Sin duda recordaremos aquellas entrañables imágenes de la beata Teresa de
Calcuta abrazando, acariciando y besando a los ancianos, niños, pobres y
moribundos para comunicarles un poco de calor y consuelo. Solía decir que las
personas marginadas necesitan ser acariciadas para experimentar mediante gestos
sensibles que son amadas.
Y no sólo ellas. ¿No reclamamos todos gestos de cariño? Dios no nos
ha creado espíritus puros, sino que nos ha dado un cuerpo a través del cual
sentimos el amor o el desprecio de los demás. El cuerpo es mediación del
espíritu y los sentidos corporales, puertas por donde nos llegan al alma experiencias
dichosas o amargas.
En la tradición espiritual más elaborada,
los sentidos también deben ser evangelizados, porque rechazamos lo que nos
molesta al oído, al gusto, al olfato, a la vista y al tacto, o lo aceptamos por
el placer que nos procuran. Limpiar a los enfermos y a los pobres; visitar
lugares de extrema pobreza; oír lamentos y quejas de quienes padecen
enfermedades exige templanza y dominio de los sentidos, que sólo se adquieren
con virtud. Todos sabemos lo que cuesta renunciar a placeres sensibles; y no
sólo a los prohibidos sino a los legítimos, cuando se trata de ejercitarse en
el dominio de sí.
El Papa Francisco dice en Evangelii
Gaudium: «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una
prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la
miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás» (nº 270). Es lo
que hace Jesús en la curación del leproso, que narra el evangelio de este
domingo: «Lo tocó y le dijo: queda limpio». Es sabido que la lepra en tiempos
de Cristo era considerada una enfermedad maldita, producto del pecado. Los
leprosos no sólo eran expulsados de la comunidad social, sino también
religiosa. Eran impuros en la carne y en el espíritu.
El leproso gritaba «impuro, impuro» para
que nadie se le acercara y, si se acercaba a lugares habitados, se le alejaba a
pedradas. Cuando Jesús toca al leproso se comporta de modo distinto a los
rabinos de su tiempo, que evitaban incluso pasar por donde habitaba un leproso
para no caer en impureza. Jesús lo toca y lo purifica, justamente lo que le
había pedido el leproso. Con su acción, no sólo sana físicamente al leproso,
sino que lo reincorpora a la comunidad religiosa de la que le habían expulsado,
privándole del consuelo de la fe. Cristo ha venido a tocar la carne sufriente
de los demás, no sólo para abolir absurdas interpretaciones que vinculaban
determinadas enfermedades a pecados personales, sino para mostrar que la
ternura de Dios, que - según Péguy - es «la médula del cristianismo», se
manifiesta en el abrazo que su Hijo encarnado da a cada hombre que sufre sin
esperanza de ser amado.
¿Estamos dispuestos a aprender esta
lección? En su obra dramática La anunciación a María, Paul Claudel
simboliza el amor de Cristo en el beso con que Violaine consuela al leproso
Pierre de Craon, beso que siembra en su carne la semilla de la enfermedad. San
Damián vivió y trabajó entre leprosos en la isla de Molokai y al final murió
como uno de ellos. Dios no nos pide a todos gestos tan heroicos, pero sí nos
invita a abrazar la miseria humana, como dice el Papa Francisco, y a tocar las
llagas del Señor que con tanta frecuencia vemos en nuestros hermanos. Jesús no
respetó las normas de su tiempo cuando, acercándose al leproso, lo tocó y lo
purificó. En cierto sentido, cargó con su enfermedad e incorporó al leproso a
la comunión con los hombres y con Dios. ¡Cuántas llagas materiales, sociales y
espirituales de nuestros hermanos aguardan el momento en que nos acerquemos,
venciendo las naturales repugnancias sensibles, y, como Cristo, las toquemos
con respeto y humildad sin miedo a contagiarnos! Entonces experimentaremos que
somos más puros.
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Obispado de Segovia
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