Los fieles “estarán de
rodillas” a no ser por causa de salud, por la estrechez del lugar, por el gran
número de asistentes u otras causas razonables lo impidan, durante la
consagración”, dice el Instrucción General del Misal Romano (43).
Y la consagración no es sólo
el momento en que el sacerdote, imponiendo las manos, dice: “Santifica estos
dones… de manera que sean para nosotros Cuerpo y (+) sangre…”, sino que incluye
las palabras que pronunció Jesús en la última cena y que repite el sacerdote
“Tomad y comed….”, “Tomad y bebed…”
Al decir el sacerdote estas
palabras es cuando el pan y el vino, en sentido estricto, se convierten en el
cuerpo y la sangre de Cristo. Y la consagración acaba con las palabras del
sacerdote: “Este es el sacramento de nuestra fe”. Y el
pueblo contesta: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven,
Señor Jesús!”. Es en este momento cuando los fieles se pueden poner en pie. A continuación sigue la anamnesis y la
misa sigue su curso normal.
Es más, según esta misma instrucción,
como se había hecho: “donde existe la costumbre de que el pueblo permanezca de
rodillas desde cuando termina la aclamación del “Santo” hasta el final de la
Plegaria Eucarística y antes de la Comunión cuando el sacerdote dice “Éste es
el Cordero de Dios”, es laudable que se conserve” (Igmr, 43).
Por tanto quien
quiera estar de rodillas desde cuando termina la aclamación del “Santo” hasta
el final de la plegaria eucarística, es decir hasta antes del Padrenuestro, lo
puede hacer y haría bien.
¿Para qué conservar o aplicar
estos gestos y posturas durante la misa? “Los gestos y posturas corporales,
tanto del sacerdote, del diácono y de los ministros, como del pueblo, deben
tender a que toda la celebración resplandezca por el noble decoro y por la sencillez,
a que se comprenda el significado verdadero y pleno de cada una de sus diversas
partes y a que se favorezca la participación de todos” (Igmr, 42).
Fuente: Aleteia
