«¿Necesitará mi parroquia algo de mí?
¿Necesitará catequistas? ¿Necesitará mis conocimientos profesionales como
voluntario? ¿Necesitará que sea generoso con mi dinero?»
Igual que
muchas familias, padres, hijos, abuelos, se reúnen los domingos para comer y lo
viven con alegría, también la familia de los hijos de Dios nos reunimos el
domingo en la eucaristía, en el banquete al que Dios nos. Quizá no seamos
conscientes de la alegría y del gozo que supone «poder ir a misa». Nos reunimos
con nuestros hermanos en el nombre del Señor. Así comenzamos cada eucaristía:
«En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».a tocado vivir! Unos
tiempos que nos hablan de un mundo muy necesitado de Dios, muy necesitado de
esperanza y muy necesitado de la alegría de un Dios que ama a los hombres. Este
es el Dios que anuncia la Iglesia y el Dios en el que creemos: el Dios de
Jesucristo.
¿Cómo desentendernos de nuestra Iglesia
diocesana? ¿Cómo no preocuparnos por nuestra parroquia? En la parroquia hemos
recibido el don de la fe por el bautismo, que es el mayor regalo de amor, de
misericordia, de comprensión, de alegría, que se nos da. Pero lo que hemos
recibido gratis, hemos de darlo gratis. ¿Necesitará mi parroquia algo de mí?
¿Necesitará catequistas? ¿Necesitará mis conocimientos profesionales como
voluntario? ¿Necesitará que sea generoso con mi dinero?
Por eso, «Participar en tu parroquia es
hacer una declaración de principios». Es reconocernos hijos de Dios,
hermanos unos de otros, miembros de la misma comunidad parroquial, insertada en
la gran comunidad de la diócesis.
