La familia vive de la promesa
de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer hacen el uno a la otra
El Papa Francisco dedicó la Audiencia General de este miércoles a la
promesa conyugal, es decir, “la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y
la mujer se hacen el uno al otro”. En su catequesis destacó
que “la fidelidad a las promesas es una verdadera obra maestra de
humanidad".
A continuación el texto completo de la catequesis gracias a Radio Vaticano:
En la meditación pasada hemos reflexionado sobre las importantes promesas
que los padres hacen a los niños, desde que ellos son pensados en el amor y
concebidos en el vientre.
Podemos agregar que, mirando bien, la entera realidad familiar está fundada
sobre la promesa - pensar bien esto, la identidad familiar está fundada sobre
la promesa-: se puede decir que la familia vive de la promesa
de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer hacen el uno a la otra. Esta
implica el compromiso de acoger y educar a los hijos; pero actúa también en el
cuidado de los padres ancianos, en el proteger y cuidar los miembros más
débiles de la familia, en el ayudarse el uno al otro para realizar las propias
cualidades y aceptar los propios límites. Y la promesa conyugal se amplía al
compartir las alegrías y los sufrimientos de todos los padres, las madres, los
niños, con generosa apertura en la humana convivencia y el bien común. Una
familia que se encierra en sí misma es como una contradicción, una
mortificación de la promesa que la ha hecho nacer y la hace vivir. No olviden
nunca: la identidad de la familia siempre es una promesa que se alarga y se
alarga a toda la familia y a toda la humanidad.
En nuestros días, el honor de la fidelidad a la promesa de la vida familiar aparece muy debilitada. Por
una parte, por un derecho mal entendido de buscar la propia satisfacción, a
toda costa y en cualquiera relación, es exaltado como un principio no
negociable de libertad. Por otra parte, porque se confían exclusivamente a la
obligación de la ley los vínculos de la vida de relación y del compromiso por
el bien común. Pero, en realidad, ninguno quiere ser amado solo por sus propios
bienes o por obligación. El amor, como también la amistad, deben su fuerza y su
belleza a este hecho: que generan un vínculo sin quitar la libertad. El amor es
libre, la promesa de la familia es libre, y esta es la belleza. Sin libertad no
puede haber amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio.
Por lo tanto, libertad y fidelidad no se oponen la una a la otra, más bien
se sostienen mutuamente, sea en las relaciones interpersonales, sea en las
sociales. De hecho, pensamos a los daños que producen, en la civilización de la
comunicación global, la inflación de promesas incumplidas, en varios campos, ¡y
la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos
adquiridos!
Si, queridos hermanos y hermanas, la fidelidad es una promesa de compromiso
autocumplida, creciendo en la libre obediencia a la palabra dada. La fidelidad
es una confianza que “quiere” ser realmente compartida, y una esperanza que
“quiere” ser cultivada juntos. Y hablando de fidelidad me viene a la mente
aquello que nuestros ancianos, nuestros abuelos cuentan: “ay aquellos tiempos”
cuando se hacía un acuerdo, un apretón de mano, era suficiente, porque había la
fidelidad a las promesas y esto que es un hecho social también tiene el origen
en la familia, en el apretón de manos del hombre y de la mujer para ir hacia
adelante juntos, toda la vida.
La fidelidad a las promesas son ¡una verdadera obra de arte de humanidad!
Si miramos a su audaz belleza, estamos asustados, pero si despreciamos su
valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor –ninguna
amistad, ninguna forma de querer bien, ninguna felicidad del bien común-
alcanza la altura de nuestro deseo y de nuestra esperanza, si no llega a
habitar este milagro del alma. Y digo “milagro”, porque la fuerza y la
persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no terminan de encantar y de
sorprendernos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se
pueden comprar ni vender. No se pueden obligar con la fuerza, y ni siquiera, y
ni si quiera, cuidar sin sacrificio.
Ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si la familia no lo
hace. Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la
dignidad humana, si el vínculo personal entre amor y generación no la escribe
en nuestra carne.
Hermanos y hermanas, es necesario restituir honor social a la fidelidad del
amor: restituir honor social a la fidelidad del amor. Es necesario sustraer a
la clandestinidad el milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que
regeneran su fundamento familiar, del cual cada sociedad vive, sin estar en
grado de garantizarlo en ningún otro modo. No por casualidad, este principio de
la fidelidad a la promesa del amor y de la generación está escrito en la
creación de Dios como una bendición perene, a la cual está confiado el mundo.
Si san Pablo puede afirmar que en el vínculo familiar está misteriosamente
revelada una verdad decisiva también para el vínculo del Señor y de la Iglesia, quiere decir que
la Iglesia misma encuentra aquí una bendición de cuidar y de la cual siempre
aprender, antes de enseñarla y disciplinarla. Nuestra fidelidad a la promesa
está aún siempre confiada a la gracia y a la misericordia de Dios. El amor por
la familia humana, en las buenas y en las malas, ¡es un punto de honor para la
Iglesia! Dios nos conceda ser a la altura de esta promesa. Y rezamos también
por los padres del Sínodo: el Señor bendiga su trabajo, realizado con fidelidad
creativa, en la confianza que Él en primer lugar, el Señor, Él en primer lugar,
es fiel a sus promesas. Gracias.
Fuente: Aciprensa
