Hablar de sexualidad nos ayuda a conocer su valor en el plan de Dios. En entrevista para Aleteia, el experto Carlos Beltramo nos orienta en las enseñanzas de San Juan Pablo II
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¿El acto
conyugal es solo para procrear? A veces se reduce la posición de la Iglesia
sobre la sexualidad. Pero, en realidad, la intimidad sexual de los esposos es
más que una vía para hacer crecer la familia, y comprenderlo nos permite
conocer mejor la forma en que Dios nos creó.
Para
profundizar en este tema, Carlos Beltramo, Coordinador Académico del Máster en Familia de la
Universidad de Navarra y miembro del Patronato de la Fundación Goodlove
-que agrupa programas de educación sexual acordes con el Magisterio de la
Iglesia en diferentes países- nos explica el sentido del acto conyugal:
“El acto
conyugal es un acto de la mayor intimidad entre un hombre y una mujer. Esto es
fundamental. Y para entenderlo bien debemos visualizar que tiene dos
significados intrínsecos, dos dinamismos internos, dos bienes”.
Beltramo nos
recuerda que la Iglesia distingue esos dos bienes en la relación sexual: el
unitivo, referido a la entrega y unión de los esposos, y el procreativo,
relacionado con la apertura a la vida. Para entender la relación entre ambos
bienes, el especialista utiliza como ejemplo un tendedero de ropa:
“Si de pronto
te encuentras un tendero con dos postes que sostienen una cuerda, ¿cuál de los
dos es el más importante para sostener la ropa tendida: el del inicio o el del
final? Evidentemente, ambos por igual: los dos son imprescindibles, se
necesitan mutuamente”.
Ambos bienes,
unitivo y procreativo, sostienen en conjunto la unión matrimonial. Y cada uno
de ellos refleja el inicio de la relación como su orientación.
“Suelo
decirles, el primer poste con el que nos encontramos es el ‘por qué me caso’
(bien unitivo, ‘me caso porque amo a esa persona que se convierte, con el sí
quiero de ambos, en mi esposo, mi esposa) y el otro poste es el ‘para qué
me caso’ (bien procreativo, el fin último de este tipo de relación tan concreta
llamada conyugal o sexual, que es ‘me caso para hacer una familia’, es decir,
estar abiertos a la vida). Decimos que el primer poste, el unitivo, me lleva a
decir: 'me caso porque te amo'. ¿Y el segundo? Ese responde a la pregunta. El
segundo clama: ‘me caso para hacer juntos una familia, traer en este acto hijos
al mundo’. Parto del amor que motivó nuestro casamiento pero me queda claro la
orientación que tiene este amor concreto: ser una familia, recibir a los hijos
que Dios nos envíe como fruto de este amor expresado en el cuerpo.”
La relación
sexual forma parte tan profunda del matrimonio porque expresa corporalmente la
entrega de los esposos. Por eso, Beltramo insiste: “La posibilidad que Dios ha
puesto en los esposos de amarse en su corporalidad nos debe llevar a
considerarla como un regalo hermoso que hay que saber proteger y potenciar”.
Una mirada
positiva sobre la sexualidad
Comprender este
sentido permite reconocer cómo algunas ideas han reducido o distorsionado la
sexualidad. En ocasiones se la presenta como un tabú; en otras, como algo
trivial que puede vivirse en cualquier momento, al margen del compromiso
matrimonial.
Frente a esas
visiones, Beltramo remite a la Teología del Cuerpo para comprender el plan de
Dios sobre la sexualidad. Su propuesta invita a reconocerla como una fuente de
felicidad y encuentro para los esposos, en lugar de verla únicamente desde el
temor o la dificultad.
“Es que la
sexualidad humana es una de las maneras que Dios tiene de poner su dedo
trascendente en el mundo. Cada relación sexual de una pareja casada que se ama
o busca amarse, por su apertura a la vida, está abierta a esa irrupción de Dios
en el mundo en ese nuevo ser humano que se puede concebir. Pero Dios no está
solo presente en el segundo poste del tendedero: ya lo está desde el primero,
el bien unitivo que también es parte de su plan para el hombre”.
Esta mirada
permite comprender la unión de los esposos y la apertura a la vida como
dimensiones de un mismo encuentro: el tendedero de la sexualidad necesita tanto
a uno como a otro de los postes, cada uno con su propia función. De ahí que la
sexualidad tenga una capacidad tan grande de expresar y alimentar el amor
cuando se vive dentro de esa entrega comprometida.
Unión entre
alma y cuerpo
Esa entrega
involucra a toda la persona. El ser humano es una unidad de cuerpo y alma: lo
que vive interiormente también se manifiesta en sus gestos y en su manera de
relacionarse.
“Los elementos
del gesto exterior implican un gesto interior. Cuidar el bien unitivo en la
relación es tan importante como cuidar el procreativo” explica Beltramo. Por
eso, el estado de ánimo de cada esposo influye en la forma en que vive la
intimidad. El encuentro corporal también involucra las emociones, la confianza
y la disposición de ambos. Y el mensaje de la Iglesia no es ajeno a nada de
esto".
Prestar
atención al otro implica escuchar lo que desea, reconocer lo que le resulta
agradable o incómodo y respetar sus tiempos. Si el esposo conoce lo que su
esposa quiere y procura atenderla, ella se siente escuchada y cuidada; lo mismo
ocurre cuando ella presta atención a las necesidades de él.
Este cuidado,
vivido en la relación sexual, luego se extenderá naturalmente a la vida
cotidiana: la atención que se expresa en la intimidad también encuentra lugar
en los gestos de cariño y en la ayuda mutua del día a día, entre ellos y con
los hijos.
“Son gestos que
van de lo íntimo a lo cotidiano, del espíritu al cuerpo, y complementan el
concepto del propio amor que se ve en cada detalle”.
¿El placer
es egoísta?
Si la unión
sexual es un bien para el matrimonio, también es necesario comprender el lugar
del placer. Para ello, Beltramo hace una distinción:
“El placer es
egocéntrico por definición, pero no necesariamente egoísta.”
Para explicar
esta idea, utiliza el ejemplo de una pareja que va a una heladería y descubre
que tiene gustos distintos: a él le gusta la vainilla y a ella el chocolate.
Cada uno tiene su preferencia y cuando tomen su helado, cada uno experimentará
el placer a su manera.
Si él le compra
a su pareja un helado de vainilla, ella no lo disfrutará realmente. Y si
siempre elige por ella, sin preguntarle, estaría dejando de lado lo que a ella
le gusta imponiendo lo que a él le gusta como si fuera algo universal.
El ejemplo
permite entender que el placer no es transferible: cada uno experimenta el
suyo. Sin embargo, ambos pueden y deben crear una situación placentera
conjunta, acompañarse y procurar el disfrute del otro. Pero para ello no
necesitan tener las mismas preferencias, sino comunicar las propias y
escucharse.
“La vida
matrimonial nos saca de nuestra zona de confort para meternos en una zona de
mayor placer: ver al otro disfrutar su helado hace que el tuyo te sepa mejor.
Comerte tu helado solo e imponerle a la otra persona tu preferencia por tu
sabor, te alejará irremediablemente de esa otra persona, te hará alguien más
egoísta.”
Desde esta
perspectiva, el placer forma parte de la entrega amorosa cuando se integra al
cuidado de la otra persona. Beltramo remite a Wojtyła para cuestionar la idea
de que disfrutar sea, por sí mismo, algo malo.
Para cultivar
ese encuentro íntimo y necesario, este experto recomienda que los esposos
tengan, al menos, un momento de diálogo a la semana más allá de los hijos o la
hipoteca. También propone que salgan juntos y, cuando sus posibilidades lo
permitan, que reserven alguna noche fuera de casa para estar a solas y
disfrutar de su intimidad con calma. Cuidar “el poste de la intimidad” para que
el otro, “el de la apertura a la vida”, brille en su propio esplendor.
Su invitación
es a dar a la intimidad un lugar en la vida matrimonial: dedicarle tiempo,
conversar sobre ella y reconocerla como parte del amor que los esposos están
llamados a cuidar.
Yohana Rodríguez
Fuente: Aleteia
