La escena de la tempestad calmada se ha utilizado a menudo para presentar a la
Iglesia como la barca de Pedro, zarandeada por las olas del mar, que, sin
embargo, no pueden hacerla naufragar porque Cristo está en ella. Muchos
cristianos, ante las dificultades, acuden a Cristo angustiados y repiten la
pregunta de los discípulos: «¿Maestro, no te importa que nos hundamos?» Creen
que Jesús duerme, se desinteresa de la Iglesia y la abandona al oleaje de la
tempestad.
Sin decirlo expresamente, consideran que Cristo debería intervenir constantemente en el acontecer de la Iglesia, de manera que ésta avanzara por la historia del mundo sin zarandeos, en un mar que ha perdido la capacidad de encresparse. Sueñan con un Cristo hacedor de milagros, como aquellos vecinos suyos que le exigían prodigios para creer en él.
Sin decirlo expresamente, consideran que Cristo debería intervenir constantemente en el acontecer de la Iglesia, de manera que ésta avanzara por la historia del mundo sin zarandeos, en un mar que ha perdido la capacidad de encresparse. Sueñan con un Cristo hacedor de milagros, como aquellos vecinos suyos que le exigían prodigios para creer en él.
Después de calmar la tempestad, Jesús reprendió a los suyos:
«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Esta acusación de cobardía y
de falta de fe vale también para los cristianos de hoy que, al no recibir
respuesta a sus llamadas de auxilio, piensan que Cristo duerme en la Iglesia.
Desean una fe cómoda, facilona, que hace de Cristo un refugio para timoratos y
cobardes. Esa fe sólo es una caricatura. Carece de lo esencial: la confianza en
Cristo resucitado, que vive en su Iglesia, aunque en ocasiones pueda dar la
sensación de que duerme.
Como a los discípulos en la barca, Cristo pone a prueba nuestra
fe, nuestra confianza en su promesa de que estará siempre con nosotros hasta el
fin de la historia. Basta mirar la historia de la Iglesia para afianzarnos en la
certeza de que Cristo nunca nos abandona. Somos los cristianos los que dejamos
de tener fe en él y en su señorío sobre el mundo, a pesar de los «milagros» que
jalonan la historia de la Iglesia y que la han hecho superar indecibles pruebas.
Cismas, herejías, persecuciones, pecados en todos los miembros de la Iglesia, no
han hecho naufragar la barca de Pedro. Una presencia invisible y poderosa,
certera aunque discreta, oculta pero segura, la del Señor Resucitado, hace salir
a la Iglesia de los atolladeros y aprietos de su peregrinación por este
mundo.
La fe es un riesgo permanente. Pero no es un riesgo absurdo ni
carente de lógica. En el reproche que Jesús dirige a sus discípulos —«¿aún no
tenéis fe?»— el adverbio aún da a entender que los discípulos deberían
tener una fe sólida, valiente y confiada. Si leemos detenidamente lo que precede
al relato de la tempestad calmada, descubrimos que los discípulos habían sido
testigos de los milagros de Jesús: la curación de un leproso, de un paralítico,
del hombre de la mano paralizada, y otras numerosas curaciones. Vieron actuar a
Jesús con un poder y autoridad absolutamente nuevos. Tenían, por tanto, motivos
para creer en él. Por eso, Jesús les reprocha su falta de fe, su cobardía, a
pesar de que él mismo iba con ellos en la barca.
La fe cristiana no carece de fundamento. Por eso, la pregunta que
se hacen los discípulos cuando Jesús calma la tempestad, se refiere a su
persona: «Pero, ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!». Es
la pregunta clave para depositar la confianza en él. Quien se encuentra ante el
reto de creer en Cristo, no da un salto en el vacío confesando la fe, ni hace un
acto irracional de adhesión a alguien que no ha dado a los hombres motivos para
creer. A lo largo de su existencia terrena, Jesús respondió —con sus palabras y
los hechos que las confirmaban— quién era, de dónde venía y hacia dónde quería
conducir la barca de Pedro. Pidió a los hombres que creyeran en él, pero no lo
hizo sin atarse con ellos a su destino y compartir el cansancio, el sueño, las
tempestades de la vida y manifestar en ellas las razones para creer.
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
