: "Y a
pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en
ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás”.
Fuente: ReL
