Con que acaba, dando a entender lo que
le parece pretende nuestro Señor en hacer tan grandes
mercedes al alma, y cómo es necesario que anden juntas Marta y María. Es muy
provechoso.
1. No habéis de entender, hermanas, que siempre en un ser
están estos efectos que he dicho (1) en estas almas, que por eso adonde se me
acuerda digo "lo ordinario"; que algunas veces las deja nuestro Señor
en su natural, y no parece sino que entonces se juntan todas las cosas
ponzoñosas del arrabal y moradas de este castillo para vengarse de ellas por el
tiempo que no las pueden haber a las manos.
2. Verdad es que dura poco: un día lo más, o poco más; y en
este gran alboroto, que procede lo ordinario de alguna ocasión, se ve lo que
gana el alma en la buena compañía que está, porque la da el Señor una gran
entereza para no torcer en nada de su servicio y buenas determinaciones, sino
que parece le crecen, y por un primer movimiento muy pequeño no tuercen de esta
determinación.
Como digo, es pocas veces, sino que quiere nuestro Señor que no
pierda la memoria de su ser, para que siempre esté humilde, lo uno; lo otro,
porque entienda más lo que debe a Su Majestad y la grandeza de la merced que
recibe, y le alabe.
3. Tampoco os pase por pensamiento que por tener estas almas
tan grandes deseos y determinación de no hacer una imperfección por cosa de la
tierra, dejan de hacer muchas, y aun pecados. De advertencia no, que las debe
el Señor a estas tales dar muy particular ayuda para esto. Digo pecados
veniales, que de los mortales, que ellas entiendan, están libres, aunque no
seguras; (2) que tendrán algunos que no entienden, que no les será pequeño
tormento.
También se le dan (3) las almas que ven que se pierden; y aunque en
alguna manera tienen gran esperanza que no serán de ellas, cuando se acuerdan
de algunos que dice la Escritura que parecía eran favorecidos del Señor, como
un Salomón, que tanto comunicó con Su Majestad, no pueden dejar de temer, como
tengo dicho; (4) y la que se viere de vosotras con mayor seguridad en sí, ésa
tema más, porque bienaventurado el varón que teme a Dios, dice David. Su
Majestad nos ampare siempre; suplicárselo para que no le ofendamos es la mayor
seguridad que podemos tener. Sea por siempre alabado, amén.
4. Bien será, hermanas, deciros qué es el fin para que hace
el Señor tantas mercedes en este mundo. Aunque en los efectos de ellas lo
habréis entendido, si advertisteis en ello, os lo quiero tornar a decir aquí,
porque no piense alguna que es para sólo regalar estas almas, que sería grande
yerro; porque no nos puede Su Majestad hacer (5) mayor, que es darnos vida que
sea imitando a la que vivió su Hijo tan amado; y así tengo yo por cierto que
son estas mercedes para fortalecer nuestra flaqueza como aquí he dicho alguna
vez (6) para poderle imitar en el mucho padecer.
5. Siempre hemos visto que los que más cercanos anduvieron a
Cristo nuestro Señor fueron los de mayores trabajos: miremos los que pasó su
gloriosa Madre y los gloriosos apóstoles. ¿Cómo pensáis que pudiera sufrir San
Pablo tan grandísimos trabajos? Por él podemos ver qué efectos hacen las
verdaderas visiones y contemplación, cuando es de nuestro Señor y no
imaginación o engaño del demonio. ¿Por ventura escondióse con ellas para gozar
de aquellos regalos y no entender en otra cosa? Ya lo veis, que no tuvo día de
descanso, a lo que podemos entender, y tampoco le debía tener de noche, pues en
ella ganaba lo que había de comer (7). Gusto yo mucho de San Pedro cuando iba
huyendo de la cárcel y le apareció nuestro Señor y le dijo que iba a Roma a ser
crucificado otra vez. Ninguna rezamos esta fiesta adonde esto está, que no me
es particular consuelo (8). ¿Cómo quedó San Pedro de esta merced del Señor, o
qué hizo? Irse luego a la muerte; y no es poca misericordia del Señor hallar
quien se la dé.
6. ¡Oh hermanas mías, qué olvidado debe tener su descanso, y
qué poco se le debe de dar de honra, y qué fuera debe estar de querer ser
tenida en nada el alma adonde está el Señor tan particularmente! Porque si ella
está mucho con El, como es razón, poco se debe de acordar de sí; toda la
memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor
que le tiene. Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este
matrimonio espiritual: de que nazcan siempre obras, obras.
7. Esta es la verdadera muestra de ser cosa y merced hecha
de Dios como ya os he dicho (9), porque poco me aprovecha estarme muy recogida
a solas haciendo actos con nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de hacer
maravillas por su servicio, si en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión,
lo hago todo al revés. Mal dije que aprovechará poco, que todo lo que se está
con Dios aprovecha mucho; y estas determinaciones, aunque seamos flacos en no
las cumplir después, alguna vez, nos dará Su Majestad cómo lo hagamos, y aun
quizá aunque nos pese, como acaece muchas veces: que, como ve un alma muy
cobarde, dale un muy gran trabajo, bien contra su voluntad, y sácala con
ganancia; y después, como esto entiende el alma, queda más perdido el miedo,
para ofrecerse más a El. Quise decir que es poco, en comparación de lo mucho
más que es que conformen las obras con los actos y palabras, y que la que no
pudiere por junto, sea poco a poco; vaya doblando su voluntad, si quiere que le
aproveche la oración: que dentro de estos rincones (10) no faltarán hartas
ocasiones en que lo podáis hacer.
8. Mirad que importa esto mucho más que yo os sabré
encarecer. Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco. Si Su
Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos, ¿cómo
queréis contentarle con sólo palabras? ¿Sabéis qué es ser espirituales de
veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien, señalados con su hierro que es el de
la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad, los pueda vender por esclavos
de todo el mundo, como El lo fue; que no les hace ningún agravio ni pequeña
merced. Y si a esto no se determinan, no hayan miedo que aprovechen mucho,
porque todo este edificio como he dicho (11) es su cimiento humildad; y si no
hay ésta muy de veras, aun por vuestro bien no querrá el Señor subirle muy
alto, porque no dé todo en el suelo. Así que, hermanas, para que lleve buenos
cimientos, procurad ser la menor de todas y esclava suya, mirando cómo o por
dónde las podéis hacer placer y servir; pues lo que hiciereis en este caso,
hacéis más por vos que por ellas, poniendo piedras tan firmes, que no se os
caiga el castillo.
9. Torno a decir, que para esto es menester no poner vuestro
fundamento sólo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y hay
ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas; y aun plega a Dios que sea
sólo no crecer, porque ya sabéis que quien no crece, descrece; porque el amor
tengo por imposible contentarse de estar en un ser, adonde le hay.
10. Pareceros ha que hablo con los que comienzan, y que
después pueden ya descansar. Ya os he dicho (12) que el sosiego que tienen
estas almas en lo interior, es para tenerle muy menos, ni querer tenerle, en lo
exterior. ¿Para qué pensáis que son aquellas inspiraciones que he dicho, o por
mejor decir aspiraciones, y aquellos recaudos que envía el alma del centro
interior a la gente de arriba del castillo, y a las moradas que están fuera de
donde ella está? ¿Es para que se echen a dormir? ¡No, no, no!, que más guerra
les hace desde allí, para que no estén ociosas potencias y sentidos y todo lo
corporal, que les ha hecho cuando andaba con ellos padeciendo; porque entonces
no entendía la ganancia tan grande que son los trabajos, que por ventura han
sido medios para traerla Dios allí, y cómo la compañía que tiene le da fuerzas
muy mayores que nunca. Porque si acá dice David que con los santos seremos
santos (13), no hay que dudar, sino que, estando hecha una cosa con el Fuerte
por la unión tan soberana de espíritu con espíritu, se le ha de pegar
fortaleza, y así veremos la que han tenido los santos para padecer y morir.
11. Es muy cierto que aun de la que ella allí se le pega,
acude a todos los que están en el castillo, y aun al mismo cuerpo, que parece
muchas veces no se siente; sino, esforzado con el esfuerzo que tiene el alma
bebiendo del vino de esta bodega, adonde la ha traído su Esposo (14) y no la
deja salir, redunda en el flaco cuerpo, como acá el manjar que se pone en el
estómago da fuerza a la cabeza y a todo él (15). Y así tiene harta malaventura
mientras vive; porque, por mucho que haga, es mucho más la fuerza interior y la
guerra que se le da, que todo le parece nonada. De aquí debían venir las
grandes penitencias que hicieron muchos santos, en especial la gloriosa
Magdalena, criada siempre en tanto regalo, y aquella hambre que tuvo nuestro
padre Elías de la honra de su Dios (16) y tuvo Santo Domingo y San Francisco de
allegar almas para que fuese alabado; que yo os digo que no debían pasar poco,
olvidados de sí mismos.
12. Esto quiero yo, mis hermanas, que procuremos alcanzar, y
no para gozar, sino para tener estas fuerzas para servir: deseemos y nos
ocupemos en la oración; no queramos ir por camino no andado, que nos perderemos
al mejor tiempo; y sería bien nuevo pensar tener estas mercedes de Dios por
otro que el que El fue y han ido todos sus santos; no nos pase por pensamiento;
creedme, que Marta y María han de andar juntas para hospedar al Señor y tenerle
siempre consigo, y no le hacer mal hospedaje no le dando de comer (17). ¿Cómo
se lo diera María, sentada siempre a sus pies, si su hermana no le ayudara? Su
manjar es que de todas las maneras que pudiéremos lleguemos almas para que se
salven y siempre le alaben.
13. Decirme heis dos cosas: la una, que dijo que María había
escogido la mejor parte (18). Y es que ya había hecho el oficio de Marta,
regalando al Señor en lavarle los pies y limpiarlos con sus cabellos (19), y
¿pensáis que le sería poca mortificación a una señora como ella era, irse por
esas calles, y por ventura sola, porque no llevaba hervor para entender cómo
iba, y entrar adonde nunca había entrado, y después sufrir la murmuración del
fariseo y otras muy muchas que debía sufrir? Porque ver en el pueblo una mujer
como ella hacer tanta mudanza, y como sabemos, entre tan mala gente, que
bastaba ver que tenía amistad con el Señor, a quien ellos tenían tan
aborrecido, para traer a la memoria la vida que había hecho, y que se quería
ahora hacer santa, porque está claro que luego mudaría vestido y todo lo demás;
pues ahora se dice a personas, que no son tan nombradas, ¿qué sería entonces?
Yo os digo, hermanas, que venía "la mejor parte" sobre hartos
trabajos y mortificación, que aunque no fuera sino ver a su Maestro tan
aborrecido, era intolerable trabajo. Pues los muchos que después pasó en la
muerte del Señor y en los años que vivió, en verse ausente de El, que serían de
terrible tormento, se verá que no estaba siempre con regalo de contemplación a
los pies del Señor. Tengo para mí que el no haber recibido martirio fue por
haberle pasado en ver morir al Señor (20).
14. La otra (21), que no podéis vosotras, ni tenéis cómo
allegar almas a Dios; que lo haríais de buena gana, mas que no habiendo de
enseñar ni de predicar, como hacían los apóstoles, que no sabéis cómo. A esto
he respondido por escrito algunas veces (22), y aun no sé si en este Castillo;
mas porque es cosa que creo os pasa por pensamiento, con los deseos que os da
el Señor, no dejaré de decirlo aquí: ya os dije en otra parte (23) que algunas
veces nos pone el demonio deseos grandes, porque no echemos mano de lo que
tenemos a mano para servir a nuestro Señor en cosas posibles, y quedemos
contentas con haber deseado las imposibles. Dejado que en la oración ayudaréis
mucho (24), no queráis aprovechar a todo el mundo, sino a las que están en
vuestra compañía, y así será mayor la obra, porque estáis a ellas más obligada.
¿Pensáis que es poca ganancia que sea vuestra humildad tan grande, y
mortificación, y el servir a todas, y una gran caridad con ellas, y un amor del
Señor, que ese fuego las encienda a todas, y con las demás virtudes siempre las
andéis despertando? No será sino mucha, y muy agradable servicio al Señor, y
con esto que ponéis por obra que podéis, entenderá Su Majestad que haríais
mucho más; y así os dará premio como si le ganaseis muchas.
15. Diréis que esto no es convertir, porque todas son
buenas. ¿Quién os mete en eso? Mientras fueren mejores, más agradables serán
sus alabanzas al Señor y más aprovechará su oración a los prójimos.
En fin, hermanas mías, con lo que concluyo es, que no
hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las
obras como el amor con que se hacen; y como hagamos lo que pudiéremos, hará Su
Majestad que vayamos pudiendo cada día más y más, como no nos cansemos luego,
sino que lo poco que dura esta vida y quizá será más poco de lo que cada una
piensa interior y exteriormente ofrezcamos al Señor el sacrificio que
pudiéremos, que Su Majestad le juntará con el que hizo en la cruz por nosotras
al Padre, para que tenga el valor que nuestra voluntad hubiere merecido, aunque
sean pequeñas las obras.
16. Plega a Su Majestad, hermanas e hijas mías, que nos
veamos todas adonde siempre le alabemos, y me dé gracia para que yo obre algo
de lo que os digo, por los méritos de su Hijo, que vive y reina por siempre
jamás amén; que yo os digo que es harta confusión mía, y así os pido por el
mismo Señor que no olvidéis en vuestras oraciones esta pobre miserable (25).
NOTAS MORADAS VII, c. 4
1 En el
c. 3, nn. 2-10.
2 Fray Luis
en su edición príncipe (p. 256) imprimió este pasaje sin retoque ni glosa
alguna. Pero al reeditar las Moradas al año siguiente (1589) lo marginó con una
advertencia importante: "En estas palabras demuestra claramente la Santa
Madre la verdad y limpieza de su doctrina acerca de la certidumbre de la
gracia, pues de almas tan perfectas y favorecidas de Dios y que gozan de su
presencia por manera tan especial como las deste grado y morada, dicen que no
están seguras de si tienen algunos pecados mortales que no entienden, que el
recelo desto las atormenta".
3
"Se les dan las almas", escribió la Santa por desliz de aliteración.
Sigo la lectura de fray Luis (p. 256).
4 Alude a
M. III, c. 1, nn. 1-4, en que adujo ya el ejemplo de Salomón (3 Reg. 11) y el
salmo de David (111, 1) aquí citados. Véase además M. VII, c. 3, nn. 13-14.
5
Hacerle: de lectura dudosa.
6 En M.
VI, c. 9, nn. 16-17, y cf. c. 1, n. 7.
7 Alusión
a los textos paulinos propuestos como norma en la Regla del Carmen (1 Ts 2, 9,
etc.).
8 Alusión
a la leyenda del "Quo vadis Domine?", que figuraba en el oficio
carmelitano de San Pedro (29 de junio), cuya antífona del Magníficat decía:
"Beatus Petrus Apostolus vidit sibi Christum accurrere. Adorans eum, ait:
Domine, quo vadis? - Venio Romam iterum crucifigi".
9 Lo ha
inculcado en M. V, c. 3, n. 11.
10 Estos
rincones: los humildes conventos de carmelitas.
11 Lo ha
dicho a lo largo de las primeras Moradas (cf. 2, nn. 8, 9, 11, 13).
12 Lo ha
dicho en el c. 3; cf. los nn. 3, 5, 6, 8.
13 Salmo
17, 26.
14 Alusión
a Ct 2, 4.
15 A todo
él: lectura dudosa. Fray Luis leyó: "a todo el cuerpo" (p. 262).
16
Alusión al lema del Carmelo: "Zelo zelatus sum", 2 Reg. 19, 10.
17 Mt 10,
38-39.
18 Lc 10,
42.
19 Lc 7,
37-38.
20 Toda
esta frase fue añadida por la Santa al margen del autógrafo.
21 La
otra: es decir, la otra cosa que diréis... (cf. n. 13).
22 Cf.
Camino cc. 1-3, y Conceptos c. 7 passim.
23 Cf. M.
III, c. 2, n. 13.
24
Ayudaréis mucho: a "allegar almas a Dios" (cf. la objeción puesta al
principio de este número).
25 En el
autógrafo sigue un largo texto con la aprobación autógrafa de estas séptimas
moradas, por el Padre Rodrigo Alvarez, S.J., escrita en el locutorio del
Carmelo de Sevilla en presencia de María de San José a 22 de febrero de 1582. -
A continuación sigue el "epílogo", que en realidad es una carta de
acompañamiento del libro, dirigida como éste a las Carmelitas, y que
primitivamente precedió al prólogo de las Moradas y fue paginada por el P.
Gracián con los nn. 2 y 3.
Fuente: Mercaba
