En que se trata de la
fundación de la casa de Valladolid. Llámase este monasterio la Concepción de
Nuestra Señora del Carmen.
1.
Antes que se fundase este monasterio de San José en Malagón, cuatro o cinco
meses, tratando conmigo un caballero principal (1), mancebo, me dijo que, si
quería hacer monasterio en Valladolid, que él daría una casa que tenía, con una
huerta muy buena y grande, que tenía dentro una gran viña, de muy buena gana, y
quiso dar luego la posesión; tenía harto valor.
Yo la tomé, aunque no estaba muy determinada a fundarle allí, porque estaba casi un cuarto de legua del lugar. Mas parecióme que se podría pasar a él (2), como allí se tomase la posesión. Y como él lo hacía tan de gana, no quise dejar de admitir su buena obra, ni estorbar su devoción.
Yo la tomé, aunque no estaba muy determinada a fundarle allí, porque estaba casi un cuarto de legua del lugar. Mas parecióme que se podría pasar a él (2), como allí se tomase la posesión. Y como él lo hacía tan de gana, no quise dejar de admitir su buena obra, ni estorbar su devoción.
2.
Desde a dos meses, poco más o menos, le dio un mal tan acelerado que le quitó
el habla, y no se pudo bien confesar, aunque tuvo muchas señales de pedir al
Señor perdón. Murió muy en breve, harto lejos de donde yo estaba (3). Díjome el
Señor que había estado su salvación en harta aventura, y que había habido
misericordia de él por aquel servicio que había hecho a su Madre en aquella
casa que había dado para hacer monasterio de su orden, y que no saldría de
purgatorio hasta la primera misa que allí se dijese, que entonces saldría. Yo
traía tan presente las graves penas de esta alma, que aunque en Toledo deseaba
fundar, lo dejé por entonces y me di toda la prisa que pude para fundar como
pudiese en Valladolid.
3.
No pudo ser tan presto como yo deseaba, porque forzado me hube de detener en
San José de Avila, que estaba a mi cargo, hartos días, y después en San José de
Medina del Campo, que fui por allí, adonde estando un día en oración, me dijo
el Señor que me diese prisa, que padecía mucho aquel alma; que, aunque no tenía
mucho aparejo, lo puse por obra y entré en Valladolid día de San Lorenzo (4). Y
como vi la casa, diome harta congoja, porque entendí era desatino estar allí
monjas sin muy mucha costa; y aunque era de gran recreación, por ser la huerta
tan deleitosa, no podía dejar de ser enfermo, que estaba cabe el río.
4.
Con ir cansada, hube de ir a misa a un monasterio de nuestra Orden (5), que vi
que estaba a la entrada del lugar, y era tan lejos, que me dobló más la pena.
Con todo, no lo decía a mis compañeras por no las desanimar. Aunque flaca,
tenía alguna fe que el Señor, que me había dicho lo pasado, lo remediaría. Hice
muy secretamente venir oficiales y comenzar a hacer tapias para lo que tocaba
al recogimiento, y lo que era menester. Estaba con nosotras el clérigo que he
dicho, llamado Julián de Avila, y uno de los dos frailes que queda dicho, que
quería ser descalzo (6), que se informaba de nuestra manera de proceder en
estas casas. Julián de Avila entendía en sacar la licencia del Ordinario, que
ya había dado buena esperanza antes que yo fuese. No se pudo hacer tan presto
que no viniese un domingo antes que estuviese alcanzada la licencia; mas
diéronnosla para decir misa adonde teníamos para iglesia, y así nos la dijeron.
5.
Yo estaba bien descuidada de que entonces se había de cumplir lo que se me
había dicho de aquel alma; (7) porque, aunque se me dijo "a la primera
misa", pensé que había de ser a la que se pusiese el Santísimo Sacramento.
Viniendo el sacerdote adonde habíamos de comulgar, con el Santísimo Sacramento
en las manos, llegando yo a recibirle, junto al sacerdote se me representó el
caballero que he dicho, con rostro resplandeciente y alegre; (8) puestas las
manos, me agradeció lo que había puesto por él para que saliese del purgatorio
y fuese aquel alma al cielo.
Y cierto que la primera vez que entendí estaba en
carrera de salvación, que yo estaba bien fuera de ello y con harta pena,
pareciéndome que era menester otra muerte para su manera de vida; que aunque
tenía buenas cosas, estaba metido en las del mundo. Verdad es que había dicho a
mis compañeras que traía muy delante la muerte. Gran cosa es lo que agrada a
nuestro Señor cualquier servicio que se haga a su Madre, y grande es su
misericordia. Sea por todo alabado y bendito, que así paga con eterna vida y
gloria la bajeza de nuestras obras y las hace grandes siendo de pequeño valor.
6.
Pues llegado el día de nuestra Señora de la Asunción, que es a quince de
agosto, año de 1568, se tomó la posesión de este monasterio. Estuvimos
allí poco, porque caímos casi todas muy malas. Viendo esto una señora de aquel
lugar, llamada doña María de Mendoza, mujer del comendador Cobos, madre del
marqués de Camarasa, muy cristiana y de grandísima caridad (sus limosnas en
gran abundancia la daban bien a entender), hacíame mucha caridad de antes que
yo la había tratado, porque es hermana del obispo de Avila que en el primer
monasterio nos favoreció mucho y en todo lo que toca a la Orden. Como tiene
tanta caridad y vio que allí no se podrían pasar sin gran trabajo, así por ser
lejos para las limosnas, como por ser enfermo, díjonos que le dejásemos aquella
casa y nos compraría otra. Y así lo hizo, que valía mucho más la que nos dio,
con dar todo lo que era menester hasta ahora, y lo hará mientras viviere.
7.
Día de San Blas (9), nos pasamos a ella con gran procesión y devoción del
pueblo; y siempre la tiene, porque hace el Señor muchas misericordias en
aquella casa, y ha llevado a ella almas, que a su tiempo se pondrá su santidad,
para que sea alabado el Señor, que por tales medios quiere engrandecer sus
obras y hacer merced a sus criaturas. Porque entró allí una que dio a entender
lo que es el mundo en despreciarle, de muy poca edad. Me ha parecido decirlo
aquí, para que se confundan los que mucho le aman, y tomen ejemplo las
doncellas a quien el Señor diere buenos deseos e inspiraciones, para ponerlos
por obra.
8.
Está en este lugar una señora, que llaman doña María de Acuña, hermana del
conde de Buendía (10). Fue casada con el Adelantado de Castilla. Muerto él,
quedó con un hijo y dos hijas, y harto moza. Comenzó a hacer vida de tanta
santidad y a criar sus hijos en tanta virtud, que mereció que el Señor los
quisiese para sí. No dije bien, que tres hijas la quedaron: la una fue luego
monja; otra no se quiso casar, sino hacía vida con su madre de gran
edificación; (11) el hijo de poca edad comenzó a entender lo que era el mundo y
a llamarle Dios para entrar en religión, de tal suerte que no bastó nadie a
estorbárselo, aunque su madre holgaba tanto de ello, que con nuestro Señor le
debía ayudar mucho, aunque no lo mostraba, por los deudos. En fin, cuando el
Señor quiere para sí un alma, tienen poca fuerza las criaturas para estorbarlo;
así acaeció aquí, que con detenerle tres años con hartas persuasiones, se entró
en la Compañía de Jesús. Díjome un confesor de esta señora, que le había dicho
que en su vida había llegado gozo a su corazón como el día que hizo profesión
su hijo.
9.
¡Oh Señor! ¡Qué gran merced hacéis a los que dais tales padres, que aman tan
verdaderamente a sus hijos, que sus estados y mayorazgos y riquezas quieren que
los tengan en aquella bienaventuranza que no ha de tener fin! Cosa es de gran
lástima que está el mundo ya con tanta desventura y ceguedad, que les parece a
los padres que está su honra en que no se acabe la memoria de este estiércol de
los bienes de este mundo y que no la haya de que tarde o temprano se ha de
acabar.
Y todo lo que tiene fin, aunque dure, se acaba, y hay que hacer poco
caso de ello, y que a costa de los pobres hijos quieran sustentar sus vanidades
y quitar a Dios, con mucho atrevimiento, las almas que quiere para sí, y a
ellas un tan gran bien que, aunque no hubiera el que ha de durar para siempre,
que les convida Dios con él, es grandísimo verse libre de los cansancios y
leyes del mundo, y mayor es (12) para los que más tienen. Abridles, Dios mío,
los ojos; dadles a entender qué es el amor que están obligados a tener a sus
hijos, para que no los hagan tanto mal y no se quejen delante de Dios, en aquel
juicio final, de ellos, adonde, aunque no quieran, entenderán el valor de cada
cosa.
10.
Pues como, por la misericordia de Dios, sacó a este caballero, hijo de esta
señora doña María de Acuña (13) (él se llama don Antonio de Padilla), de edad
de diecisiete años, del mundo, poco más o menos, quedaron los estados en la
hija mayor, llamada doña Luisa de Padilla; porque el conde de Buendía no tuvo
hijos, y heredaba don Antonio este condado y el ser Adelantado de Castilla.
Porque no hace a mi propósito, no digo lo mucho que padeció con sus deudos
hasta salir con su empresa. Bien se entenderá a quien entendiere lo que precian
los del mundo que haya sucesor de sus casas.
11.
¡Oh Hijo del Padre Eterno, Jesucristo, Señor nuestro, Rey verdadero de todo!
¿Qué dejasteis en el mundo? ¿Qué pudimos heredar de Vos vuestros descendientes?
¿Qué poseísteis, Señor mío, sino trabajos y dolores y deshonras, y aun no
tuvisteis sino un madero en que pasar el trabajoso trago de la muerte? En fin,
Dios mío, que los que quisiéremos ser vuestros hijos verdaderos y no renunciar
la herencia, no nos conviene huir del padecer. Vuestras armas son cinco llagas.
¡Ea,
pues, hijas mías!, ésta ha de ser nuestra divisa, si hemos de heredar su reino;
no con descansos, no con regalos, no con honras, no con riquezas se ha de ganar
lo que El compró con tanta sangre. ¡Oh gente ilustre! Abrid por amor de Dios
los ojos. Mirad que los verdaderos caballeros de Jesucristo y los príncipes de
su Iglesia, un San Pedro y San Pablo, no llevaban el camino que lleváis.
¿Pensáis por ventura que ha de haber nuevo camino para vosotros? No lo creáis.
Mirad que comienza el Señor a mostrárosle por personas de tan poca edad como de
los que ahora hablamos.
12.
Algunas veces he visto y hablado a este don Antonio. Quisiera tener mucho más
para dejarlo todo. Bienaventurado mancebo y bienaventurada doncella, que han
merecido tanto con Dios, que en la edad que el mundo suele señorear a sus
moradores le repisasen ellos. Bendito sea el que los hizo tanto bien.
13.
Pues como quedasen los estados en la hermana mayor, hizo el caso de ellos que
su hermano; porque desde niña se había dado tanto a la oración que es adonde el
Señor da luz para entender las verdades, que lo estimó tan poco como su
hermano. ¡Oh, válgame Dios a qué de trabajos y tormentos y pleitos y aun a
aventurar las vidas y las honras se pusieran muchos por heredar esta herencia!
No pasaron pocos en que se la consintiesen dejar. Así es este mundo, que él nos
da bien a entender sus desvaríos si no estuviésemos ciegos. Muy de buena gana,
porque la dejasen libre de esta herencia, la renunció en su hermana, que ya no
había otra, que era de edad de diez u once años. Luego, porque no se perdiese
la negra memoria, ordenaron los deudos de casar esta niña con un tío suyo,
hermano de su padre, y trajeron del Sumo Pontífice dispensación, y
desposáronlos (14).
14.
No quiso el Señor que hija de tal madre y hermana de tales hermanos quedase más
engañada que ellos, y así sucedió lo que ahora diré. Comenzando la niña a gozar
de los trajes y atavíos del mundo que, conforme a la persona, serían para
aficionar en tan poca edad como ella tenía, aun no había dos meses que era
desposada cuando comenzó el Señor a darla luz, aunque ella entonces no lo
entendía. Cuando había estado el día con mucho contento con su esposo, que le
quería con más extremo que pedía su edad, dábale una tristeza muy grande viendo
cómo se había acabado aquel día, y que así se habían de acabar todos. ¡Oh grandeza
de Dios, que del mismo contento que le daban los contentos de las cosas
perecederas, le vino a aborrecer! Comenzóle a dar una tristeza tan grande que
no la podía encubrir a su esposo, ni ella sabía de qué ni qué le decir, aunque
él se lo preguntaba.
15.
En este tiempo ofreciósele un camino adonde no pudo dejar de ir, lejos del
lugar. Ella sintió mucho, como le quería tanto. Mas luego le descubrió el Señor
la causa de su pena, que era inclinarse su alma a lo que no se ha de acabar, y
comenzó a considerar cómo sus hermanos habían tomado lo más seguro y dejádola a
ella en los peligros del mundo. Por una parte esto; por otra, parecerle que no
tenía remedio (porque no había venido a su noticia que siendo desposada podía
ser monja, hasta que lo preguntó), traíala fatigada; y, sobre todo, el amor que
tenía a su esposo no la dejaba determinar, y así pasaba con harta pena.
16.
Como el Señor la quería para sí, fuela quitando este amor y creciendo el deseo
de dejarlo todo. En este tiempo sólo la movía el deseo de salvarse y de buscar
los mejores medios; que le parecía que, metida más en las cosas del mundo, se
olvidaría de procurar lo que es eterno, que esta sabiduría le infundió Dios en
tan poca edad, de buscar cómo ganar lo que no se acaba. ¡Dichosa alma que tan presto
salió de la ceguedad en que acaban muchos viejos! Como se vio libre la
voluntad, determinóse del todo de emplearla en Dios, que hasta esto había
callado, y comenzó a tratarlo con su hermana. Ella, pareciéndole niñería, la
desviaba de ello y le decía algunas cosas para esto, que bien se podía salvar
siendo casada. Ella le respondió que por qué lo había dejado ella. Y pasaron
algunos días. Siempre iba creciendo su deseo, aunque a su madre no osaba decir
nada, y por ventura era ella la que la daba la guerra con sus santas oraciones.
NOTAS CAPÍTULO 10
1
D. Bernardino de Mendoza, hermano del Obispo de Avila D. Alvaro de Mendoza, y
de doña María de Mendoza: los tres personajes entrarán en acción en este
capítulo. - Mancebo, en la acepción de "joven y soltero". - La finca
ofrecida para la fundación era Río de Olmos, a poco más de un kilómetro de la
puerta del Carmen, al sur de la ciudad, junto al río. Unico resto del paso de
la Santa es una ermita abandonada.
2
Pasar a él: al lugar, o sea, a la ciudad.
3
Murió en Ubeda, a primeros de 1568, mientras la Santa se hallaba en el convento
de La Imagen de Alcalá.
4
Diez de agosto de 1568. Etapas de su viaje: El 19 de mayo sale de Malagón; el
29, de Toledo para Escalona; del 2 al 30 de junio está en Avila, donde es Priora.
El 30 sale de Avila, pasa por Duruelo y Medina, donde está del 1 al 9 de
agosto, y el 10 entra en Valladolid.
5
El de Carmelitas Calzados. - La palabra vi fue tachada por un corrector. -
Acompañaban a la Santa tres monjas fundadoras.
6
De Julián de Avila habló en el c. 3, n. 2; el fraile descalzo era San Juan de
la Cruz que en Valladolid se sometió a un delicado aprendizaje de vida
carmelitana, bajo la dirección y el magisterio de la Reformadora.
7
Cf. n. 2.
8
D. Bernardino (cf. n. 1), puestas las manos, es decir, con ellas juntas y
erigidas en actitud orante. JULIAN DE AVILA, actor en aquella escena, refiere:
"... y cuando di el Santísimo Sacramento a la Madre, la vi con grande
arrobamiento, el cual tenía muchas veces antes o después que le recibía"
(Vida de la Santa, P. 2, c. 8, p. 263 y cf. B.M.C., t. 18, p. 221). Rubens
inmortalizó la escena.
9
Tres de febrero de 1568. - Unas líneas más adelante escribió dos veces la frase
entró allí una, que luego fue tachada.
10
Duque, había escrito la Santa, que se apresuró a corregir su confusión de
títulos. - Las ediciones antiguas, hasta la de 1572 suprimieron cuanto sigue de
este capítulo y el siguiente: todo el episodio de Casilda de Padilla. Para
facilitar la intelección del relato, basten los datos siguientes: doña María de
Acuña, viuda de don Juan de Padilla y Manrique, Adelantado Mayor de Castilla,
tuvo cuatro hijos: D. Antonio, heredero de los títulos, María de Acuña, Luisa
de Padilla y Casilda de Padilla. El primero se hizo jesuita (novicio en
Valladolid bajo el P. Baltasar Alvarez, confesor de la Santa); doña Luis se
hizo franciscana; doña María, dominica; Casilda, a los doce años, se desposó
(no se casó) con su tío D. Martín de Padilla, pero en seguida burló al esposo y
entró carmelita. Para salvar el título, hubo de salir de su convento la
franciscana, doña Luisa (con dispensa pontificia), quien casó con el fracasado
don Martín.
11
De la tercera, protagonista de esta historia, hablará en el n. 13.
12
Mayor es...: el es fue escrito entre líneas por la Santa, para aclarar el
pensamiento: mayor es el cansancio o trabajo, para quien más bienes del mundo
tiene.
13
Ordenando la frase: Dios sacó del mundo a este caballero, hijo de esta Sra...
(él se llama D. Antonio...) de edad de 17 años poco más o menos.
14
Desposáronlos: celebraron los esponsales, con mutua y solemne promesa de
matrimonio.
Fuente: Mercaba
